Leyendas

lapiz El lápiz azul te llevará a los ejercicios

 

ABELARDO Y ELOÍSA

Abelardo nació en 1079 en Palais, Alta Bretaña, una aldea próxima a Nantes. Berengario, su padre, era una persona culta e ilustre que supo hacerse cargo de la educación de su hijo y sus hermanos.

Siendo muy joven, Abelardo fue destinado a la carrera militar, que luego abandono por su pasión por el estudio. Cultivó todos los saberes de su tiempo, incluyendo la música y el canto. Y fue por el estudio que renunció tanto a su herencia como a su primogenitura. Abelardo, inteligente y tolerante, fue paradójicamente asceta o sensual, según los vaivenes de su corazón.

A los 20 años, Abelardo se marchó a París, dedicándose a la filosofía. Estableció una escuela en la colina de Santa Genoveva y a la misma atrajo a una gran multitud de alumnos de los que mereció profundo respeto. Años mas tarde, sus obras De trinitate y su Introducción a la teología, despertarían grandes polémicas y serían condenadas por la Iglesia Romana.

Tuvo su primera escuela en Melun y en Corbeil para regresar a los 25 años a París en donde se entregó plenamente al debate filosófico. Abelardo se hizo discípulo de Anselmo para aprender teología. Luego comenzó a debatir con su maestro, al que venció en una discusión pública, quedándose así con todos sus discípulos. La soberbia de Abelardo ase despertó como consecuencia de su constancia en el estudio y su habilidad retórica.

Eloísa, era una bella joven de talento excepcional, sobrina de Fulberto, canónigo de París. Había nacido en 1101 y tenía entonces 17 años. Abelardo, que vivía en casa de Fulberto, sedujo a Eloísa bajo el pretexto de cultivar su formación filosófica: “inflamado de amor, busque ocasión de acercarme a Eloísa y en consecuencia, trace mi plan.”, decía Abelardo en una epístola dirigida a uno de sus amigos.

Cuando Eloísa quedó embarazada, Abelardo decidió raptarla para conducirla a Bretaña. Allí, dio a luz un niño en la casa de la hermana de su amante. Pero cuando Abelardo regresó a París, Fulberto lo esperaba para ejecutar su venganza: sus emisarios mutilarían sin más al seductor de su sobrina.

Eloísa, sin otra alternativa, tomaría los hábitos en el convento de Argenteuil y Abelardo, ingresaría en el convento de Saint-Denis. Aunque éste, más adelante, abandonaría el claustro para dedicarse nuevamente a la enseñanza y al debate filosófico, aumentando su fama y con ella, la cantidad de seguidores y adversarios.

Abelardo, como consecuencia de sus ideas y discusiones teológicas, fue rechazado por los monjes de Saint-Denis, por lo que se retiró a la diócesis de Troyes donde se comprometió con una vida austera y rigurosa. Allí fundó el oratorio al Paracleto o Espíritu Santo Consolador, del que más tarde Eloísa fuera abadesa.

Durante el Concilio de Sens, en 1140, San Bernando venció a Abelardo en una discusión pública. En consecuencia, fue condenado a cárcel perpetua (sentencia que luego fue conmutada por la clausura en un monasterio). Sin embargo, años después, el abad de Cluny, Pedro el Venerable, logró reconciliar a Bernardo y Abelardo.

Abelardo murió en la abadía de San Marcelo, en Chalons-sur-Saone, el 21 de abril de 1142. Tenía por entonces 63 años. En sus últimos años, había abandonado sus ideas heréticas, rechazando el arrianismo y el sabelianismo. Eloísa, reclamó su cuerpo.

Eloísa murió en 1163, pero recién en 1808 los restos de ambos amantes fueron depositados juntos en el Museo de monumentos franceses de París. Finalmente en 1817, ambos fueron depositados en una misma tumba, en el cementerio del Pere Lachaise, de la misma capital. En rigor, los arqueólogos cuestionan la autenticidad de los restos. Pero en el terreno de lo legendario, la ficción y la realidad se tejen en una verdad de fe, que vale simplemente por el romanticismo del relato que los que escuchas desean creer... Abelardo y Eloisa, aunque abocados al debate filosófico el uno, o la vida monástica la otra, nunca dejaron de amarse apasionadamente, pensando sin más, el uno en el otro. No pudieron morir juntos, pero protagonizaron la terrible desdicha de un amor imposible que si bien no les dio la felicidad de vivir uno cerca del otro, si les dio la de haberse sabido amados.

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LOS AMANTES DE TERUEL

 

En la ciudad de Teruel vivían Diego Martilla e Isabel de Segura. Desde muy niños, habían jugado juntos, juntos habían correteado por las calles, alborotando en los días de fiesta mayor. Él era de pobre ascendencia, y ella, por el contrario, pertenecía a una de las familias principales de Teruel. Cuando los dos muchachos fueron creciendo en años, la afición y recreo que tenían estando juntos se transformó poco a poco en amor.

Isabel era ya una bella damita, y Diego un mancebo robusto, que soñaba con hazañas guerreras.

—Verás, Isabel —decía un día que habían ido a pasar la tarde a una huerta de los alrededores—: yo partiré un día a la guerra. Me alistaré como soldado en uno de los Tercios del Emperador. Marcharé alegremente, me darán un arcabuz, o bien, viendo lo fuerte de mi brazo, me harán piquero. Tú me verás partir, despidiéndome con el pañizuelo que te regalé. Marcharemos a un puerto, y allí embarcaré, Dios sabe si para Italia o para tierra de moros. Y en la primera acción me lanzaré contra el enemigo, asaltaré de los primeros una brecha o, si Dios me ayuda, haré prisionero a algún alto jefe. Entonces me darán la banda de alférez, y volveré a verte, vestido como un caballero, con una larga espada...

La muchacha le oía entre alegre e inquieta. Así pasaban las tardes, entretenidos en su dulce afición. Mas ya el destino tejía un hilo de desdichas.

Tenía Isabel una prima con la que había hecho vida familiar. Un día, cuando ya eran crecidos Isa-bel y Diego, la prima —llamada Elena— vio al mancebo, y al instante quedó prendada de él. Sabía los lazos que ligaban a su prima con Diego y, llena de pesadumbre, urdió un medio para que Diego, quedase libre y pudiera ser suyo.

Había en la ciudad un noble caballero, don Fernando de Gamboa, que, si bien amaba a Isabel, no se sentía muy seguro de ser correspondido.

Un día, Elena contrahizo la escritura de Isabel en una misiva y, llamando a una vieja criada, la envió con dicho papel a casa de don Fernando. Éste, sorprendido, vio como en aquellas palabras se alentaba su esperanza y, en vez de partir de la ciudad, como había determinado, pensó quedarse y correr la ventura que tan cierta se le prometía. Durante varios días, rondó la casa de Isabel; mas sin encontrar acogida claramente favorable. Lo atribuyó a juego de mujer; más aún, cuando la pérfida Elena le envió un nuevo recado en nombre de Isabel, que permanecía inocente de los manejos de su prima. Al fin, fue pasando el tiempo, y los padres de Isabel juzgaron que era ya hora de dar en matrimonio a su hija. Sabían el cariño que existía entre Isabel y Diego, al que tenían gran afecto; mas consideraban lo humilde de su procedencia y lo pobre de su vida, y vacilaban. Don Francisco de Gamboa había manifestado al padre el amor que sentía por su hija. Y así, un día, se presentaron en casa de Isabel, a un tiempo, Diego y don Fernando, a pedir la mano de la doncella.

Fueron   honorablemente   recibidos.   Don   Fernando habló de este modo:

 —Noble Segura: Desde hace mucho tiempo, amo a vuestra hija. Conocéis de sobra lo noble de mi apellido y lo rico de mi hacienda. No he querido aceptar ningún partido de Teruel, esperando que Isabel pasase de niña a muchacha y de muchacha a doncella. El tiempo ha venido en que puede honrar mi casa y mi estirpe.

Y a continuación habló de sus riquezas, añadiendo que no sólo por poderoso pretendía a Isabel, sino por creer que su esperanza no sería defraudada. Isabel, que tras una celosía estaba presente a la entrevista, oía sorprendida las palabras de don Fernando, pues nunca había hecho ninguna manifestación que él pudiera haber interpretado como favorable. Después de hablar don Fernando, se adelantó Diego y, a su vez, dijo:

—No tengo riquezas ni noblezas; mas desde niño me tuvisteis en vuestra casa y sabéis que amo a Isabel y que Isabel me corresponde.

Pero el viejo Segura interrumpió al doncel, diciendo:

—Bien te conozco y sé que eres bueno; mas esa afición que dices existir, más bien la creo cosa de muchachos que juegan juntos que de mujer y hombre que han de vivir como tales y fundar una familia. No puedo darte la mano de Isabel, pues sería cambiar lo cierto por lo dudoso, la buena casa y estirpe de don Fernando por la de un joven sin nombre ni fortuna.

Así, fueron decididas las bodas de Isabel y don Fernando. Pero aún Diego insistió, diciendo:

—No es justo, noble Segura, que neguéis a quien os ama como hijo una oportunidad para ganar con su brazo lo que fortuna le negó por su nacimiento.

De muchos nobles señores se cuenta que ganaron fama y riquezas en las guerras, y yo quiero probar. Dadme un plazo, aunque sea corto, y os mostraré lo que valgo.

De nuevo vaciló el padre de Isabel. Pero, decidiéndose, le dijo a Diego:

—Bien: te concedo el plazo que pides. Esperaré para dar a Isabel a don Fernando un plazo de tres años con tres días. Si en ese tiempo vuelves con nombre y riquezas, o con nombre tan sólo, Isabel será tuya. Mas ni una hora esperaré más allá del plazo.

Diego aceptó, lleno de alegría, y salió de la casa.

Aquella tarde volvieron a encontrarse Isabel y Diego en el huerto, donde tantas veces habían jugado primero y se habían amado después.

—Ya ves, Isabel —dijo el muchacho—, cómo mis ilusiones de niño se hacen ahora realidades inmediatas. Partiré esta noche a Barcelona, donde me alistaré para la empresa que el César intenta acometer contra Túnez. Sé que antes de que haya transcurrido el plazo serás mi esposa y nada habremos de temer.

Y entre temores de la muchacha y seguridades de él, pasó la tarde, se hizo la noche y Diego partió.

Diego llegó a Barcelona, que entonces estaba llena de soldados. Alistóse en uno de los Tercios, y pronto partió embarcado hacia Cartagena. Allí salió con su compañía para las tierras de África y pudo demostrar el valor que le animaba. Era querido por sus camaradas y admirado por sus jefes. Día tras día, su fama iba creciendo y le iban siendo concedidos nuevos honores y grados, así como gratificaciones. Unas veces eran expediciones con pocos hombres para forzar la entrada de algún portachuelo moro o para hundir las barcas. Otras eran batallas contra grandes fuerzas. Y, al fin, en la de Túnez, logró que el mismo César le otorgase la anhelada banda de alférez, concediéndole también una Orden y ennobleciendo su nombre.

En tanto, en Teruel, la prima Elena no había cejado en su tarea de separar a Isabel de Diego. Cuando asistió a la escena de las peticiones de mano, creyó perderlo o ganarlo todo; mas, al ver el plazo que se daba, se dispuso a obrar de nuevo. Una mañana se presentó, afectando tener el semblante demudado, en casa de Isabel; pidió ser recibida por el padre de ésta y le comunicó que le habían llegado noticias fidedignas de que Diego había muerto heroicamente. Mucho dolor sintió el buen viejo y, tomando las naturales precauciones, le comunicó la mala nueva a Isabel. Ésta, dentro de su gran pesar, no se sentía cierta de esa muerte. Algo dentro de ella le cantaba una íntima esperanza. Recordaba las palabras de Diego: «...Sé que antes de que haya transcurrido el plazo señalado, he de volver». Y le pidió entonces a su padre que difiriera la boda hasta el último momento, lo que se hizo.

Llegó, por fin, el día en que expiraba el plazo, y se celebraron las bodas. Isabel estaba ya resignada y aceptó, de buen grado, la mano de don Fernando.

Dos horas después de haber expirado el plazo, entraba en Teruel, a todo galope, Diego Marcilla. Había vuelto a toda prisa, reventando caballos; mas había llegado tarde. Aún esperaba que no hubiese sido tan rígido el cumplimiento del plazo; mas cuando llegó a casa de Isabel y vio las paredes alhajadas con ricas colgaduras, y la servidumbre con trajes de gala, comprendió que su desdicha estaba consumada.

Entonces penetró en la mansión y subió a la habitación de Isabel, ya preparada como cámara nupcial. Ocultóse debajo del lecho y esperó que llegase el matrimonio. Al fin, éstos penetraron en la alcoba y, después de ser despedidos por los familiares, se dispusieron a acostarse. Entonces Diego, para impedir que se consumase el matrimonio, tomó una mano a Isabel, la cual sintió un gran sobresalto y dio un grito. El marido preguntó si le sucedía algo, y ella, turbadísima, y reconociendo en aquella mano que asía la suya la de Diego, pidió a don Fernando que bajase a buscar un pomo de sales que había dejado en el piso inferior. El marido lo hizo de buena gana y, cuando Isabel estuvo sola, salió Diego, que, cayendo de rodillas ante ella, le recordó su amor, que seguía tan fuerte como cuando partió, reprochándole al mismo tiempo su poca constancia, ya que debía haber esperado hasta su vuelta. Mas ella, aun sintiendo gran alegría al verle, le dijo:

—Ha sido la voluntad de Dios, y no la fortuna, la que ha hecho que se retrasase tu llegada. Hasta el último momento te esperé. Ahora nada debes esperar de mí. Casada estoy y no puedo faltar a mi honor marchando contigo.

Él insistió, y sentía tan lastimado de dolor su pecho, que, al fin, derramando abundantes lágrimas, al levantarse para marchar, se desplomó como herido por el rayo. Terrible fue para Isabel ver morir tan repentinamente a su antiguo amado, y más fuerte aún la sorpresa de don Fernando, al ver a un hombre muerto en la habitación y a Isabel pálida y pronta a desvanecerse.

Ella le contó lo sucedido, jurándole por lo más sagrado que ella era inocente. Entonces él, creyéndole,

determinó sacar de allí el cuerpo del infeliz Diego y,  aprovechando las horas de la noche, dejarlo en puerta de su casa. Así lo hizo, siendo ayudado por la misma Isabel.

Al día siguiente, terrible fue la sorpresa de los padres del infortunado joven. Por la ciudad se corrió la noticia, y los comentarios eran numerosos y diversos. Los funerales se celebraron con gran concurrencia de personas, que comentaban la infausta suerte de Diego. De pronto, se presentó Isabel, y un rumor acogió su llegada. Venía pálida, vestida con sus más lujosos trajes y adornos. Durante la santa misa permaneció arrodillada, con el rostro entre las manos. Y ya al finalizar el oficio de difuntos, levantándose de pronto, se aproximó al catafalco y, ante el asombro de todos, inclinándose sobre el cadáver de Diego, depositó un apasionado beso en sus exangües labios. Cuando don Fernando y sus criados acudieron, vieron que Isabel estaba echada de bruces sobre Diego y, queriéndola levantar, advirtieron con espanto que había muerto de repente también.

Todos los circunstantes se sintieron ganados por la lástima, y don Fernando, transido de dolor, dijo:

—Fue la voluntad de Dios que Diego e Isabel no se unieran en vida; pero su mano condujo al ángel de la muerte para unirlos en el otro mundo. Que se entierren juntos a los que esposos fueron en la intención, hasta que yo me atravesé en su camino.

Y así, juntos, se dio sepultura a los cuerpos de Diego Marcilla e Isabel de Segura, a los que la leyenda llamó desde entonces «los amantes de Teruel».

 

Leyendas de Europa 2, Barcelona, Labor bolsillo juvenil, 1988.

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EL ARROYO DE LAS TRES HERMANAS

 

- Leyenda de Argentina -

Era una madre, viuda, con tres hijas muy hermosas. Desde que quedaron huérfanas de padre, la madre cuidó de las tres niñas con mucho afán y desvelo. Cuando fueron ya mujercitas, tuvieron muchos enamorados que les rondaban el caserón y los corrales. Las tres escogieron como novios a los tres gauchos mejor plantados de la comarca, soñando con ser sus esposas, en cuanto la madre pudiera darles lo necesario para preparar las bodas.

Inesperadamente, la madre cayó enferma de mucha gravedad. Las hijas, consternadas, llamaron a la curandera más famosa de los contornos, que ensayó con la enferma todos los recursos conocidos para vencer el mal, alternando brebajes con amuletos y votos fervorosos. El mal persistía, sin mejoría alguna. Entonces, las hijas, desesperadas, hicieron una solemne promesa, si su madre lograba recuperar la salud. Prometieron al santo de su devoción vivir consagradas a su madre, mientras viviera, y el resto de sus años permanecer en castidad, fieles a su memoria.

Pareció que el cielo las había oído, pues a partir de aquel día, en que sacrificaron sus mayores ilusiones, la madre comenzó a mejorar hasta recobrar completamente la salud. Para cumplir el voto, las tres hermanas devolvieron la palabra de casamiento empeñada por los tres mozos. Los tres gauchos rogaron y suplicaron, pero todo fue inútil ante el carácter firme y el espíritu de sacrificio de las tres hermosas hermanas. Desde entonces consagraron sus días al cuidado de la madre y del hogar. En esto último las ayudaba una vieja negra que había sido esclava de sus abuelos y que seguía en la casa como si su suerte, al ser libre, no hubiera cambiado para nada.

La más pequeña de las tres hermanas estuvo a punto de faltar al voto expresado en momentos de angustia. Su corazón seguía amando en silencio al novio despedido; se valió de la negrita para comunicarse con él, y poco faltaba para el momento de la fuga, en la grupa del caballo, cuando fue descubierta por sus dos hermanas, que la obligaron a cumplir lo ofrecido al santo.

Al cabo de muchos años, murió la madre, viejecita. La enterraron cerca de la casa, cubriendo la tumba con piedras, hasta formar un túmulo. Allí iban las tres hermanas cada día, a rezar y a llorar. Llegaban siempre a la misma hora y regresaban a la casa ya de noche. Poco a poco, empezaron a brotar yerbecitas entre las piedras de la tumba, luego unas flores silvestres. Pasados algunos años, de entre las piedras de la tumba principió a manar un agua clara que corría en hilos para unirse allá abajo, en una cañada, formando un arroyuelo. Al comienzo era casi imperceptible, y con el tiempo, todo el que pasaba por allí se daba cuenta de que existía una fuente y un arroyuelo.

Los viajeros y los vecinos se paraban a contemplar tan extraña fuente, que había surgido, según decían, de las lágrimas que derramaron las tres hermanas durante tantos años.

El arroyo siguió creciendo, pero ellas seguían visitando la tumba, donde no dejaban un sólo día de arrodillarse para rezar por la madre muerta.

Un día se desencadenó una gran tormenta y las aguas fueron desbordándose hasta dejarlas aisladas sobre el túmulo, donde siguieron inmutables, sin dejar sus rezos y su llanto. Un jinete que pasó por allí, condolido de su suerte, les ofreció echarles un lazo y salvarlas; pero ellas lo miraron dulcemente, sin darle respuesta, y continuaron sus oraciones. El jinete gritaba en medio de la tormenta, procurando convencerlas, pero todo fue inútil. Entonces, asustado, se alejó a galope. Le pareció que aquellas mujeres no eran reales, sino apariciones del otro mundo. Volvió la cabeza para convencerse, y pudo ver como las aguas subían y subían y ellas seguían rezando con las manos juntas puestas en alto. Cuando el agua les llegó al cuello, las tres se abrazaron y cayeron desde la pequeña altura del túmulo y desaparecieron para siempre en el remolino de la corriente. Desde entonces aquel arroyo se llama el Arroyo de las Tres Hermanas.

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EL BANQUETE DE LA MARQUESA DE FALCES

Leyenda de Navarra

Después de la toma de Navarra por Fernando el Católico, se procedió a la destrucción sistemática de sus castillos. La resistencia ofrecida por los navarros hizo desistir de continuar la demolición, hasta que don Hernando del Villar, guerrero valeroso, pero fiero y rudo, se ofreció para llevarla a cabo. Nada podía resistir la locura devastadora del que se había convertido en terror de los navarros. Solamente una mujer, doña Ana de Velasco, castellana de Marcilla y marquesa de Falces, consiguió detener la furia de don Hernando. Su figura legendaria se ha conservado desde entonces en la memoria de los navarros. He aquí cómo cuenta la tradición lo que sucedió:

Al llegar al castillo de Marcilla la noticia de la aproximación del fiero don Hernando, la marquesa ordenó hacer provisión de víveres y dispuso que se organizase la defensa. Todo se hizo encubiertamente, de manera que, cuando don Hernando llegó ante el castillo, nada delataba los preparativos que se habían hecho. El rudo guerrero se quedó sorprendido al ver que la misma Marquesa, vestida con sus más ricas galas, majestuosa y sonriente, salió a recibirle a la entrada del puente, con gran acompañamiento. Se dejó conducir al interior del castillo, entre deslumbrado y atónito por tan brillante y amistoso recibimiento. Allí le esperaba el mayor festín que había conocido en su vida. La Marquesa le condujo del brazo a la mesa, y comenzó el banquete, mientras los satélites de don Hernando eran obsequiados con una excelente comida en un departamento aparte.

Cuando, al final, se sirvieron exquisitos vinos, la Marquesa preguntó a su huésped a qué se debía su visita, y en qué le podían complacer. Don Hernando le comunicó las órdenes terminantes que traía del gobernador de Castilla. Entonces el gesto gracioso y amable de la Marquesa se volvió orgulloso y fiero, y exclamó con energía:

- Podéis volveros a Castilla. Sabed que con el terror nada se puede conseguir de los navarros.

Don Hernando respondió bruscamente que, en atención al recibimiento magnífico que se le había hecho, le concedía permiso para recoger todos los objetos preciosos antes de abandonar el castillo con su servidumbre.

- Y yo lo único que os concedo es la vida - respondió, altiva, la Marquesa.

Inmediatamente después, al grito de «¡A las armas!», el jefe de la guarnición penetró en la estancia al frente de vigorosos guerreros. A don Hernando no le quedó otro remedio que obedecer las órdenes de doña Ana, y abandonó el castillo, mordiéndose los labios y sin decir palabra. Mientras tanto, sus soldados habían sido desarmados por los de la Marquesa. Al atravesar el puente, vio las almenas coronadas por arcabuceros, prontos a disparar. Todo estaba dispuesto para la defensa.

Villar y los suyos abandonaron Marcilla llenos de despecho y sin ganas de acometer nuevas demoliciones. Todavía hoy se alza el castillo intacto, gracias a la astucia de doña Ana, que logró salvarlo de la destrucción.

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EL BÚFALO FANTASMA

 

Hace mucho tiempo había cuatro Pies Negros que fueron a la guerra contra los Crees. Viajaron hasta muy lejos, pero sus caballos, agotados de cansancio, no pudieron continuar; entonces emprendieron el camino de regreso al hogar. En su marcha se toparon con las Colinas de Arena y, mientras las atravesaban, vieron la huella fresca de una narria en la que algunas personas habían viajado.

—Sigamos estas huellas hasta que los encontremos — dijo uno de los indios—, así acamparemos con ellos.

Siguieron las huellas durante un largo trecho y, al cabo, uno de los Pies Negros, de nombre E-kus'-kini, un hombre de gran poder, dijo a los otros: — ¿Por qué seguir estas huellas? No son nada.

—No es verdad —dijeron los demás—. Debe tratarse de gentes de nuestro pueblo. Continuaremos y acamparemos con ellos.

Reanudaron la marcha y, al atardecer, uno de los cuatro encontró una almádana1 de piedra y una narria2 de perros.

—Mirad esto —dijo—. Conozco esta almádana y esta narria. Pertenecían a mi difunta madre. Fueron enterrados con ella. Es muy extraño —y diciéndolo tomó los dos objetos.

Cuando la noche se cernió sobre ellos, acamparon. Al amanecer oyeron los sonidos propios de un campamento en torno suyo. Oyeron a un joven lanzando un gruu uc gu,.....», según era costumbre entre los hombres jóvenes; mujeres cortando leña; un hombre llamando a una fiesta e invitando a las gentes a ir a su tienda a fumar... Todos los distintos y variados sonidos propios de un campamento. Miraron a su alrededor, pero no pudieron ver nada; entonces, atemorizados, se cubrieron las cabezas con sus vestidos. Por fin, reunieron el valor suficiente y fueron a explorar los alrededores con el fin de descubrir qué era aquel extraño fenómeno. Al principio no vieron nada, pero pronto uno de ellos dijo:

—Mirad allí. Mirad ese pis'kun. Acerquémonos a examinarlo.

Mientras avanzaban en dirección al pis'kun, uno de los cuatro indios encontró una punta de flecha de piedra puntiaguda.

—Mirad esto —dijo él—. Pertenecía a mi padre. Esta es su casa.

Continuaron avanzando hacia el pis'kun, pero de repente dejaron de verlo. Había desaparecido súbitamente.

—Mirad en aquella dirección —dijo otro al cabo de un rato—. Ahí está mi padre persiguiendo a un búfalo. ¡Allí! Lo ha matado. Vayamos a reunimos con él.

Todos miraron en la dirección que el indio les señalaba y vieron a una persona montada sobre un caballo blanco que iba tras un búfalo. Mientras observaban, la persona mató al búfalo y se bajó del caballo para despellejarlo. Comenzaron a avanzar hacia el hombre y vieron cómo éste daba la vuelta al búfalo y cómo lo descuartizaba; pero antes de llegar junto a él, la persona montó en su caballo y se alejó galo-pando; cuando llegaron al lugar donde había estado el cazador, sólo vieron un pequeño ratón muerto. Allí no había ningún búfalo. Sin embargo, junto al ratón había una hojuela de búfalo y sobre ésta la punta de una flecha pintada de rojo.

—Esta flecha es de mi padre —dijo el hombre—. Así es como las pintaba.

La tomó en sus manos y, mientras la sostenía, vio que no era una flecha sino una brizna de hierba. Entonces la depositó en el suelo y la brizna de hierba se transformó de nuevo en una flecha.

Otro de los Pies Negros encontró una piedra de búfalo, l-nis'-kim.

Al cabo de un tiempo los hombres llegaron a su campamento. El que había recogido la almádana y la narria, cuando entró en su casa y olió el humo de la hoguera, murió, y también su caballo. Parece que la sombra de la persona a quien pertenecían estos objetos estaba enfadada con él y le siguió hasta su casa.

Otros dos de estos Pies Negros también murieron: fueron asesinados en la guerra muchos años después.

Pero E-kus'-kini aún vive. El tomó una piedra y una punta de flecha de hierro muy afilada que había pertenecido a su padre y siempre las llevaba consigo. Por eso vivió tantos años. El hombre que había cogido la punta de flecha de piedra que se encontraba cerca del pis'kun, y que había pertenecido igualmente a su padre, la llevó con él a su hogar. Esta era su medicina. Después de aquel suceso, fue herido en dos peleas, pero no murió y se repuso, hasta la batalla que terminó con su vida.

El que cogió la piedra de búfalo, I-nis'-kim, desde aquel momento siempre logró conducir a los búfalos al pis'kun. Cogía la piedra y la colocaba junto al fuego, en el interior de su tienda, donde podía verla y venerarla y conseguir medicina. A veces, rogaba que cien búfalos saltasen al pis'kun y, al día siguiente, cien búfalos saltaban. Fue muy poderoso y, por ello, respetado mientras vivió.

 

1Mazo de hierro con mango largo, para romper piedras.

2Cajón o escalera de carro, a propósito para llevar arrastrando cosas de gran peso.

 

 

 

George Bird Grinnell, Historia y Leyendas de los indios Pies Negros, Madrid, Miraguano, 1991.

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EL CABALLERO DE OLMEDO

 Leyenda de Valladolid

En Medina del Campo se oye aún un cantar que dice:

De noche le mataron al caballero;

la gala de Medina, la flor de Olmedo.

Dice la leyenda que nació este cantar del hecho de que hubo en Olmedo un caballero, apuesto y galán como pocos, valiente y audaz en toda clase de juegos de armas y muy particularmente en el más arriesgado de los toros.

Amaba este caballero y era profundamente amado de una dama de Medina, a la que por su extremada hermosura llamaban todos la «Dama del Alba», ya que aseguraban que cuando ella aparecía, veíase a su alrededor como un resplandor de amanecer.

En las fiestas de Medina organizáronse justas y torneos y una fiesta de toros en la plaza, en la que tomaron parte los más nobles y arrogantes caballeros.

Acudió también el de Olmedo. En la tribuna principal estaba su amada, la «Dama del Alba», quien, al aparecer en la liza don Alonso, que así se llamaba el apuesto joven, le lanzó una encendida rosa, que éste prendió en el broche que cerraba su rico vestido.

Lucióse y triunfó Alonso de Olmedo en todos los juegos en que tomó parte; muy especialmente, como de costumbre, en el de los toros, matando a cuantos echaron a la plaza.

Terminada la fiesta, saludó a su dama, que le despidió lanzándole un beso con la punta de sus delicados dedos, y encaminóse a Olmedo para dar cuenta a sus padres del resultado de la fiesta. Estos, que no tenían otro hijo, le esperaban con ansia cada vez que salía para tomar parte en tan peligrosos juegos.

Anochecía ya cuando emprendió el camino, y el caballero estuvo tentado de quedarse en Medina para pasar allí la noche; pero pensando en la ansiedad de sus padres, espoleó a su caballo y dirigióse resuelto hacia su casa.

Iba absorto en el recuerdo de la belleza y las gracias de su dama, la hermosa «Dama del Alba», cuando vio venir hacia él, por el mismo camino, un caballero en todo parecido a él y con un vestido exacto al suyo.

Sorprendido, preguntóle Alonso de Olmedo quién era y de dónde venía. Contestóle su doble con voz lúgubre que era el caballero Alonso de olmedo, a quien unos desalmados acababan de asesinar en aquella cuesta, Y señaló una pendiente cercana por la que debía pasar el caballero para llegar a su casa.

Se alejó el desconocido, a quien hubiérase podido tornar por la propia sombra de Alonso de Olmedo, y el caballero quedóse un momento pensativo sin saber qué hacer.

Un extraño presentimiento apoderóse de su ánimo, y tentado estuvo de volver grupas y encaminarse de nuevo a Medina. Pero otra vez el recuerdo y la ansiedad de sus padres, que creerían, sin duda, que había perecido víctima de un toro en la fiesta le impulsó a continuar su camino.

No habría andado veinte pasos, cuando oyó una voz de mujer, clara y fresca que cantaba esta copla:

De noche le mataron al caballero;

la gala de Medina, la flor de Olmedo.

Parecióle que la voz salía de detrás de unos matorrales que había junto al camino, y desvióse para ver quién era el que había cantado. Dio la vuelta a las matas, y no pudo ver a nadie. Miró por todos aquellos alrededores; mas no vio un alma.

Aún estuvo tentado de volver a Medina, y de nuevo el pensamiento de los ancianos le obligó a seguir adelante. Espoleó a su caballo, y a todo galope dirigióse hasta la cuestecilla que su sombra le señalara como el lugar donde había sido asesinado.

Jamás se supo qué había pasado exactamente. Sólo que al día siguiente, al amanecer, unos pastores le encontraron agonizante, con un cuchillo clavado en el pecho. No pudo decir más que al llegar a la cuesta unos caballeros se echaron encima de él y le acuchillaron. Y allí, en aquella misma cuesta, murió Alonso de Olmedo.

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EL CARBUNCLO, ETERNO GUARDIÁN

 

Cuenta la leyenda que los Andes aún esconden el tesoro que los españoles no pudieron robarles a los incas. Desde la cumbre del Aconcagua hasta en la última de las montañas está mimetizado, por nadie se dejará ver. Es fiel a los quechuas, que, huyendo de la tiranía, se dispersaron. La cordillera no tiene apuro, los espera para entregarles el oro y la plata que les fueron robados por los conquistadores.

Los dioses incas han dejado instrucciones: el carbunclo, obediente, espera quieto y silencioso pero con los ojos puestos en toda la línea del horizonte y en las cavernas de los abismos. Porque nunca debe cerrar los ojos, le han encomendado que vigile si regresan los que fueron humillados y masacrados por la codicia.

Cuando. un lugareño de las montañas acompaña a algún viajero, debe advertirle sobre la posible presencia del carbunclo, porque el pánico del extranjero al vislumbrar ese extraño resplandor que mete miedo en los huesos y en la lengua es tal que deben volver al rancho a tomar un brebaje para los nervios.

Ese resplandor, que estalla en rojos, amarillos y azules plateados, suele verse muy bien en noches sin luna. Inevitablemente los viajeros sienten interés por el tesoro a cargo de ese ser extraordinario. Hay quien dice que en  verdad el carbunclo es un quechua enmascarado por los dioses, que esconde en alguna cueva de la cordillera la fortuna deslumbrante.

Los que lo han visto aseguran que el carbunclo es pequeño, tiene el tamaño y la forma de una tortuguita y su caparazón está cubierta de piedras preciosas que aún desconocen los mortales. Sus huesos son de oro y plata y, su sangre, de fuego. Es por eso que durante las noches debe salir a beber agua fresca de las cascadas y manantiales de los cerros, para aplacar la sed que le causan las llamaradas de sus venas-hechas con hilo de cobre sagrado.

La codicia de los conquistadores no logró arrebatar todo. Los dioses se negaron a entregar los más ricos tesoros porque saben que un día servirán para devolver la felicidad a los descendientes de todos los indígenas que fueron humillados y muertos.

Dicen que el carbunclo no es de andar de día, cuando sale el sol se apresura a refugiarse en las grutas; que es muy bondadoso y puede, a simple vista, ver el alma de los hombres, por eso a los que tienen buen corazón les hace descubrir vetas de oro.

Cuenta una leyenda que una vez un conquistador quiso engañado y le preparó una emboscada: su objetivo era quitarle todo, para luego asesinado. Muy lejano al de la riqueza fue el destino del hombre. El carbunclo, al saberse amenazado, no dudó: lo fulminó con el resplandor de las piedras preciosas.

El resultado de la codicia fue la ceguera. El español, ciego, mientras huía trastabilló y terminó en un hoyo colmado de ratas hambrientas que lo devoraron. Por eso, aunque nadie sepa donde vive, todos conocen su custodia, atento para actuar cuando sea necesario, para obsequiar o para castigar, según sea el caso.

 

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CARLOMAGNO

Fundador del Sacro Imperio Romano Germánico y personaje histórico. Entorno a él se escribieron una serie de leyendas mágicas que crearon una saga de caballeros legendarios similar a la del rey Arturo. Su caballero más famoso fue Roldán el que durante el Renacimiento y en Italia fue llamado Orlando y que inauguró también su propia saga.

La ciudad francesa de Aquisgrán fue su centro y sobre la fundación de la ciudad se cuenta lo siguiente:

Carlomagno se había casado tres veces y sus tres esposas murieron jóvenes y como aún no tenía descendencia trató de casarse una cuarta vez.

Para ello eligió a la princesa Frastrada, que pasaba por ser la más bella de todo Oriente. Tenía la princesa un anillo mágico de oro que tenia la facultad de que Carlomagno no podría resistirse a los encantos de quien lo llevara puesto. Su propia belleza y el anillo hicieron que el rey se enamorara perdidamente de la princesa y Carlomagno no podía soportar estar lejos de la princesa ni un momento por lo que durante muchos años vivieron felices juntos cuidando de su reino y viendo como este era cada vez más grande y poderoso. Pero la peste llegó al reino de Carlomagno y la princesa Frastrada cayó enferma y murió sin que Carlomagno pudiera hacer nada para impedirlo.

Las propiedades del anillo no habían desaparecido con la muerte de la princesa que lo llevaba puesto todavía, y aunque la princesa debía ser enterrada en la catedral, Carlomagno se negó a ello, y ordenó que su cuerpo fuera alojado en una estancia del castillo, en la que podía estar junto a su amada muerta cuando quisiera.

El poder del anillo hacía que a pesar de la muerte él siguiera viéndola tan hermosa como cuando vivía. Pasaba los días mirándola mientras su reino se encontraba sin dirección, pues abandonó los asuntos de Estado.

Tan grave llegó a ser la situación que el obispo Turpin, entró un día en la cámara funeraria y encontró a su señor agotado durmiendo en el suelo. Descubrió el anillo encantado, y como se había enterado del poder de la sortija, lo extrajo del cadáver de la princesa y lo puso en uno de sus dedos.

Cuando Carlomagno despertó se dio cuenta de que la pena que hasta entonces le había atenazado ya había desaparecido. Ordenó que se enterrara a la princesa en la catedral y volvió a ocuparse de los asuntos del Estado.

Pero empezó a notar algo extraño, en las reuniones volvía la cara hacia el arzobispo Turpín, esperando siempre su consejo y sentía que necesitaba su presencia continuamente. Le parecía que el obispo era el hombre mas bondadoso y sabio de su reino, y no quería separarse de el en ningún momento.

Turpin se dio cuenta de que aquella dependencia era producto del anillo, y como era un hombre leal a su rey, y no queriendo que el anillo cayera en malas manos, un día marchó a un bosque y encontró en medio de él un hermoso lago. Sin vacilar se quitó el anillo y lo arrojó al fondo de las aguas. El rey seguía bajo el hechizo del anillo y, aunque ya no lo tenía ningún ser humano, el rey no descansaba, no podía concentrarse en su trabajo y se sentía desasosegado.

Una mañana salió de caza con sus monteros, esperando que el ejercicio físico le permitieran mejorar su salud. Ya en el bosque se separó sin advertirlo de sus acompañantes. Llegó a un claro donde había un hermoso lago y al contemplar las tranquilas aguas quedó fascinado por la belleza del lugar. Allí se quedó, imaginando que construiría un castillo y la más rica iglesia que jamás hubiera existido. Aquel castillo sería Aquisgrán que se convertiría en la capital de su reino y de la que ya nunca saldría Carlomagno.

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CASTILLO DE LA SELVA

 

En el monte Canigó hay un estanque, en cuyo fondo, según cuenta la leyenda popular, en los días claros, al atardecer, se ven las ruinas de un soberbio castillo. También se dice que en las noches de luna, si se echa en el estanque una piedra, las aguas se arremolinan y se oyen gritos pavorosos, al tiempo que sale de él una espesa humareda.

El origen de esta leyenda nos descubre que en un tiempo muy lejano, en el lugar donde hoy está el estanque, se alzaba una fortaleza que llevaba el nombre de Castillo de la Selva, por estar rodeado de un soberbio bosque de abetos, ligados entre sí por madreselvas.

Este bosque había estado poblado de demonios, que dominaban aquellas tierras con su poder maléfico, por lo cual la selva que rodeaba el castillo tenía el nombre de Selva Roja.

En la cumbre del Canigó habitaban las hadas, llamadas por aquellos contornos las «buenas mujeres», que se esforzaban en aliviar de la maléfica influencia de los ocupantes de la Selva Roja a los habitantes del país.

Los señores del castillo no tenían herederos. Todos sus hijos había muerto al nacer.

Hacía ya algunos años que desesperaban de llegar a tener descendencia, cuando tuvieron una niña hermosísima.

Temerosa la Condesa de que la muerte se la llevara, como a sus hermanos, llamó a las «buenas mujeres» para que la protegieran y la colmaran con sus gracias.

Acudieron ellas y dijeron a la Condesa que la protegerían, a condición de que les prometiera que, colgada del cuello, pondría a su hija una cruz de esmeraldas que ellas le entregarían. Mientras la niña llevara aquella cruz, los demonios no podrían entra" en la Selva Roja y serían ellas las que reinarían en e país.

Pero el día en que Edelina —que éste era el nombre que habían impuesto a la niña— se quitara la cruz del cuello, el poder de las «buenas mujeres» caería, y los demonios entrarían en el bosque otra vez.

Creció Edelina y llegó a ser la más hermosa don-cella que jamás se hubiera visto en todo el Canigó.

Casó con un apuesto joven, que murió al poco tiempo en una batalla contra los moros, dejando viuda a la bella y joven Edelina de la Selva.

Vivía en el valle un joven músico, llamado Gotardo, que tocaba el violín de una manera maravillosa. Los señores de los contornos solicitaban siempre su concurso, cuando daban fiestas o bailes en sus casas. Pero este artista era, al mismo tiempo, un hombre solitario, por el hecho de ser giboso y deforme, y porque alejaba de sí, por su gran fealdad, a todas la mujeres. Era afectuoso y dulce por temperamento. Y, siendo bueno de condición, no comprendía por qué se apartaban todos de él. No pensaba que su fealdad pudiera ser un motivo, porque él no apreciaba en los demás la belleza, sino la bondad.

Una tarde, estaba sentado a la orilla del bosque cuando se acercó a él un paje y le dijo que iba en su busca, de parte de Edelina de la Selva. Había terminado el tiempo de su luto, y al día siguiente pensaba dar una fiesta para abrir de nuevo sus salones.

Gotardo prometió ir. El paje le advirtió que se presentara con bellas galas y muy buen aspecto, y que procurara que su violín sonara mejor que nunca. Edelina de la Selva pagaba espléndidamente a quien la servía bien, pero entregaba al verdugo a aquellos de quien quedaba descontenta.

Llegó la hora de presentarse al Castillo de la Selva, y Gotardo llegó con su violín bajo el brazo. Empezó la fiesta, y el músico se dio cuenta, maravilladlo, de que nunca había visto tan ricos salones, tantas mujeres bellas y ricamente ataviadas, ni tantos y tan apuestos caballeros como los que ahora pasaban ante sus ojos.

De pronto, entre toda la gente que había en el salón, vio Gotardo a una mujer de tan extraordinaria belleza, que ninguna podía comparársele. Sobresalía, en distinción, en riqueza en el vestir y en apostura, por encima de todas.

Gotardo quiso saber quién era, y el director de la orquesta le dijo que era la señora de la casa: Edelina de la Selva.

Desde aquel momento, ya no pudo el músico tañer su violín en paz. Sus ojos no podían apartarse de Edelina. La seguían por todas partes, espiando sus menores movimientos. Sus oídos se agudizaban para poder escuchar el sonido de su voz, la alegría de su risa.

Quería esmerarse en su arte, para llamar la atención de la dueña de casa; pero ésta estaba por completo entregada a un joven que bailaba con ella.

 En aquel momento sintió Gotardo, por primera vez en su vida, toda la amargura de su fealdad. El joven con quien bailaba Edelina era hermoso y apuesto. Su elevada figura se destacaba entre todas por su gallardía y la riqueza de sus vestidos.

También por primera vez en su vida sintió en su corazón el aguijón de los celos. Sentía que se había enamorado perdidamente de Edelina, y ésta no tenía ojos más que para mirar a aquel joven vestido de blanco y azul —los colores preferidos de la señora del Castillo de la Selva—, ni más oídos que para escuchar las palabras de su galán, que Gotardo sentía resonar en su corazón, elevándose en él como si fueran puñales.

Tan distraído estaba mirando a Edelina, que no tocaba a tiempo, ni seguía el compás, y ello de tal manera, que el director de la orquesta lo echó de la sala.

Apenado el pobre músico, porque de este modo dejaba de ver a la que ya adoraba, salió al bosque y anduvo errante por él hasta llegar a su linde.

De pronto, notó que se había extraviado. No conocía el lugar en que se encontraba. La noche había cerrado, y Gotardo comprendió que no sabría en manera alguna -encontrar el camino de su casa.

En vano escudriñó en la oscuridad para orientarse. No conocía nada de cuanto le rodeaba.

Pensó que quizá le convendría llamar en su auxilio a Chiridirelles, el demonio que orientaba a los que se perdían. Pero no estaba muy seguro de si exigía, a cambio, el alma, y él no se sentía dispuesto a darla.

No había hecho más que pensar en Chiridirelles, cuando éste se presentó ante él.

 

Gotardo negó haberle llamado; pero el Maldito alegó que el solo hecho de pensar en él bastaba. Además, había entrado en sus dominios, al salir de la selva.

Hablóle entonces Chiridirelles de Edelina, y Gotardo confesó que estaba perdidamente enamorado de ella. Preguntóle el diablo qué daría por conseguirla. Gotardo, que dudaba primero en llamarle, por miedo a que le exigiera la entrega de su alma, dijo que estaba dispuesto a dársela a cambio del amor de Edelina.

Chiridirelles se echó a reír, y dijo que nadie le pedía el alma ni para nada la quería. No tenía valor ninguno el alma de un pobre diablo como él. Lo que él quería era otra cosa, a cambio de la cual le daría belleza: aquella belleza que tanto había envidiado la misma noche en el doncel que bailaba con la señora del castillo. Le daría todo cuanto quisiera, y a Edelina además, si cumplía sus instrucciones.

Dudaba Gotardo de que pudiera conseguir a la castellana, al recordar cómo miraba al caballero vestido de blanco y azul, y díjole así a Chiridirelles.

Éste rió más aún, y le hizo asomar a las aguas de un pequeño lago que había allí cerca. En ellas, como en un espejo, vio Gotardo al caballero, el galán de Edelina, que salía del castillo acompañado de otros tres. Fuéronse a un claro del bosque, y el caballero se batió con otro, resultando muerto el galán.

Gotardo se horrorizó, de momento; pero en el fondo se alegró de la muerte de aquel hombre que le robaba el amor de Edelina.

Chiridirelles, entonces, volvió a insistir, preguntándole si estaba dispuesto a seguir en todo sus instrucciones, para obtener como recompensa el amor de Edelina. El pobre giboso no pudo ya resistir más la tentación, y pidió las instrucciones que el diablo tuviera que darle para conseguir a aquella mujer tan codiciada.

Chiridirelles le dijo que Edelina llevaba colgada del cuello una cruz de esmeraldas. Aquella misma noche debía quitarle Gotardo la cruz del cuello y echarla al fuego. Nada más que eso le pedía.

Gotardo así lo prometió, y entonces Chiridirelles lo tocó con su varita, y Gotardo sintió una sensación rarísima por todo su ser. Miró al fondo del lago y se vio convertido en el joven que acababa de morir en el duelo.

Preguntó a Chiridirelles cómo podría llegar hasta Edelina aquella misma noche, y éste le entregó un anillo de oro con una gruesa esmeralda. Era el anillo que Edelina había entregado al joven vestido de blanco y azul, y con el cual le serían abiertas todas las puertas del castillo.

Púsose Gotardo el anillo en el dedo, y, loco de alegría, fue a dar las gracias al diablo; pero éste ya había desaparecido.

Dirigióse entonces al castillo. Andaba con aire arrogante y, cuando llegó al puente, enseñó al guarda el anillo de Edelina, y en el acto le abrieron la puerta.

Llegó a su gabinete, y ésta, convencida de que era el joven con quien había bailado toda la noche, le dejó sitio junto a ella en el diván en que se hallaba descansando.

Mientras hablaban tiernamente, cogióle de una manera disimulada Gotardo la cruz de esmeraldas que llevaba pendiente del cuello con una cadena, y la echó al fuego.

 

En el mismo instante, un rayo hendió el castillo, que ardió en llamas. Gotardo tomó en sus brazos a Edelina, y la leyenda asegura que pudieron salvarse; pero el palacio fue hundiéndose en la tierra, y en su lugar brotando el agua hasta cubrirlo. Hoy, como hemos dicho al empezar, en el lugar donde se alzaba la fortaleza hay un estanque, y en los días claros cuenta la leyenda que a través de sus aguas se ven las ruinas del castillo de Edelina de la Selva.

 

Extraída de Leyendas de Europa 2, Barcelona, Ed. Labor bolsillo juvenil.1988

 

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CÓMO SURGIÓ DEL MAR LA ISLA SEELAND

Suecia

La corte del rey Gylfwe estaba en la vieja ciudad de Upsala. Gylfwe era un monarca justo, a quien toda Suecia amaba y respetaba. En torno a él iba tejiendo el misterio una aureola, pues nadie conocía a sus familiares. Vivía solitario en su severo palacio, entregado a las altas funciones de gobierno.

Con él habitaba una doncella: la dulce Gefione, de claros ojos, a quien el Rey trataba como a una hija. Mas nadie sabía de dónde había venido la muchacha ni qué lazos de parentesco, adopción o amistad podían unirla al Monarca sueco.

No faltaba quien asegurase en serio que la madre de Gefione era hija de uno de los gigantes que poblaban los montes y los bosques y servían con fidelidad al gran rey de las montañas.

Ocupaba por entonces el trono de Dinamarca Odín. Su hijo, el príncipe Skold, hubo de hacer un viaje a la corte de Upsala, y allí conoció a la joven.

Prendado de su hermosura y misterioso atractivo, se enamoró de ella. Y ella le aceptó y correspondió a su pasión.

Skold y Gefione se presentaron a Gylfwe y solicitaron su bendición y consentimiento.

Hondo pesar afligió el corazón del anciano Monarca al comprender que el amor le arrebataba a su querida niña; mas, con todo, no se opuso ni por un momento. Antes al contrario, bendijo conmovido a la joven y le suplicó que pidiera algo que hubiera de servirle de recuerdo y testimonio del cariño que por ella sentía el rey Gylfwe.

—Viviréis, señor, con el recuerdo de Suecia en mi memoria. Y pues queréis que os pida algo, éste es mi deseo: otorgadme el trozo de tierra que un hombre pueda labrar en un día; tierra viva de mi Suecia querida; en ella encarnarán mis recuerdos y añoranzas de este tiempo feliz.

Gylfwe accedió a la petición.

Gefione se encaminó a la montaña en que su madre vivía. Allí habitaban los gigantes que durante algún tiempo sembraron el terror entre los hombres, a pesar de la nórdica ingenuidad de su fortaleza.

Uno de los titanes se presentó ante la joven. Era labrador. Llegó acompañado de sus cuatro hijos, igualmente gigantescos, que caminaban uncidos a un arado de proporciones colosales. Se puso a dis-posición de la muchacha, y juntos se encaminaron a una zona de bosques y verdor. Clavaron su arado, y con fuerza incontrastable comenzaron a cavar surcos profundos, semejantes a fosos. Trabajaban incansables y hundían con gran vigor la reja en la roca viva. Estaba ya próxima la noche, y los gigantescos habitantes de las montañas continuaban su tarea. Hasta que quedó separado, cercenado, un gran trozo de la tierra sueca.

Geñone, que había contemplado el trabajo de los Hércules, batió palmas de alegría. Mostró al Rey la hazaña realizada por sus siervos. El monarca de Suecia lloraba, contristado, la herida hecha en la tierra.

No habían pasado muchos días, cuando una noche se presentó Gefione al rey de las montañas. Éste puso a su disposición una escolta de gigantes, que se dirigieron al punto en que el suelo de Suecia había sido cortado. Inclinaron sobre la tierra sus cuerpos enormes, y cogiendo con sus brazos poderosos el trozo que habían labrado para la joven, lo elevaron sobre sus cabezas; los tremendos torsos se hincha-ron por el esfuerzo. Caminaron a través de la tierra y se internaron en las aguas del mar. Depositaron su carga sobre las olas, en el punto en que determinó Gefione; la mantuvieron penosamente a flote hasta que consiguieron hacerla encallar en el fondo del Oresund, entre las costas suecas y danesas.

Una mancha de verdor rompió la monotonía azul del mar.

De este modo apareció la isla de Seeland sobre las aguas del Báltico. Y cerca de Upsala, los ríos y las lluvias rellenaron piadosamente el vacío que dejara la muchacha en la tierra sueca y surgió el inmenso lago Melar, rodeado de bosques pensativos, que se miran, extrañados, en sus aguas.

 

 Extraída de Leyendas de Europa 2, Barcelona, Ed. Labor bolsillo juvenil.1988

 

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LA CUEVA DE LA MORA

Leyenda de Madrid

Cuentan en los alrededores de la Pedriza del Manzanares que por aquellos terrenos existió, hace muchos siglos, la ostentosa vivienda de un árabe famoso por sus riquezas y también por tener una hija de una gran belleza y discreción, a quien ninguno de sus pretendientes moros había logrado conquistar.

Un día llegó hasta allí un caballero cristiano que se enamoró perdidamente de la joven doncella y fue correspondido por ella con la misma pasión. Secretamente veíanse todos los días y se prometían amor eterno, pero aquella situación se fue haciendo cada día más difícil para la doncella mora, por las diferencias de raza y religión que los separaban. De buen grado la mora hubiera renunciado a la suya por amor al caballero cristiano, para unirse a él en matrimonio, pero su familia no quiso consentir en lo que creían un tremendo desatino, y prohibió a la joven terminantemente que continuase sus relaciones. Secuestrada la doncella en la casa de sus padres, no pudo nunca más volver a ver a su amante, y éste, desesperado ante tal situación, marchó a la guerra contra los moros, abandonando para siempre aquellos lugares.

En vano esperó la mora su regreso, porque no recibió una sola noticia de su suerte. Nunca pudo saber si su desesperación le había impulsado a buscar la muerte en el combate, o si la habría olvidado por otra mujer. Pero, no obstante, se mantuvo firme en sus sentimientos y continuó esperando año tras año su regreso, sin olvidar nunca la fecha de su partida.

Intentaron sus familiares casarla en varias ocasiones, pero la muchacha, fiel siempre a su recuerdo, se negó tenazmente a obedecerlos. El padre un día la amenazó con castigarla si persistía en su empeño de permanecer soltera, pero nada pudo amilanar a la valiente mora, que se dispuso a sufrir todas las desgracias antes que ser infiel a su promesa.

Para corregir su actitud, su padre ordenó que fuera encerrada en una cueva de aquellos parajes, creyendo, que así podría vencer su voluntariosa tenacidad. Pero todo fue inútil. La doncella aceptó dócilmente el castigo, se dejó encerrar en la cueva y siguió en ella llorando la pérdida de su amado con la esperanza siempre viva en su regreso. Dicen que allí pasó unos cuantos años y que por fin murió de pena, en la gruta que hoy se conoce, con el nombre de Cueva de la Mora.

Cuentan también que su alma, siempre esperanzada, vaga todavía por allí, aguardando la vuelta del caballero cristiano, y que todos los años, en el mismo día de su partida, el espíritu de la mora sale a pasear por la Pedriza, para otear el horizonte, por donde siempre espera ver regresar a su amado.

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LA DAMA BLANCA

Leyenda de Madrid

Corría el año 1550; el oro venía del Perú en galeones bien custodiados, y acompañando el dulce tintineo, llenos de orgullo y acariciados por doradas esperanzas, también llegaban sus propietarios. Uno de ellos, viejo, corcovado, con los ojos cansados de contemplar tesoros, desembarcaba en Cádiz. Era rico, y con el oro se creía capaz de comprarlo todo: hasta el amor. Se le hizo largo el viaje a la Villa y Corte, pues recordaba que su amigo el médico del Rey quedó tutor de una niña encantadora que ahora frisaría en los veinte años y soñaba en contagiarse de su juventud contrayendo matrimonio con ella.

Llegó el perulero, habló con el tutor; nada se consultó con la muchacha, aunque algo se le dio a entender de boda inminente. Y una vez todo dispuesto para la ceremonia, el viejo médico llevó a su pupila al Palacio Real. Don Felipe II habíale siempre demostrado afecto, y en esta ocasión le ofreció como regalo nupcial digno de su grandeza, las trece monedas de oro que habían de servir de arras.

Vivía la novia en la calle de las Infantas, en una casa de piedra roja, con siete chimeneas y rodeada de un gran jardín. Celebróse el casamiento con gran pompa. El anciano esposo había regalado a la juvenil desposada un magnífico traje blanco, todo bordado con perlas. De encaje de Bruselas era el manto, que le llegaba hasta su borde, y ocultaba su cara y sus ojos enrojecidos por el llanto.

Vino después el banquete, en el que los invitados, obsequiados hasta la saciedad, se tambaleaban en los límites de la embriaguez. Cayó la tarde; los criados encendieron las luces. La novia se había retirado a sus habitaciones, lejos del bullicio. Y en medio de la noche, cuando el perulero, pensando en su felicidad, comprada con su oro, y a costa de las lágrimas de una obediente muchacha, fue a buscarla... no la encontró; alarmado, gritó a los servidores, recorrieron la inmensa casa, registraron rincones, repasaron los salones del banquete, sin el menor éxito, y, por último, bajaron a los sótanos. Y allí, en el suelo húmedo, en un aire mohoso, pesado e irrespirable, la encontraron echada. El velo de encaje aún temblaba en su frente. El traje de perlas estaba teñido de rojo. Acercaron los candiles; entre sus manos sostenía el pañuelo bordado; trece monedas de oro, las arras, estaban a sus pies, y un puñal florentino, incrustado con gemas de colores, estaba clavado en su corazón.

Horrorizados, se retiraron en silencio amo y servidores.

¿Quién pudo cometer aquello? ¿Un despechado amante? ¿Un egregio celoso? Aún queda en pie el enigma.

Sólo sabemos que de cuando en cuando, en los sótanos de la casa, se oyen gemidos, y dicen que alguien ha visto pasear, como un espectro, en las altas horas de la noche, a una dulce mujer, envuelta en velos, haciendo tintinear en sus manos blancas de cadáver las trece monedas de sus arras.

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EL DESTINO DE LOS HIJOS DE LIR

 

  Irlanda fue, una vez hace mucho tiempo, escenario del encuentro de sus cinco reyes que se reunieron para determinar quién de ellos debía ser la cabeza reinante sobre todos los demás. El rey Lir de la Colina del Campo Blanco estaba convencido de que él sería el elegido. Sin embargo, cuando los nobles entraron en concilio, eligieron como rey supremo a Dearg, hijo de Daghda, porque su padre había sido un gran druida y él era el mayor de sus hijos.

Entonces Lir enfurecido, abandonó la asamblea de los reyes y se marchó a su castillo de la Colina del Campo Blanco.

Los demás reyes decidieron ir tras él para castigarle a lanza y espada por no rendir la debida obediencia al hombre a quien habían otorgado la supremacía: pero Dearg, el nuevo rey, lo prohibió diciendo:

- Es mejor que le atemos a nosotros por los lazos del parentesco, para que la paz reine duradera en esta tierra. Así pues, enviadle, para que escoja entre ellas esposa, a las tres doncellas de más hermosa figura y mejor reputación de Erin, las tres hijas de Oilell de Aran, mis propias tres florecillas.

 Entonces los mensajeros llevaron a Lir noticia de que Dearg le daría una hija de sus hijos. A Lir le agradó, y al día siguiente se puso en marcha con cincuenta carros desde la Colina del Campo Blanco. Y llegó al lago del Ojo Rojo, cerca de Killaloe. Y cuando Lir hubo visto a las tres hijas de Oilell, el rey Dearg le dijo:

- Escoge una de las doncellas, Lir.

- No sé -contestó Lir- cuál es la mejor de todas ellas; pero la mayor es la más noble. Es a ella a quien tomaré.

- Sea como quieras -dijo el rey Dearg- Ove es la mayor, y para ti será, si tú así lo deseas.

Lir y Ove se casaron, y volvieron a la Colina del Campo Blanco. Más tarde tuvieron dos gemelos, un hijo y una hija, y les dieron los nombres de Fingula y Aod. Y otros dos hijos vinieron tras ellos, Fiachra y Conn.

Pero Ove murió cuando éstos nacieron, por lo que Lir se condolió amargamente, y, de no ser por el gran amor que sentía hacia sus hijos, habría muerto de pena.

El rey Dearg se apenó tanto de la suerte de Lir, que le dijo:

- Nos afligimos por Ove y por ti; y por ello y para que nuestra amistad continúe viva, te daré a su hermana, Oifa, por esposa.

Lir aceptó, y finalmente se unieron en matrimonio, y él la llevó a su castillo.

Al principio, Oifa sintió afecto y respeto por los hijos de Lir y su hermana, pues ciertamente, nadie que viese a los cuatro niños podía evitar darles todo el amor de su alma. Lir se desvivía por los niños, tanto que éstos dormían siempre en unas camas grandes frente a la de su padre, el cual solía levantarse con los primeros albores, cada mañana, para tenderse entre ellos. Pero, quizá debido a esto, pronto el dardo de los celos penetró el corazón de Oifa, que comenzó a mirar a los niños con odio y enemistad.

Un día mandó que le preparasen un carruaje, y montó en él, los cuatro hijos de Lir. Debía conducirlos al castillo del rey Dearg por deseo del propio rey.

Fingula no deseaba hacer aquel viaje con ella, porque había tenido un sueño la noche anterior que le advertía contra Oifa: pero no logró escapar a su destino.

Y así cuando la carreta llegó al Lago de Oaks, Oifa dijo a la gente de allí:

- Matad a los cuatro hijos de Lir, y os daré, a cambio, cualquier tipo de recompensa que deseéis.

Pero todos rehusaron y le dijeron que sus intenciones eran malignas.

Entonces, sintió deseos de tomar una espada y matar ella misma a los niños, pero su propio miedo y su debilidad se lo impidieron así que los llevó hasta el lago con la excusa de bañarse, y éstos hicieron lo que Oifa les dijo. Mas tan pronto como estuvieron dentro del lago, agitó sobre ellos una varita de Druida para encantamientos y conjuros, y les dio la forma de cuatro hermosos cisnes, completamente blancos, y les cantó esta canción:

-Deslizaos sobre las salvajes olas,

Hijos del rey. En adelante,

vuestros sollozos se mezclarán.

Con los gritos de las aves.

A lo que Fingula contestó:

-¡Bruja! ¡Ahora sabemos lo que en verdad eres! Quieres que vaguemos de ola en ola. Pero de vez en cuando descansaremos sobre las islas Nosotros recibiremos descanso, y tú serás castigada. Aunque nuestros cuerpos queden aquí en el lago, Nuestras mentes volarán a casa.

Y esto añadió:

- Asigna un fin a la ruina y la desgracia que has traído sobre nosotros.

Oifa rió y dijo:

- No seréis liberados, hasta que la mujer del Sur se una al hombre del Norte; hasta que Lairgnen de Connaught se case con Deoch de Munster. Nadie tendrá poder para sacaros de esas formas. Vagaréis sobre los lagos y arroyos de Erin durante novecientos años. Y solamente esto os concederé: conservaréis vuestra propia habla, y no habrá música en el mundo que iguale a la vuestra, a la lastimera música que vosotros cantaréis.

Lo que dijo quizá al sentirse algo arrepentida por el enorme mal que había hecho.

Y entonces entonó esta canción:

-Lejos de mí, hijos de Lir

Juguetes de los vientos desde ahora;

Hasta que Lairgnen y Deoch se unan,

Hasta que os halléis al noroeste de la Roja Erin.

Una espada traicionera atraviesa el corazón de Lir,

De Lir, el poderoso campeón,

Y aunque yo he empuñado la espada,

Mi victoria me hiere el corazón también a mí.

Después hizo girar a sus caballos y continuó su viaje a la morada del rey Dearg.

Cuando llegó, los nobles de la corte le preguntaron dónde estaban los hijos de Lir, y Oifa les respondió:

-Lir no quiere confiarlos al rey Dearg.

Pero Dearg sospechó, en silencio, que la mujer les había jugado alguna traición y, de acuerdo con sus temores envió mensajeros a la corte del Campo Blanco. Lir preguntó a los mensajeros:

-¿Para qué habéis venido?

-Para recoger a tus hijos, Lir-dijeron.

-¿No han llegado a vuestra corte con Oifa?-preguntó extrañado Lir.

-No -replicaron los mensajeros- Oifa dijo que tú no habías dejado a los niños ir con ella.

Lir, al oír tales cosas, sintió una melancolía y tristeza profundas en su corazón, porque supo que Oifa había hecho algún mal a los niños, e inmediatamente partió hacia el Lago del Ojo Rojo.

Y cuando los hijos de Lir le vieron venir, Fingula cantó esta canción:

-Bienvenida sea la cabalgata de corceles

Que aproximándose está al Lago del Ojo Rojo,

Mágica y afligida compañía

Sin duda andando en nuestra busca.

Deslicémonos hasta la orilla, oh Aod,

Fiachra y querido Conn

Ninguna hueste bajo el cielo pueden aquellos

jinetes ser sino el rey Lir con su poderoso séquito.

El rey Lir, alcanzando la orilla, escuchó a aquellos cisnes hablar con voces humanas. Y, dirigiéndose a ellos, les preguntó quiénes eran. Fingula le respondió diciendo:

-Somos tus propios hijos, traicionados por tu esposa, hermana de nuestra propia madre, a causa de su mente malévola y de sus celos.

-¿Cuánto tiempo ha de durar este conjuro sobre vosotros? -inquirió angustiado Lir.

-Nadie puede liberarnos hasta que la mujer del Sur se una al hombre del Norte; hasta que Lairgnen de Connaught se case con Deoch de Munster.

Entonces. Lir y su gente elevaron al cielo gritos de pena, sollozos y lamentaciones y permanecieron junto a la orilla escuchando la melancólica melodía de los cisnes hasta que al fin se alejaron volando, y el rey Lir emprendió de nuevo su marcha a la corte del rey Dearg. Allí contó lo que Oifa había hecho a sus hijos. Dearg utilizó su poder sobre Oifa y le ordenó que dijera qué forma en el mundo le parecía la más fea de todas. Ella contestó que la forma de un demonio del aire.

-En esa forma, pues, te convertiré- dijo el rey Dearg, y agitando sobre ella su varita de Druida para encantamientos y conjuros, le hizo tomar la forma de un demonio del aire. Ella se fue volando al instante, y todavía hoy es un demonio del aire y eso será para siempre jamás.

Los hijos de Lir continuaron deleitando a los clanes Milesianos con la mágica dulzura de la armonía de sus canciones, y nunca se oyó en Erin melodía alguna que se pudiese comparar con aquella música, hasta que llegó el tiempo señalado para ellos de abandonar el lago del Ojo Rojo. Entonces Fingula declamó esta canción de partida:

-¡Adiós, rey Dearg,

Señor de la sabiduría druídica!

¡Adiós padre querido,

Lir de la Colina del Campo Blanco!

Vamos a pasar el tiempo asignado,

Lejos de las moradas de los hombres,

en la corriente del Moyle,

Amarga y salobre será nuestra suerte,

¡Hasta que Deoch venga a Lairgnen!

Venid pues, hermanos, una vez de mejillas sonrosadas;

Partamos de este Lago del Ojo Rojo

Y separémonos, con tibieza, de la tribu que os ha amado.

Y emprendieron su vuelo; y volaron altos, ligeros, etéreos, hasta que alcanzaron el Moyle, entre Erin y Albain.

Los hombres de Erin se apenaron por su partida, y desde entonces, se proclamó, a lo largo y ancho de Erin, que jamás sería matado ningún cisne.

Los hijos de Lir se alejaron completamente solos, volando llenos de frío, de pena y de nostalgia, hasta que un día una fuerte tempestad se desató sobre ellos, y Fingula gritó:

-Hermanos, designemos un lugar para volver a encontrarnos, si la fuerza de los vientos nos separara.

Y ellos le contestaron:

-Escojamos para encontrarnos, oh hermana, la Roca de las Focas.

Entonces las olas se levantaron y el trueno bramó, los relámpagos resplandecieron, y la tempestad barrió la superficie de las aguas, de modo que los hijos de Lir se vieron disparados por el ancho mar. Después de aquella gran tempestad vino, no obstante, una calma plácida, y Fingula, encontrándose sola entonó esta canción:

-¡Ay de mí, que todavía estoy viva!

El hielo ha pegado mis alas al costado.

Oh, mis tres amados, oh, mis tres amados,

Que bajo el abrigo de mis plumas se escondían

Hasta que los muertos vuelvan a los vivos.

A los tres jamás volveré a encontrar!.

Y emprendió el vuelo a la Roca de las Focas, donde al instante vio a Conn viniendo hacia ella con paso torpe y las plumas empapadas, y también a Fiachra, fría, mojada y fatigada; no podían decir una sola palabra, de lo ateridos y agotados que estaban: pero Fingula los cobijó para calentarlos bajo sus alas

Y les dijo:

-Si Aod estuviera con nosotros ahora, nuestra felicidad sería más completa.

Más al poco vieron a Aod venir hacia ellos con la cabeza seca y las plumas arregladas. Fingula lo puso bajo el plumón de su pecho, a Fiachra bajo su ala derecha, y a Conn bajo la izquierda, y entonaron este canto:

-Mala fue nuestra madrastra con nosotros,

Utilizó su magia maligna,

Enviándonos al norte, al ancho mar

En la forma de cisnes mágicos.

Nuestro baño en la orilla del lago

Es la espuma de la marea de saladas crestas

Nuestra parte de la fiesta de la cerveza

Es la salmuera del mar de azules crestas.

Un buen día vieron una espléndida cabalgata de corceles blancos como la nieve venir hacia ellos, y, cuando se acercaron, conocieron que eran los dos hijos del rey Dearg que habían estado prestándolos durante largas jornadas para darles noticias del rey y de Lir, su padre.

-Ellos están bien -les dijeron- viven unidos, y serían completamente felices si vosotros estuvieseis con ellos, o si al menos supieran a dónde habéis ido desde el día en que abandonasteis el Lago del Ojo Rojo.

-¡Nosotros no somos felices! -exclamó Fingula, y cantó esta canción:

-Esta noche son felices en la casa de Lir,

Abundantes son su comida y su vino.

Pero los hijos de Lir -¿qué ha sido de ellos

Plumas tenemos por ropas de cama,

Y por toda comida y vino

La Blanca arena y la amarga salmuera,

La cama de Fiachra y el lugar de Conn

Bajo el abrigo de mis alas en el Moyle,

De mi pecho tiene Aos su techo

Y así todos juntos descansamos.

Y los hijos del rey Dearg volvieron a la corte de Lir y contaron al rey la situación de sus hijos.

Al fin se acercaba el día para que los hijos de Lir cumplieran con su suerte. Volaron por la corriente del Moyle hasta la Bahía de Erris, y permanecieron allí hasta el momento de su lejano destino.

Una vez cumplido, viajaron hasta la Colina del Campo Blanco y lo encontraron todo desolado y vacío, sin nada más que verdes muros sin techo y selvas de ortigas. Ninguna casa, ni fuego, ni lugar habitado. Los cuatro se aproximaron más, y elevaron tres gritos de lamentación, y Fingula cantó:

-Es amargo para mi corazón

Ver la morada de mi padre abandonada

¿Dónde están las jaurías de perros?

¿Dónde las mujeres y los valientes reyes?

¿Dónde los cuernos de vino y las tazas de madera?

Ya nadie bebe en sus luminosos salones.

Por el estado de esta casa veo

Que su señor, nuestro padre ya no vive.

Mucho hemos sufrido en nuestros años errantes,

Flagelados por los vientos, helados por el frío;

Ahora ha llegado el mayor de nuestros dolores.

No hay hombre que nos conozca en la casa

donde nacimos.

Entonces, los hijos de Lir volaron a la Isla de la Gloria de Brandan el santo, y se establecieron en el Lago de los Pájaros hasta que el santo Patrick vino a Irlanda y el santo Mac Howg llegó también a la Isla de la Gloria.

Y la primera noche que Mac Howg pasó en la isla, los hijos de Lir oyeron la voz de su campana tañer por maitines, y se sobresaltaron llenos de terror; y los hermanos pidieron a Fingula una explicación.

-¿Qué es eso, queridos hermanos? —dijo—. No sabéis qué es ese sonido apagado y tembloroso que hemos oído.

Y recitó esta canción:

-Escuchad la campana del Clérigo,

Plegad vuestras alas y elevad

Gracias a Dios por su venida

Agradeced haberlo oído,

El os liberará de vuestro dolor,

Y os llevará lejos de las rocas y piedras.

Amados hijos de Lir

Escuchad la campana del Clérigo-.

Y Mac Howg descendió hasta la orilla del lago y les preguntó:

-¿Sois vosotros los hijos de Lir?

-Ciertamente, lo somos -aseguraron.

-¡Gracias a Dios! -dijo el santo- Es por vosotros por quienes he venido hasta esta isla, más lejana que ninguna otra isla de Erin. Descended a tierra ahora, y depositad vuestra confianza en mí.

Ellos se posaron en tierra, y él hizo unas cadenas de brillante plata blanca, y puso una entre Aod y Fingula, y otra entre Conn y Fiachra.

Sucedía que en aquel tiempo Lairgnen, príncipe de Connaught, iba a casarse con Deoch, la hija del rey de Murister. Ella, que había oído la historia de los cisnes y sentía un gran amor y afecto por ellos, había dicho que no contraería matrimonio hasta que tuviera a los cisnes errantes de la Isla de la Gloria a su lado. Lairgnen envió por ellos al santo Mac Howg. Pero el santo no quiso entregarlos, y Lairgnen y Deoch fueron ambos a la Isla de la Gloria. Y Lairgnen fue a coger a los pájaros del altar: pero, tan pronto como puso sus manos en ellos, sus abrigos de plumas se desprendieron de sus cuerpos y los tres hijos de Lir se convirtieron en tres hombres ancianos, huesudos y marchitos y Fingulla entonó esta canción:

-Ven y bautízanos, oh clérigo,

limpia nuestras manchas.

Hoy veo nuestra tumba:

Fiachra y Conn, uno a cada lado,

Y en mi regazo, entre mis brazos,

situad a Aod, mi bello hermano-.

Después de esto, los hijos de Lir fueron bautizados. Y entonces murieron, y fueron enterrados tal como Fingula había dicho; Fiachra y Conn a cada uno de sus lados, y Aod delante de ella. Se levantó un túmulo de piedras sobre ellos, y en él se escribieron sus nombres en caracteres rúnicos. Tal que fue el destino de los hijos de Lir.

 

Cuentos Celtas, Madrid, Miraguano, 1992

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EL DIABLO CONFESOR

 

  Era el noble Don Ángel de Arellano uno de los más conocidos y respetados de la ciudad de Toledo. Vivía con su hijo Gonzalo en un pequeño palacio en el callejón de San Pedro, en el corazón de la ciudad y no muy lejos de la Catedral. Muchos respetaban a Don Ángel por su bondad y sabiduría, y el noble perdía gran parte de su tiempo en ayudar a todo aquél que podía.

  Creía que con sus buenas acciones podría enterrar la mala fama que su hijo tenía en la ciudad, pues el joven, a sus pocos años ya era un ejemplo de mezquindad, maldad y todos los peores adjetivos que un noble no debería acompañar a su apellido. No había pelea en Zocodover en la que no se viera comprometido el honor de los Arellano, moza que no viera mancillado su honor ante la sucia verborrea del joven, apuesta económica de la que el bolsillo de Don Ángel no se repercutiera o embuste que procediera de la boca de Gonzalo. Todo lo malo que el padre había evitado durante su ya larga vida formaba parte de lo cotidiano en Don Gonzalo.

  Transcurrido el tiempo y cuando la paciencia del padre llegaba a su fin dio la casualidad que Gonzalo se enamoró de una bella moza, hija de un pobre pescador del Tajo. Sagrario era su nombre y su belleza sedujo el duro corazón del joven. La sencillez de la joven no sólo ablandó el corazón de Gonzalo, sino que también provocó un cambio radical en la personalidad del joven, hasta el punto de convertirse en poco tiempo en uno de los hombres más pacífico y honrado de la ciudad. Los conocidos y el propio padre no daban crédito al cambio, tan sólo explicable por la intervención divina o de algún santo que hubiera intercedido por él.

  Pero el dolor llegó en forma de habladurías a la casa de Don Ángel, pues al poco descubrió que la moza que pretendía su hijo era de las más pobres de la ciudad, y esta baja condición supuso un importante impedimento para que autorizara el matrimonio de su hijo. Esto provocó no pocas discusiones entre padre e hijo, tan duras que algunos vecinos oían gritos en mitad de la noche, durante el día, e incluso afirmaban haber oído en alguna ocasión el frío sonido del acero toledano saliendo de sus vainas…

 Un jueves santo, tras una agria discusión por el amor de la joven, Don Ángel se dirigió a la Catedral, buscando consuelo y confesar sus pecados, pero entrando en la Primada y viendo el gran número de personas que aguardaban narrar al sacerdote sus pecados, por ser día de fiesta, se desesperó, y estando decidido a abandonar el templo observó un viejo y desvencijado confesionario solitario, junto a la Puerta del Perdón, más parecido a un armario de vieja factura, al que decidió acercarse, arrodillarse y comenzar el relato de los hechos que hasta allí le habían llevado.

  Poco después le vieron abandonar el confesionario con el semblante bañado en lágrimas, dando aspecto de estar aterrorizado y como si al mismísimo diablo hubiera visto en aquel lugar. Algunos se aproximaron al confesionario, animados también por la poca afluencia de gente al mismo y no encontraron en él a sacerdote alguno, pensando que Don Ángel se había vuelto completamente loco.

  La sangre caía a borbotones del cuerpo tendido en el suelo. Era la sangre de Gonzalo de Arellano, muerto acuchillado por la espalda con la daga propiedad de su propio padre. Don Ángel se entregó confesando ser el autor de los hechos y así lo confesó:

“Conté al sacerdote, en la Catedral, cómo Gonzalo pretendía a una joven hija de un pescador, y esto nos había llevado a sucumbir en el insulto y a punto había estado de provocar un daño mayor si no hubiese salido de casa camino de la confesión. La voz que había en el confesionario, profunda, convincente, me avisó de las pocas posibilidades de recuperar a mi hijo, y que éste caería para siempre en desgracia al casar con esa mujer. La muerte era la única solución a tamaño despropósito, pues es preferible antes de la deshonra… Su voz, era tan convincente que el enorme sacrificio no suponía problema alguno, sino un alivio para mi corazón, y aún a sabiendas de lo duro de la decisión, seguí el consejo dado por el sacerdote y partí de la Catedral hacia el fatal destino para mi hijo, buscando la salvación de su alma”.

El Cabildo confirmó que aquella mañana ningún sacerdote había confesado junto a la Puerta del Perdón. Los alguaciles encontraron a los testigos que vieron salir a Don Ángel y que confirmaron que ninguna persona había estado en el viejo confesionario. En lo que sí coincidieron todos por separado fue en el intenso olor a azufre que se desprendía del interior del confesionario...

Poco después, en Toledo corrió la noticia de que el mismo Satanás, vestido de sacerdote, había tomado confesión y convencido a Don Ángel de Arellano para asesinar a su hijo, buscando acabar con su bondad y el nuevo amor que había surgido, y de paso condenando el alma del padre para toda la eternidad.

La Catedral quitó el confesionario en el que supuestamente había tomado confesión el Diablo, y muchos toledanos tardaron en volver a la Catedral a confesar sus pecados… Cuenta la leyenda que desde entonces, nadie toma confesión cerca de la Puerta del Perdón.

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LA LEYENDA DE ELDORADO

  Leyenda de Colombia

No hace mucho tiempo se descubrió en una laguna de Siecha, en tierras de Nueva Granada, un pequeño grupo escultórico, que despertó la curiosidad de estudiosos y profanos; a su indudable interés arqueológico se unía la circunstancia de estar hecho en purísimo oro. Representaba, de modo bastante tosco, una balsa de oro, sobre la cual se agrupaban hasta diez pequeñas figuras humanas, también de oro.

Pues esta minúscula y ruda muestra de un arte primitivo nos pone en relación con una costumbre que, practicada desde épocas remotísimas (acaso prehistóricas), llegó a alcanzar visos de leyenda: la leyenda de Eldorado.

En la aldea de Guatavitá, enclavada en lo que más tarde fue Nueva Granada, se practicaba desde tiempos muy remotos un extraño rito: En un día determinado, uno de los jefes del poblado desnudaba su cuerpo y lo untaba cuidadosamente con una sustancia pegajosa. Seguidamente se cubría de pies a cabeza con una fina capa de purísimo oro molido, que, adherido a su piel, le daba un aspecto extraordinario. Éste era el «hombre dorado». Aproximábanse a él sus compañeros, y, entre ceremonias, le conducían a las orillas de un lago próximo y le colocaban sobre una balsa. Impulsaban vigorosamente la almadía hasta llegar al centro del gran lago. En aquel momento, el «hombre dorado» saltaba al agua y dejaba que se desprendiera de su cuerpo aquella refulgente y magnífica vestidura. Sobre las aguas del lago aparecía una hermosa mancha dorada, que lentamente se hundía hasta desaparecer. Y los hombres regresaban, después de concluir su mágico ofrecimiento, que debía atraer los beneficios divinos sobre la aldea.

Es de suponer que a estas misteriosas prácticas acompañaría un minucioso ritual que desconocemos, debido a que cuando los españoles tuvieron por vez primera conocimiento de tal ceremonia (1527), hacía ya unos treinta años que los sanguinarios indios Muysca, de Bogotá, habían exterminado por completo a los pacíficos habitantes de Guatavitá. A pesar de la extensión mítica que alcanzó la tradición de Eldorado - señuelo de la audacísima codicia de los españoles, - hoy se defiende documentadamente la categoría histórica de esta narración, si bien se admite que, con posterioridad, sufrió deformaciones Y variantes que justifican, por ejemplo, la un poco absurda contracción de la palabra Eldorado, en lugar de «El hombre dorado». Arrojado de su lugar de origen, el mito erró de un punto a otro, alterándose y confundiéndose con otros semejantes. Poco a poco, ya no era un «hombre dorado», sino una tribu de oro. Y, finalmente fue un país de ensueño: Eldorado.

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LA ESCUELA DE LA SALAMANCA

Aunque muchos no quieran ni contarlo, la mayoría de los pobladores de los distintos parajes de Santiago del Estero, conoce muy bien en la existencia de la salamanca.

Pero claro, cuando el frío aprieta y las noches se quieren hacer largas, los lugareños se multiplican y el fogón invita a contar cuentos de espantos.

La salamanca es definida como la escuela del conocimiento y la viveza. Su regente, que no es de los más buenos pero sí de los más astutos, no es otro que el diablo, quien cobra a los asistentes la módica suma de un almita o la vida de algún ser querido. ¿Qué es lo que tanto valor puede tener para canjearlo por almas humanas? .Poder! Se les ofrece a los aspirantes diferentes hechizos y embrujos con el fin de lograr algún cometido: amor, dinero y demás lujos y placeres. Sin embargo, el diablo siempre gana y, aunque la prenda sea el alma de otro, el demonio, vivo y paciente, cuando el negociante muere se lleva de propina también su alma.

Muchos son los que afirman haber ingresado en la sede misma del diablo... Cuentan que es un agujero grande y profundo en el suelo, pero que no se ve fácilmente, está en medio del espeso monte o en las barrancas de los ríos, donde se juntan sus seguidores, los estudiantes, a aprender de sus interesantes clases.

Los parroquianos no escatiman detalles, afirman que allí adentro hay grandes espacios: una sala inmensa donde los visitantes deben acomodarse en asientos, que no son otra cosa que serpientes enroscadas. Y no concluye ahí la cosa, serpientes más pequeñas y otras alimañas se arrastran por el lugar entre los estudiantes y se trepan a sus cuerpos desnudos, probando su coraje. Antes de comenzar cada clase se canta adorando al demonio y se defenestra cualquier acercamiento a lo divino o celestial.

La ceremonia comienza en la entrada misma de la salamanca, allí se muestra una figura religiosa que todo aspirante que se precie debe despreciar, escupiéndola en la cara, para no quedarse afuera.

Una vez adentro comienza el aprendizaje de los embrujos que buscan los concurrentes: manejo de instrumentos musicales, poderes malignos y enamoradizos, habilidades para el baile, doma, la payada y todo lo relacionado con las costumbres y actividades del lugar.

Los que viven por allí cerca afirman que en las noches de invierno, de la entraña misma del monte se oyen los acordes y melodías de innumerables instrumentos, y que al amanecer los vecinos salen a averiguar quién estuvo de fiesta. Muchas veces no quedan dudas: son los alumnos de la salamanca.

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LA ESPOSA FANTASMA

 

    Una vez vivían juntos un hombre y su esposa. Estos tuvieron un niño, pero la mujer murió en el parto. El hombre quedó muy triste y lloró mucho la pérdida de su mujer.

Una noche cogió al niño en sus brazos y, saliendo del poblado, se dirigió hasta el lugar donde estaba enterrada su esposa. El pequeño se sentía muy solo y no dejaba de llorar, y es que el corazón del hombre estaba enfermo de pena y soledad. Algo avanzada la noche, éste se quedó dormido, desfallecido y agotado por el dolor. Al cabo de un rato se despertó y, cuando dirigió su mirada hacia arriba, descubrió una figura de pie ante él. La figura era la de su esposa fallecida, que habló a su marido de la siguiente manera: "Eres muy desgraciado aquí, pero podemos ir a un lugar donde seríamos felices. Allí, donde yo he estado nada malo sucede a nadie. Aquí, donde tú  estás, nunca se sabe que males pueden sobrevenirte.  Será mejor que tú y el niño vengáis conmigo."

El hombre no quería morir. Y le contestó: "No; será mejor que tú vuelvas con nosotros. Nosotros te queremos. Si estuvieses con nosotros, dejaríamos de ser desgraciados."

Durante largo rato estuvieron discutiendo esto, tratando de decidir cuál de los dos iría a donde estaba el otro. Por fin el hombre logró persuadir a la mujer y ésta accedió a volver. Ella le dijo al hombre: "Si quieres que regrese, deberás hacer exactamente lo que te diga durante cuatro noches. Por espacio de cuatro días, la cortina deberá permanecer echada ante mi dormitorio; no debe ser levantada, nadie debe mirar detrás de ella."

El hombre hizo exactamente lo que ella le dijera y, al término de los cuatro días, la cortina fue levantada y la mujer apareció detrás de ella. Entonces todos la vieron, primero sus familiares y parientes y, después, todo el resto de la tribu. Su marido y su hijo estaban muy contentos y juntos vivieron muy felices.

Mucho tiempo después de esto, el hombre tomó a una segunda esposa. La primera se mostraba siempre complaciente y bien dispuesta, pero la nueva tenía mal temperamento y, con el tiempo, fue sintiéndose cada vez más celosa de la primera mujer y comenzó a disputar con ella. Un día la nueva esposa se enojó mucho con la otra y comenzó a dirigirle palabras feas para, finalmente, decirle: "Tú no deberías estar aquí. No eres sino un fantasma, después de todo."

Aquella noche cuando el hombre se fue a la cama, se acostó, según era su costumbre, al lado de su primera esposa. Mas antes del alba se despertó, y encontró que su esposa había desaparecido. Ya no volvió a ser vista. La noche siguiente a que esto sucediera, el hombre y el niño murieron mientras dormían. La mujer los había llamado junto a ella. Se habían ido a aquel lugar donde viven los que en la tierra mueren.

Este suceso convenció a todo el mundo de que hay una vida después de la nuestra.

 

George Bird Grinnell,  Cuentos de los Indios Pawnee, Madrid, Miraguano, 1994.

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LOS ENANOS DEL SCHALKSBERG Y DEL WOHLDENBERG

Leyenda de Alemania

 

  El Schalksberg, entre Ettenbüttel y Wilsche, cerca de Gilde, junto al Aller, es ahora solamente una colinita de topos, pero en otros tiempos fue un monte alto y hermoso, en el cual habitaba el pueblo de los enanos. En aquel tiempo no vivía allí ningún hombre, lo cual era muy del agrado de los hombrecillos, pues podían ir y venir sin ser estorbados y andar por encima o por debajo de la tierra como les viniera en gana. Los gnomos se daban muy buena vida; hacían todos los días domingo, y en medio de la semana, un día de fiesta. Comían, jugaban y bailaban. Sin embargo, de vez en cuando forjaban, y aún hoy en día se encuentran a menudo por allí escorias y restos del carbón que empleaban en su trabajo. Cuando por primera vez llegó un pastor a esa región no había en derredor del monte más que campos de guisantes y dentro de la tierra se oía continuamente una música maravillosa. Sin embargo, cuando los corderos del pastor se acercaban a esos campos de guisantes, se sobresaltaban, como si se les hubiera pellizcado interiormente, y también varias veces empezó el perro a ladrar y a aullar y no quiso acercarse. A pesar de esto, poco a poco fueron viniendo más gentes a la región, construyeron pueblos y trabajaron en sus oficios. Con eso se pusieron en contacto a menudo con los enanos, unas veces amablemente y otras como enemigos, según las circunstancias. Los gnomos se quejaban, sobre todo, del ruido que formaban los hombres, y éstos, de los muchos robos que hacían aquéllos; de modo que estaban en continuas riñas. Pero, a pesar de esto, en otras ocasiones se prestaron ayuda mutuamente, y cada vez que los hombres se habían mostrado amables con los enanos, eran pagados por estos con oro rojo.

He aquí el motivo de que los hombrecillos se marcharan de aquellos lugares: En los campos de los alrededores vivían muchos gigantes, y si éstos no se entendían bien con los hombres, con los enanos andaban siempre como perros y gatos. Una vez los gnomos molestaron a un ogro que dormía, poniéndole en los agujeros de las narices dos grandes rocas. El dragón empezó a respirar mal, y se despertó, y aún pudo ver cómo tos hombrecillos desaparecían en el Schalksberg. En un dos por tres se encontró allí, pero no pudo entrar porque era demasiado grande para los pequeños agujeros de los enanos. Entonces el monstruo sopló las piedras de las narices contra el monte, hasta el punto de que éste estalló y voló pulverizado y roto. Siguió soplando el gigante, hasta que desapareció el monte. Y hubiese exterminado a todos los enanos a no haber sobrevenido una gran tormenta. Un rayo cayó encima del ogro y lo mató.

A la noche siguiente estaba un pescador plegando sus redes a la orilla del Aller, cuando se le acercó un hombrecillo gris y le preguntó si estaba dispuesto a hacer algunos viajes a través del río, junto al Schalksberg le prometió que nada perdería en ello. El pescador se extrañó, pero por fin accedió y fue con su barca puntualmente al sitio designado y a la hora justa, a la noche siguiente. El hombrecillo gris le esperaba y saltó al bote ágilmente, y con él otros, a los que el pescador no veía, fueron llenando el bote hasta que casi se hundía. Entonces mandaron al pescador que pasase el río. Cuando llegaron a la otra orilla, saltaron a tierra e indicaron al pescador que debía volver de nuevo al mismo sitio. Como decíamos, el pescador no veía sino al primer hombrecillo gris, y así continuo hasta el crepúsculo matutino. Continuamente se llenaba la barca, pero él no veía a nadie, sino que oía unos cuchicheos y siseos y sentía la barca medio hundirse. Cuando el Sol iba a salir, el hombrecillo, que era el rey de los enanos en persona, dijo:

- Ahora, basta. Tu premio se encuentra en el fondo del bote. Si tienes curiosidad por saber lo que has llevado en tu barca, mira por encima de mi hombro izquierdo.

El pescador lo hizo así y vio una extensa pradera llena de hombrecillos cargados con toda clase de bultos, que se dirigían hacia el Wohldenberg, a unas dos horas de distancia de allí. Pero en ese momento salió el Sol y el pescador, de repente, ya no vio nada más. No había ya enanos y su rey había desaparecido también. Cuando el pescador volvió a subir a su barca, vio en el fondo un gran montón de bosta. Irritado por la miseria del pago, lo echó en el Aller, y, vuelto a su casa, contó a su mujer toda la historia. Pero ésta, más lista que él, le contestó:

- No hubieras debido tirarlo; todo eso era oro.

Corrieron al bote, y, en efecto, lo que aún quedaba se había convertido en oro brillante, y pudieron recoger lo bastante para llenar su sombrero de tres picos hasta arriba, y de lo que había tirado el pescador encontraron después algunas monedas con la red.

Desde aquel tiempo vivían los enanos en el Wohldenberg. Esta colina, que se eleva en una llanura casi sin fin Y que se extiende de Norte a Este, entre Leiferde y Daldorf, muy cerca del camino que va de este último Pueblo a Meinersen, domina, a pesar de ser muy pequeña, toda la región. Ésta es tan estéril como el monte mismo. Por el Oeste y el Norte linda con dunas de arena en las cuales no hay casi más que brezos y abetos torcidos. Hacia el Sur y el Este hay, naturalmente, algunos campos cultivados, pero éstos producen más amapolas, rojas como el fuego, que trigo.

El pie mismo de la colina está rodeado por un círculo de abedules y de abetos y de algunos robles secos, y la cima se encuentra cubierta de brezo y de retama. El mismo aspecto triste tenía antes de la llegada de los enanos, quizá más triste aún, ya que la región no estaba habitada por los hombres, por lo que no se veían tierras cultivadas. Los enanos se dispusieron a cambiar este estado de cosas. En pocos días hicieron canales subterráneos, que trajeron el agua desde el río Ocker. Uno de estos canales todavía fluye hoy y se llama Twargborn; los demás se han secado. Por otra parte, calentaron el suelo con hogueras encendidas debajo de tierra, y este calor, unido a la humedad producida por los canales, hizo que la tierra se convirtiera de muy estéril en fertilísima. Esto lo vio por primera vez un cazador que se había perdido por esas regiones, y cuando lo contó y se extendió la noticia pastores y labradores se dirigieron allá y se asentaron. De aquellos primeros tiempos se habla aún hoy con entusiasmo. Los sembrados habían crecido tan prietos, que se podía pasar por encima de ellos con un carro sin doblar las plantas; los pastos y praderas no tenían igual y toda la región parecía un verdadero paraíso. Durante mucho tiempo vivieron los hombres y los enanos en paz, como buenos vecinos; se ayudaron fielmente en todas las necesidades, se prestaron mutuamente instrumentos de trabajo y se invitaban a fiestas y banquetes. Los que salían ganando con esto eran, sobre todo, los labradores. Después de arar por la mañana durante unas cuantas horas, se encontraban con el desayuno preparado en un puchero, al mediodía les proporcionaba una mano invisible la comida, y en cuanto una azada o cualquier otra herramienta se rompía, lo arreglaban los enanos inmediatamente, sin querer aceptar nada en pago. Así, también protegían esta región de las inundaciones y del granizo y eran infatigables cuando el trigo se llevaba a los graneros; de modo que a menudo, al despertar los trabajadores de la siesta, no tenían ya nada que hacer.

A cambio de todo esto sólo pedían una cosa con mucha insistencia: que hubiera silencio en las cercanías del monte, que no se restallase con el látigo ni se gritara al ganado. Durante mucho tiempo los hombres cumplieron este ruego de los enanos concienzudamente, y así hubo alegría y paz durante muchos años. En esto, ocurrió que las gentes de Leiferde trajeron una gran campana para la nueva torre de la iglesia, y eso fue la primera piedra de la discordia, pues los enanos no podían soportar el ruido de la campana y tenían que taparse continuamente los oídos. Primero rogaron que no se tocase la campana, y cuando no se les hizo caso y se volvió a tocarla, se dirigieron en masa hacia la iglesia, tirando piedras para echar abajo la campana o la torre. Tampoco esto les dio resultado. Entonces empezaron los disgustos. Los enanos mezclaban el trigo con la paja y lo pisoteaban, asustaban a los caballos y a los rebaños que estaban pastando, cegaron los pozos, asustaban a los caminantes, a las mujeres y a los niños. Pero, sobre todo, robaban lo que se les ponía al alcance: hasta niños pequeños. Los hombres no se portaban mejor. Cuando los enanos jugaban y bailaban, se acercaban silenciosamente los mozos del pueblo y restallaban de repente de tal modo sus látigos, que a los enanos se les turbaba la vista, les parecía que iban a reventárseles los oídos y escapaban chillando. Y cuando estos mozos cazaban a alguno de los enanos, se divertían de tal modo con él, que el pobre diablo creía morir de miedo. Sin embargo, otras veces se trataban amigablemente. O sea, que las relaciones se convirtieron en lo que habían sido en el Schalksberg. Unas veces, como enemigos, otras, como amigos. Mas la situación empeoró.

El labrador más rico de Leiferde había a conseguido ganar para sí todos los campos más fértiles del Wohldenberg, y era muy feliz por ello, pues allí donde hoy es todo un yermo, en aquel tiempo crecía la mejor cosecha. Él mismo vivía en paz con los enanos, ya que se daba cuenta de que le convenía, pero tenía un hijo único que era un bruto. Cuando creció, apenó de tal forma con su conducta a su viejo padre, que éste murió y el joven quedó dueño de los ricos campos. No tardó mucho tiempo en enemistarse con todo el mundo, porque era tan poco amable y servicial como orgulloso. Cuando se había ganado un nuevo enemigo, se burlaba de él y a la vez de todos los demás hombres; se burlaba hasta del mismo Dios e insultaba a sus colonos, los enanos.

Es más fácil enemistarse con un enano que con un hombre; esto lo había de experimentar el mal joven, para su perdición y daño. Un día estaba arando y los gnomos le trajeron, como de costumbre, un abundante desayuno. Cuando hubo probado el primer bocado, le pareció caprichosamente que estaba malo; tiró lo que le quedaba, y gritó:

- ¡Ya que me traéis comida de cerdos, os la devuelvo! ¡Traedme mejor comida, so granujas!

Y al mismo tiempo restalló con el látigo, de modo que el silbido atravesó todo el monte. Viendo que los enanos no volvían a llenar el puchero, lo ensució de manera indecente y restalló el látigo y gritó Como un salvaje. Con tanto ruido, se encabritaron los caballos, y cuando agarró las riendas para sujetarlos, se le rompieron y los caballos huyeron a lo lejos. Empezaba la venganza de los enanos. Cuando al mediodía y a la mañana siguiente siguió sin aparecer la comida, el labrador se enfureció aún más y gritó:

- ¡Traedme mi comida, perros de cabezas gordas y patas tuertas! ¡Y que sea buena, o que os lleve el diablo! ¡Tengo derecho a exigíroslo, pues sois mis colonos, y solamente por favor os permito que viváis en vuestro montón de tierra!

Pero la comida no apareció, y cuando, cansado de tanto gritar, se había echado bajo un arbusto, salieron miles de hormigas amarillas, que le picaron en todo el cuerpo, hasta en la nariz y en la boca. Esto era obra de los enanos irritados. A la tercera mañana, el campesino cogió una carraca y se dirigió con dos criados al Wohldenberg. Después de haber pedido la comida, siguió ésta sin aparecer. Entonces rodearon entre los tres el monte. Uno iba silbando tan agudamente como podía; otro restallaba con todas sus fuerzas Con un larguísimo látigo, y el tercero hacía sonar la carraca ensordecedoramente. Tanto ruido hicieron, que se originó un estrépito infernal. Los enanos, en el interior del monte, creían volverse locos; sin embargo, ninguno apareció. Estaban combinando un nuevo plan de venganza. Por la noche se levantó una tremenda tempestad y a la mañana siguiente se extrañó la servidumbre de que el campesino no se levantara. Por fin entraron en su habitación y lo encontraron tendido en su lecho, como muerto. Cuando después de sacudirle y de frotarle las sienes lo hicieron volver en sí, contó que se había despertado a medianoche, sintiéndose como paralizado.

- Con horror - dijo - me di cuenta de que cantidades de gordos y fríos sapos se arrastraban por mi cuerpo y mi cara, y de que yo, entretanto, no me podía mover.

Aún estaba hablando, cuando entró una sirvienta para dar cuenta de que también la mayoría del ganado estaba paralizado y cegado, y al momento surgió el mayordomo añadiendo:

- Todos tus campos han sido apisonados y asolados durante la noche; los manantiales, secados. El monte, en fin, está devastado.

Todos se dieron cuenta al instante de que lo sucedido era obra de los enanos.

En el vecino pueblo de Volkse, a orillas del río Ocker, cerca del lugar en donde aún hoy día una barca atiende al pasaje por falta de puente, vivía un pescador que llevaba a la orilla opuesta a los caminantes que lo deseaban. Hacia el mediodía de aquel día en que el campesino había asustado a los enanos, se le acercó un hombrecito gris, que le rogó tristemente:

- ¿Me prestas tu barca por esta noche, pescador?

- ¿Por qué no lo había de hacer? - contestó el barquero -. Si me pagas bien el servicio y me la devuelves mañana honradamente...

Así se lo prometió el hombrecillo, y en prueba de ello le entregó una escudilla llena de oro, y le dijo:

- Sobre todo, no sientas curiosidad por ver lo que pasa, pues podría sucederte algún daño.

Dicho esto, desapareció.

En cuanto cayó la noche, sobrevino una tormenta tan terrible como ni los más ancianos recordaban haber visto otra igual: el cielo parecía arder en un gigantesco incendio y el viento soplaba con imponente furia. El honrado pescador no cesaba de rezar y pedía también por el hombrecillo gris. «¡Ojalá que no se haya atrevido a pasar el río!», pensaba. Olvidó su promesa y miró a través de un agujero en las ramas de la cabaña que por casualidad había delante de él. ¡Cielos, lo que hubo de ver! En medio de las espumosas olas del río se deslizaba su barca; una cantidad innumerable de enanos iba en ella, y las orillas hormigueaban de hombrecillos grises. Todo esto lo vio a la luz de un terrible relámpago; pero no pudo ver más: el mismo rayo cayó cerca de su cabaña y un trueno fortísimo lo ensordeció para todo el resto de la noche y le hizo perder el sentido. Cuando volvió en sí, el Sol había salido y alumbraba en el claro cielo, el río estaba tranquilo y su barca se encontraba a la orilla, como si nada hubiera pasado, y solamente el oro rojo que encontró en el fondo del bote le convenció de que no había soñado. Pero aún le convenció mas de la triste realidad una sola mirada que dirigiera al vecino Wohldenberg: todas las encinas estaban destrozadas, todos los lugares alegres deshechos y todos los alrededores tan desiertos como están hoy. Solamente había permanecido, a pesar de la destrucción, un camino por el lado del Este y que se llama aún el Twargstieg (twarg=zwerg, enano; stieg, escala, camino); una sola fuente quedó sin cegar, la «Twargborn», como aún se llama hoy, y tiene la mejor agua de todo el contorno.

Los enanos desaparecieron, nadie sabe adónde se marcharon. Otros narradores añaden que aquella misma mañana el cruel campesino, que con su brutalidad había sido la causa de la tragedia, había sido encontrado en el campo, carbonizado por un rayo y con el látigo roto encima de él.

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LOS ESPÍRITUS DE LAS CASAS

Hay mucha gente en Ching-ting que vive con los duendes, seres a los que uno puede oír pero no ver, y que no tienen sombra. Llevan a cabo todo tipo de trabajos para la gente. Si, por ejemplo, estás plantando flores, sólo necesitas plantar una para enseñarles, y ellos acaban el resto del campo. Sienten pasión por barrer, de modo que aquellas casas de gente que posee duendes están siempre particularmente limpias. Cuando llegas a una de estas casas y te quitas los zapatos a la entrada, si no ves ni una mota de polvo alrededor, entonces sabrás que hay duendes en la casa.

A los duendes se les atrae de la siguiente manera: es necesario enterrar en la encrucijada del camino más cercano dos especies diferentes de criaturas, como por ejemplo, milpiés y serpientes. Luego, desenterrarlos varios días más tarde y ponerlos en un quemador de incienso. Sólo así aparecerán.

Cada año les gusta comerse a un ser humano, y cuando su amo arregla cuentas con ellos en la noche de Año Nuevo, si todavía queda algo por pagar, debe entregarles un hombre. Por esta razón en la noche de Año Nuevo, si los duendes han roto alguna taza, su dueño ha de insistir en que han roto veinte y reclamarlo ante ellos, y decirles que deberán esperar hasta el año siguiente para celebrar su fiesta.

Si ya no los quiere con él, puede intentar asociarlos con otra persona; pero si ellos se niegan, no hay nada que hacer. Si, por el contrario, consienten, ha de preparar un paquete de plata, un paquete de polvo y otro de ceniza de incienso —que eso en realidad son los duendes— y arrojarlos al camino. Quienquiera que los desee, sólo tiene que coger la plata. A veces, la gente que desconoce todo esto coge la plata por equivocación, y entonces los duendes se quedan con él. Estos prefieren vivir en la olla de cocinar, y por esta razón, la gente que tiene miedo de los duendes pone un poco de agua en la olla después de cocinar. He aquí una historia sobre ellos. Un hombre pobre se encontró una vez un paquete de plata y un paquete de polvo tirados en el camino. Sabía que era la dote de un espíritu, pero él quería la plata y no al duendecillo. Tenía miedo, sin embargo, de que éste le siguiera y, entonces cogió la plata y se precipitó hacia el río, porque los duendes no pueden cruzar el agua. Cuando llegó al río, el duendecillo se había subido ya a su sombrero. Entonces el hombre tiró el sombrero al agua, y ambos, el sombrero y su ocupante, fueron arrastrados por la corriente. Más tarde, el sombrero quedó colgado de un arbusto, que inmediatamente se secó.

El pobre enriqueció, gradualmente, con la plata. Un día se encontraba caminando con su hijo por la orilla del río, cuando el muchacho, señalando al árbol marchito, le preguntó a su padre, "¿Por qué se ha secado ese árbol?" Y el padre contó a su hijo toda la historia sobre el espíritu. El duendecillo todavía estaba en el árbol, y cuando oyó que este hombre rico era su antiguo enemigo, saltó al suelo, se apoderó de su alma y la devoró. Desde ese día, el hombre rico se volvió cada vez más delgado y amarillo, hasta que, finalmente, murió.

 

Cuentos Chinos, Madrid, Miraguano, 1990

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LOS ESTUDIANTES Y EL ALMA EN PENA

Leyenda de Salamanca

Cuatro estudiantes amigos se reunieron para marchar juntos a Salamanca, en cuya célebre Universidad debían cursar sus estudios. Partieron de sus casas el día de San Andrés, y despidiéndose gozosos de sus familiares, emprendieron el viaje a la famosa ciudad, llegando a ella el día de Navidad. Por el camino iban pensando dónde se hospedarían, ya que los cuatro amigos no querían separarse, y como todos los mesones estaban llenos de estudiantes, posiblemente no encontrarían sitio para estar juntos los cuatro.

A la entrada de la ciudad encontraron a una mujer, que les preguntó:

- ¿Adónde van los cristianos?

Respondieron ellos que en busca de un mesón donde pudieran hospedarse los cuatro a la vez. La mujer les brindó su casa, que era espaciosa, donde podían estar bien atendidos por ella, que sabía preparar muy buenas comidas.

Los estudiantes aceptaron y dejáronse guiar por la mujer, que les enseñó su casa, que era, en verdad, amplia y bien ventilada, rodeada de una huerta. Pareciéndoles bien a los muchachos, se quedaron allí de huéspedes. La mujer se creyó en la obligación de advertirles que en aquella casa se oían de noche ruidos extraños, que decían ser de almas en pena. Ellos pidieron un candil, y con él en la mano registraron toda la casa, mirando por todos los rincones; mas nada encontraron, y así, dijeron a la mujer que les preparara enseguida la cena y la cama para acostarse, pues estaban muy cansados del viaje.

Pronto estuvieron acostados y profundamente dormidos los cuatro amigos en la misma habitación. Pero a medianoche despertáronse sobresaltados por unos ruidos misteriosos como de cadenas y correr cerrojos, mientras se abrían todas las puertas. Atónitos se quedaron viendo que la de su aposento también estaba abierta. Asustados, comentaban qué podría ser aquello, mas sin atreverse a asomar mucho la cabeza fuera de las sábanas. Pero el más atrevido dijo que debía de ser el diablo, y tirándose de la cama, buscó unas pajas e hizo con ellas una cruz, y todos empezaron a rezar para ahuyentar al maligno.

De pronto oyeron una voz que les decía: «Yo no soy el diablo; soy el amo de esta casa, que ando penando por ella porque forcé a una niña de dieciocho años y después de matarla la tiré al pozo de la huerta. Os pido por Dios, cristianos, que saquéis de allí los huesos y los enterréis en lugar sagrado. Debajo de vuestra cama encontraréis un tesoro escondido por mí; sacadlo, y con él mandaréis decir dos mil misas por mi alma. Lo que os quede lo repartís entre vosotros como buenos hermanos».

Quedaron confusos los cuatro estudiantes, y levantándose al amanecer, bajaron a la huerta y descendieron al fondo del pozo y encontraron el esqueleto de la niña, que sacaron para darle sepultura. Después levantaron el suelo de debajo de la cama, y hallaron un inmenso tesoro, que consistía en varias ollas llenas de onzas de oro. Con él mandaron decir las dos mil misas que el alma en pena les había encargado, y el resto se lo repartieron en cuatro partes iguales, y como había una gran fortuna, los hizo ricos para siempre.

A la noche siguiente volvieron a oír al alma en pena, que les decía: «Por vuestra buena obra, os doy gracias, cristianos; por ella podré entrar ya en la bienaventuranza eterna».

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LA FUENTE MISTERIOSA

 

Leyenda de Toledo

 

  Toledo estaba desarmado, sin ejército, sin poder resistirse a la invasión francesa que ocupaba sus calles, sus conventos, sus casas. Era el año 1809, comenzada ya la Guerra de la Independencia, y los envalentonados soldados franceses sometían a la población toledana a injustificables humillaciones.

Tal conducta, impropia de un pueblo educado, motivó la antipatía entre los toledanos, a la vez que facilitó que ciertos vecinos se organizaran en partidas guerrilleras para intentar, con sus hábiles escaramuzas, expulsar al invasor. El

barrio de San Miguel fue el primero en organizar tretas contra los soldados imperiales, y como resultado de sus aventuras, compusieron coplillas como la que sigue:

 

Viva San Miguel el Alto

con su corona de Plata:

vale más un migueleño

que todos los de la plaza

 

No muy lejos del Castillo de San Servando, en el Barrio de Santa Bárbara, frente a lo que ahora es la estación del

AVE existe una preciosa fuente, a la que los toledanos denominan  Fuente de Cabrahigos. Hasta aquí llegó cierta tarde de verano un dragón francés y una joven toledana, que gustaba de alternar con los ocupantes, ambos dispuestos a dar buena cuenta de una buena merienda, y tras esto, lo que surgiera.

Al cabo de un rato, y tras finalizar la merienda, los dos jóvenes se disponen a ocultarse tras las piedras y el depósito de agua de la fuente, y en estas estaban cuando se levantó un viento tormentoso que a su paso por las ramas de los cercanos árboles, produjo sonidos misteriosos y poco tranquilizadores.

Observando la fuente, el joven francés se percató de que ahora el agua salía con más brío, y el viento se llevaba los chorros que salpicaban en todas las direcciones. Tras unos minutos, el sonido del vendaval les dejó a ambos escuchar lo que parecía un susurro, sobrecogedor, que provenía de la fuente y que repetía aquello de

Vale más un migueleño

que todos los de la Plaza.

El capitán francés desenvainó su espada de inmediato dispuesto a atacar a cualquier guerrillero oculto en la fuente, pero por más vueltas que dio a las piedras y se aproximó a los matorrales cercanos no halló a nadie, y pensando que era una mala jugada del viento o una broma pesada, salieron despavoridos del cobijo de la fuente con el rostro descolorido por el miedo, pues la copla seguía sonando en sus oídos. Ambos refirieron el suceso a sus amigos y compañeros, los cuales, en otras noches de viento no dudaron en acercarse hasta la fuente para comprobar como por los caños metálicos se oía perfectamente aquella terrible copla.

Tan popular se hizo el hecho y por tanta gente escuchado que a partir de entonces a la fuente se la conoció como la fuente misteriosa y narra la leyenda que aquella joven, asustada tras escuchar el terrible sonido de los versos, que entendió como una recriminación por su relación con el ocupante, terminó por volverse loca

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LA FUNDACIÓN DE VILANOVA

 Leyenda de Cataluña

Aunque bien documentado el origen de la bonita villa de la costa catalana que hoy se llama Vilanova i La Geltrú, circula sobre este origen una bonita leyenda que hacer recaer su fundación en el amor en lugar de en las guerras:

Desde el siglo X existe la villa de La Geltrú, al amparo del castillo del mismo nombre. En el siglo XIII era el señor de La Geltrú un barón de vida licenciosa y turbulenta, cruel y despiadado para con sus vasallos, irrespetuoso con las mujeres. Un tirano en toda la extensión de la palabra.

Existía por aquel tiempo entre los señores feudales el derecho que llamaban «de pernada» .

Dice la leyenda que un mozo de La Geltrú, arrogante y orgulloso - con justo orgullo de su valor y personalidad -, enamoróse de una muchacha, también vecina de La Geltrú, y, por lo mismo, vasalla del Barón, como él.

Era la muchacha de singular belleza y discreción, y el joven, después de hablar con sus padres y tomar con ellos un acuerdo, decidió casarse con ella, sin consultar con el Señor de La Geltrú, para así poder escapar de la ignominia que suponía el «derecho de pernada».

Conformóse la joven, pero no sus padres, que tuvieron miedo de incurrir en la cólera del caballero si se enteraba del caso. Además, había que contar con el sacerdote, quien de seguro tampoco se avendría a casados sin consultar antes con el Señor, cuyo permiso era necesario en aquel tiempo para que sus vasallos pudieran contraer matrimonio.

Viendo que no tenía escapatoria, formó entonces el muchacho otro plan: La Geltrú está tierra adentro, a alguna distancia del mar; así, los dominios del Barón no llegaban hasta la playa. Entonces el muchacho decidió pedir la debida autorización para casarse pero entretanto, y a escondidas, construyó una modesta casita para él y su futura esposa, y junto a ésta otra para sus deudos, en la playa, lo más cerca posible de La Geltrú, pero fuera de la jurisdicción del Barón.

Cuando se dirigió a su señor para pedirle el permiso, éste se lo concedió enseguida; pero le recordó el derecho que la ley le concedía. El muchacho pareció conformarse con su mala estrella, y la boda se efectuó en la capilla de La Geltrú, según era costumbre.

Se celebró un espléndido banquete, al que asistieron todos los parientes y amigos de los novios, y hasta el Barón fue a tomar unos vasos con ellos.

Cuando llegó la noche, el barón de La Geltrú esperó en vano que la novia acudiera para cumplir con sus deberes de vasalla.

Enfurecido el señor, envió a dos de sus hombres a la casa de los novios con el encargo de traer a la desposada. Los hombres encontraron la casa vacía. Los novios habían desaparecido y nadie sabía dónde estaban.

Mandó registrar todo el pueblo de La Geltrú; pero no pudo dar con ellos.

Días más tarde se supo que habían ido a vivir junto al mar, y que el joven, no teniendo tierras para trabajar, se dedicaba a la pesca.

Fueron muchos entonces los vasallos del feroz barón de La Geltrú que se marcharon a construir sus cabañas a la orilla del mar, junto a la del audaz muchacho, quedando así fundada la que hoy es Vilanova (Villanueva), cuyo nombre se le dio ya con este motivo, y que llegó a superar en importancia a la misma Geltrú, su villa de origen.

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EL GALLO QUE CANTA DESPUÉS DE ASADO

Leyenda de La Rioja

En la época de la gloriosa Reconquista española, cuando los cristianos luchaban incesantemente contra la invasión árabe, para expulsar de nuestro suelo a los enemigos de la religión, los soldados fieles que tenían la desgracia de caer prisioneros de los moros invocaban en su cautiverio a Santo Domingo de la Calzada, abogado de cautivos, que con su intercesión los libraba milagrosamente de las cadenas, sacándolos de sus lóbregos calabozos y restituyéndoles su libertad. Así lo atestiguan las numerosas argollas y cadenas de hierro que, colgadas de los muros del monasterio, sirvieron para demostrar a las generaciones venideras los milagros obrados por aquel Santo en favor de los soldados cristianos.

Sucedió que en un encarnizado combate librado en tierras de Castilla, en la Rioja, entre cristianos y moros, quedó prisionero de éstos un soldado español de vida intachable y gran rectitud de conciencia. El prisionero fue conducido al campamento moro y encerrado en un oscuro calabozo; allí le sujetaron con gruesas argollas de hierro el cuello, las manos y los pies, cerraron la puerta de la prisión con fuertes cerrojos y pusieron centinelas para que el preso no pudiera evadirse.

El cautivo, desde el momento en que cayó en poder de los moros se encomendó con gran confianza a Santo Domingo, invocándole para que le alcanzara su libertad; constantemente repetía el nombre del Santo, llamándole en su ayuda, sin recatarse para ello de sus guardianes.

Oyeron los moros cómo a gritos llamaba al Santo pidiéndole la libertad, y quedaron intranquilos pensando que en realidad pudiera venir a librarle.

El jefe moro, acompañado de otros guerreros, alegremente se puso a comer, saboreando exquisitos manjares, cuando llegó uno de los guardianes del cautivo a comunicar al jefe sus inquietudes, diciendo: «Mucho me temo, mi señor, por las continuas preces del prisionero a Santo Domingo, que el Santo venga a sacarle de la cárcel y a devolverle la libertad».

El jefe se rió sarcásticamente al oírle y comunicó a sus comensales el absurdo temor de aquellos guardianes que temían por la seguridad del preso, que estaba tan bien guardado que era imposible se escapase. Y dirigiéndose a él, le dijo: «Tranquilízate, que el preso no puede escapar; le he asegurado tan bien con fuertes hierros, que es más fácil que el gallo que está asado en esta cazuela cante, que no que el prisionero logre su libertad».

En aquel momento el gallo asado empezó a cantar fuertemente, mientras salía de la cazuela y remontaba el vuelo. Los comensales, que habían oído las palabras del jefe, quedaron aterrados ante aquel suceso sobrenatural, sin atreverse a moverse ni a pronunciar palabra. Al instante llegó un centinela que con voz trémula anunció que las puertas de la prisión se habían abierto por sí solas y el prisionero había desaparecido.

Todos atribuyeron a Santo Domingo la milagrosa libertad del preso que con profunda fe le invocara, convirtiéndose así al cristianismo algunos de los moros oyentes, ante el prodigio obrado por Santo Domingo de la Calzada.

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LA GRUTA DEL PIRATA

 Leyenda de Baleares

Entre las muchas y encantadoras cuevas de la isla de Mallorca, encuéntrase la llamada del Pirata, que ocupa el segundo lugar en importancia y belleza. El primero es para las de Artá, y el tercero lo ocupan las del Drac.

Sobre el origen del nombre de la Gruta del Pirata existe una leyenda.

Es histórico que las costas más castigadas por los desembarcos de los piratas y corsarios berberiscos fueron las del Suroeste, y ello porque sus calas daban abrigo seguro a las embarcaciones y les facilitaban la huida en caso de peligro.

En el año 1760 una invasión berberisca sorprendió a los moradores del predio «Son Forteza», cuya fortificación central estaba rodeada de barbacanas.

Los berberiscos consiguieron hacer prisionero al amo del predio, y ya lo llevaban hacia su barco, cuando el hijo del cautivo les vio y, reuniendo a su gente, presentaron pelea a los piratas, obligándoles a huir por Calabarra. Libraron al amo, y los corsarios, vencidos, embarcaron de nuevo.

En el oratorio de San Salvador de Felanitx pende todavía un exvoto que relata este hecho de armas.

Dice la leyenda que un joven pirata, al intentar huir, se pilló un pie entre dos piedras y se rompió una pierna. Y, al no poder correr, se escondió entre los matorrales. Llegada la noche, se arrastró hasta una cueva, esperando que sus camaradas, al echarle de menos, volverían a buscarle.

Procuró vendar sus heridas y se ató fuertemente a la pierna una tira de tela de su turbante, para que el hueso se solidificara, y buscó alimentos. Le resultaba muy difícil moverse; pero la Providencia le deparó lo necesario. La cueva servía de refugio a ovejas y cabras. Algunas de ellas tenían crías, y con la leche pudo pasar unos días sin necesidad de salir de allí.

Cuando, transcurridos unos días, pudo salir de la gruta ya casi repuesto, se dirigió a la playa en busca del barco, y halló que éste había desaparecido. Sus compañeros le habían abandonado, creyéndole muerto o prisionero.

El disgusto aumentó su debilidad y cayó desvanecido. Unos pescadores le recogieron y le llevaron al predio, donde fue atendido.

Con todo cuidado acabaron de curarle las heridas y la fractura de la pierna y le dieron de comer para que recuperara las fuerzas perdidas. Ante tales muestras de confianza, el joven árabe contóles cuanto le había ocurrido.

Inflamado de odio hacia los compañeros que tan inhumanamente le habían abandonado, ofreció sus servicios al amo del predio. Fue siempre tan puntual en su trabajo, tan sumiso en obedecer las órdenes que se le daban, que en poco tiempo se captó las simpatías de todos.

En diversas ocasiones defendió el predio contra sus antiguos compañeros, en los repetidos ataques que hicieron a la casa.

Convencido y convertido a la fe cristiana, fue bautizado y se casó con la hija del colono de «Son Forteza», viviendo siempre en paz con la familia, hasta morir, unos años después, a causa de las heridas recibidas en lucha contra los corsarios berberiscos.

La Gruta del Pirata, que habitó este hombre valeroso y agradecido, es la que posee las más formidables formaciones de estalactitas.

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GUILLERMO TELL

 

Suiza

 

Era en el tiempo en que el Emperador dominaba sobre los cantones. El de Uri era uno de los cantones más bellos, y sus habitantes eran conocidos por su inquieto espíritu de independencia. Sucedió que a ese cantón llegó el gobernador Grissler, o Gessler. Quiso hacer ver a los habitantes de Uri que eran realmente vasallos, y en medio de un claro, bajo los tilos, mandó clavar un palo muy alto, con un sombrero colocado en la punta. E hizo un llamamiento para que todos pasasen por delante del palo, al lado del cual había colocado un guardián. Y al pasar, todos debían hacer un saludo, como si se tratase del propio señor, y aquel que no lo hiciere sería objeto de un terrible castigo.

Vivía allí un buen hombre, llamado Guillermo Tell; que pasó delante del palo y no hizo el saludo ordenado. Y el soldado que montaba la guardia delante del palo fue al gobernador y le dijo:

—Señor: hoy, todos los habitantes del cantón que pasaban delante del palo mandado alzar por vuestra excelencia saludaban al sombrero, tal como ha sido ordenado. Mas ha habido uno que no lo ha hecho. Yo, creyendo que estaba distraído, le advertí que cumpliera las órdenes; pero él me miró tranquilamente, no dijo nada y pasó sin saludar.

El Gobernador se enfureció terriblemente. ¡Que un campesino pudiera burlarse así de las órdenes de quien le representaba! ¡Caro iba a pagar su atrevimiento! Y ordenó a su guardia que prendiese a Tell.

Los guardias llegaron a la casa de Tell y gritaron:

—De orden del Gobernador, que se entregue el llamado Tell.

Y Guillermo salió y dijo tranquilamente:

—Yo soy Tell. Vamos a ver qué quiere de mí vuestro señor.

La mujer del cazador —pues cazador era Guillermo, y el mejor de todos— rompió a sollozar:

— ¡Ahora llega nuestra ruina y nuestra desgracia!

Guillermo, volviéndose a ella, le dijo:

—No llores, mujer, y cuida a nuestros hijos. Honrada ha sido mi vida y he cumplido con la ley. Nada se me puede hacer sino justicia.

Y salió entre los soldados, siendo conducido por éstos al palacio del Gobernador.

El Gobernador lo hizo pasar a su presencia y le preguntó:

— ¿Por qué has pasado delante del palo que mandé alzar con un sombrero en la punta, como símbolo de la autoridad imperial, y no lo has saludado, como era mi orden? ¿No sabes que con ello te has expuesto a severos castigos?

Guillermo Tell contestó tranquilamente:

— ¡Oh señor!, esto ha sucedido por casualidad, y no creí que vuestra excelencia lo tomara tan a pecho, ni que le diera a este acto de un pobre cazador tanta importancia. Y esto que os digo es verdad, y no ha sido mi propósito hacer burla de vuestras órdenes. Si yo fuera un hombre chancero, no me llamaría Tell.

El Gobernador quedó sorprendido de la serenidad del preso. Y le preguntó:

— ¿Quién eres tú y en qué te ocupas?

—Me llamo Guillermo Tell y mi oficio es cazador. Desde muy niño, he recorrido las elevadas montañas de nuestros cantones. He subido a las más altas cumbres, en donde el aire es más puro, adonde los hombres no han llegado. Allí vuelan las águilas, mientras, abajo, el agua tranquila del lago escucha la canción de las lavanderas. He recorrido solo los senderos sombríos de los bosques, persiguiendo a los jabalíes, haciéndoles caer bajo mis venablos, bajo las flechas de mi ballesta. He caminado largas horas para rastrear las pisadas de los ciervos, y sé lo que dicen los pájaros. Estaba yo solo; en lo alto, las águilas; sobre las águilas, Dios. Y Dios me ha dado la destreza de que podréis oír hablar si preguntáis a mis vecinos.

El Gobernador preguntó a los soldados, y éstos le dijeron:

—Es verdad que Tell es el mejor tirador de esta región. Nunca se supo que fallara un disparo de su ballesta. Tal es su fama, que nadie discute con él: se le obedece, y sus determinaciones se aprueban.

El Gobernador meditó entonces una diabólica treta para desprestigiar a Tell ante sus convecinos. De nuevo se dirigió al cazador, después de haber dicho unas palabras al jefe de su escolta:

—Es cierto que todos dicen que eres el mejor tirador de los cantones; que las aves más montesinas caen traspasadas por tus ballestas; que regresas siempre triunfante de tus cacerías y que en los certámenes eres el indiscutible ganador. Mas yo quiero probar el valor de tu corazón, la certeza de tu ojo, la fuerza de tu pulso. Voy a ponerte un blanco digno de ti. ¡Ven!

Se levantó Gessler del sillón y ordenó a los soldados que le siguieran, llevando con ellos a Guillermo Tell. Salieron a la plaza, en donde se había juntado todo el pueblo.

Guillermo creyó soñar una terrible pesadilla. En-frente de él, rodeado de soldados que lo sujetaban, uno de los cuales le tenía tapada la boca con su mano enguantada en fuerte manopla, estaba el preferido de sus hijos. Se volvió al Gobernador y le dijo con voz débil y ronca:

—Señor, ¿qué significa esto?

—Ya te he dicho que te preparaba un blanco digno de ti. Vas a disparar sobre una manzana colocada en la cabeza de tu hijo. Si aciertas a clavar en ella una de tus flechas, te consideraré como el mejor tirador del Imperio. ¡Esto es un blanco, y no las aves o las bestias del bosque!

El desdichado Tell suplicó al Gobernador que no le obligase a una prueba tal.

— ¡Cualquier otra cosa que me mandéis la haré, señor; mas esto es imposible! ¡Ningún hombre puede tener dominio sobre sí pensando que puede ser la causa de la muerte de su propio hijo!

Pero el Gobernador permanecía mudo. De nuevo, Tell pidió gracia, y la única respuesta que tuvo fue la orden del Gobernador a los soldados para que atasen al hijo de Tell a un árbol y le colocasen la manzana encima de la cabeza.

Entonces Guillermo comprendió que no podía rehuir la orden. Tomó una flecha y la colocó en el

 carcaj, y después una segunda que puso en la ballesta. Se dirigió al centro del claro. La gente guardaba un silencio absoluto. Se echó a la cara la ballesta. Todas las miradas de los vecinos iban del cazador al árbol en donde estaba atado el muchachillo con la manzana encima de la tierna cabeza...

— ¡La manzana cayó! —gritaron todos cuando vieron el fruto partido por la flecha.

El Gobernador exclamó:

— ¡Tiro maestro! ¡Jamás he visto otro igual!

Pero preguntó a Tell por qué había colocado la primera flecha en el carcaj. Tell contestó:

—Tal es la costumbre de los cazadores.

El Gobernador no se contentó con esta res-puesta, sino que quiso saber más, y dijo a Tell que de nuevo le aseguraba la vida y que podía decir tranquilamente la verdad. Entonces, el cazador añadió:

—Puesto que me habéis asegurado la vida, voy a decir la verdad.

Puso la ballesta junto a él y habló así:

—Cogí la primera flecha y la puse en el carcaj: con la segunda tiré sobre la manzana. Si esta segunda no hubiese acertado y hubiese matado a mi hijito, la primera habría estado destinada a vos, y ¡en verdad que no me hubiera fallado!

El Gobernador, entonces, se llenó de ira y dijo a Tell:

—Tu vida está asegurada; pero vas a pasarla entera en un lugar en donde jamás has de ver ya el Sol ni la Luna.

Y ordenó a los soldados que atasen al cazador, y en el mismo barco en que él volvía a Schwitz, ordenó que colocaran al preso.

Comenzaron a navegar, y de pronto estalló una terrible tempestad. El viento huracanado elevaba terribles olas que amenazaban volcar la embarcación; nadie podía gobernar el barco y temían naufragar. Los soldados dijeron al Gobernador:

—Señor, ordenad que se suelten las ligaduras a Tell. El es un hombre fuerte y valeroso; conoce bien el lago y sus tempestades, y nos puede salvar.

El Gobernador ordenó que así se hiciera, diciendo a Guillermo:

—Si nos salvas, te prometo perdonarte.

Guillermo accedió y empuñó el timón. Dominó el barco y tomó el rumbo conveniente; pero pensando también en aprovechar la ocasión para librarse del tirano, cuyas promesas sabía ya que eran vanas. Al fin, llegaron cerca de la orilla, junto a una gran plataforma rocosa, que desde entonces se llama la Roca de Tell.

No perdía de vista la costa ni su arco, que estaba a sus pies. Y cuando se acercaron a la roca, ordenó que bogasen hacia allá, si no querían perecer. Una vez casi en la orilla, tomó rápidamente la ballesta y saltó a tierra, dejando que el barco se perdiera aguas adentro.

Después caminó por los sombríos bosques del Schwitz, hasta que llegó a Küssnach, en los altos desfiladeros. Allí esperó al Gobernador, pues sabía que habrían podido desembarcar no muy lejos de allí.

Efectivamente, no mucho después oyó que se aproximaba el Gobernador, rodeado de su escolta; venían hablando de él, y el tirano aseguraba que esta vez Tell tendría un terrible castigo.

Pero el cazador colocó una flecha en la ballesta, y cuando divisó al Gobernador, tiró contra él, derribándolo con el corazón traspasado.

Después, el cazador regresó a Uri, siendo aclamado por todos como el libertador del pueblo contra la tiranía.

Extraída de Leyendas de Europa 2, Barcelona, Ed. Labor bolsillo juvenil.1988

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EL HOLANDÉS ERRANTE

El Holandés Errante es un imaginativo relato de procedencia nórdica del siglo XV. En aquella época los esfuerzos de los navegantes se centraban en encontrar nuevas rutas que les hiciesen llegar a Asia por mar. Una de esas vías era la circunnavegación del continente africano, una ruta difícil y peligrosa. Un gran número de navegantes intentaron realizar la proeza, muchos de ellos perdiendo incluso la vida en el intento, por lo que se convirtió en una ruta considerada maldita por los marineros. Especialmente famoso se hizo el cabo de Buena Esperanza. Se contaba que terroríficas tempestades asolaban sus aguas en el lugar donde el océano Atlántico se fundía con el Índico. Lograr atravesar el cabo era una auténtica hazaña. Y fue sobre este germen donde surgió la leyenda.

Son múltiples y muy variadas las versiones que tenemos en la actualidad de la historia del Holandés Errante, ya que ha servido de fuente de inspiración a gran número de artistas de diferentes épocas. A continuación enumeraremos algunas de ellas que nos parecen interesantes:

- La leyenda holandesa, seguramente la más antigua de todas y la que dio origen a las demás leyendas de navíos fantasmas, nos habla del capitán Vanderdecken, obstinado por doblar el cabo de Buena Esperanza a pesar de la prohibición sobrenatural que sobre el mismo se cernía. Sus intentos por sobrepasarlo eran rechazados continuamente por terribles tempestades, pero el testarudo capitán juró de forma sacrílega que cruzaría el cabo imponiendo así su voluntad a la divina. Estas sucias palabras llegaron a los oídos de Dios y éste decidió dar respuesta a tal osadía. La condena para el capitán Vanderdecker fue dura: vagaría por los mares hasta el final de los días.

- La versión alemana de la leyenda llega todavía más lejos. En esta ocasión el capitán, llamado Von Falkenberg, recibe un castigo mucho más implacable por su desafío a la voluntad de Dios: navegar eternamente en un navío sin timón mientras juega su alma al azar en una partida de dados con el diablo.

- En la ópera “El buque fantasma”, del prestigioso director y compositor alemán Richard Warger (1813-1883), la historia toma un matiz romántico que no tenía en sus primeras versiones. La obra nos narra como el capitán de un barco noruego, el capitán Daland, se encuentra con un buque maldito, que portaba velas de color de sangre, donde viaja una tripulación espectral de almas en pena junto a un gran tesoro. El capitán del fantasmagórico buque es el Holandés Errante, un marinero condenado por Dios a vagar sin descanso por los mares, y que cada siete años tiene la oportunidad de atracar en un puerto en busca de una mujer que le amase con amor verdadero y estuviese dispuesta a dar su vida por él.

Daland, apiadándose de los aparecidos, decide llevarse a casa al Holandés Errante. Una vez allí Senta, la hija del capitán noruego, se enamora de él jurándole amor hasta la muerte. Entonces Erik, el prometido de Senta, le recuerda la promesa de su compromiso. Al escuchar esto El Holandés muestra su verdadera y terrible condición espectral para que Senta no sufra la condenación al faltar a su juramento con Erik, y después huye a su barco y zarpa. Es entonces cuando Senta lanza un juramento de amor eterno al marino y se arroja desde lo alto de un acantilado al mar. Un sacrificio de amor que termina así con la condena del Holandés, uniendo los espíritus de los enamorados en la otra vida.

El Holandés Errante también ha servido de argumento a películas de cine y otras obras literarias.

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LAS HUELLAS DE LA ROCA MIRAVALLE

 Leyenda de Italia

Existe en Italia una curiosa leyenda, cuyo recuerdo es evocado por la gente ante una gran piedra de granito que aún se conserva en el Gressoney-Saint-Jean, un poco más allá del Hotel Miravalle.

Dicen que, hace muchos siglos, el diablo, siempre deseoso de provocar el mal, planeó la muerte de un buen número de personas, pensando en desbordar un gran lago de GressoneyLa Trinité, cuyo caudal de agua era capaz para ahogar a todos los habitantes de aquellos contornos. A fin de llevar a cabo tan perverso proyecto, se trajo de Roma una enorme piedra para sumergirla en el lago y provocar la inundación; pero era tal el peso de su carga, que antes de llegar a la meta se detuvo junto a Miravalle, para descansar, y, rendido por la fatiga, se quedó dormido unos momentos.

Mientras, los vecinos de GressoneyLa Trinité, sospechando las intenciones del demonio, corrieron hacia el lago, en el que había, sobre una roca una imagen de San Grato, y le pidieron devotamente que frustrara las perversas intenciones del infernal personaje. Después fueron al lugar donde éste se encontraba dormido junto al bulto de granito traído de Roma, y con grandes precauciones consiguieron marcar en él una cruz.

Cuando el diablo despertó y se encontró ante la cristiana señal, sacudió su cuerpo, lleno de cólera, contra la piedra, pronunciando maldiciones tan fuertes, que hizo temblar el suelo de diabólica ira. Inmediatamente tuvo que marcharse de allí, sin poder alcanzar su objetivo.

Dicen que de la enorme masa de granito se ha extraído, tiempo después, mucho material para construir el camino provincial; pero, sin embargo, aún conserva la piedra tres marcas bien claras, que parecen las huellas de los cuernos y el rabo, que con tanta violencia golpeó el diablo contra ella. Y hasta hace pocos años también se conservó, señalada con una marca de hierro, la parte de aquel bloque donde fue hecha, para conjurar al diablo, la señal de la cruz.

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LOS HUESOS DEL POZO DE FÚNERES

Leyenda de Asturias

En tiempos antiguos existía en Asturias, muy cerca del famoso pozo de Fúneres, un señorial palacio, conocido con el nombre de Álvarez de las Asturias, por sus primitivos moradores. Vivía en él el último descendiente de la ilustre casa, de quien se sabe que llevaba con mucho orgullo y poca dignidad el título de conde. Era conocido y temido de todos por su soberbia, su despotismo y su cólera indomable para aquellos que no pertenecían a su misma nobleza.

Cuentan que un día en que vio trabajar a uno de sus colonos en algo que no era de su gusto, le acometió tal arrebato de cólera, que después de insultarle injustamente, le dio muerte allí mismo. Todos sus siervos se enteraron de lo ocurrido; pero, aunque los sueldos eran exiguos y el contacto con el perverso Conde insoportable, transigieron una vez más y siguieron a su lado, por conservar el mísero pedazo de pan diario.

Poco tiempo después de este suceso, paseando un día el tiránico caballero por unos terrenos de su propiedad, acertó a ver por primera vez a la hija, ya moza, de uno de los labradores, y al observar su belleza, la mandó llamar a su presencia y la ordenó con extraña sonrisa que se presentara al día siguiente en su palacio. Prometió ella obedecer, y, como era de esperar, sucedió lo que había ya ocurrido con muchas de las trabajadoras del Conde: la muchacha quedó deshonrada y nadie pudo ni siquiera formular una queja al causante del daño.

Pasaron así los años, sin que mejorara la situación de aquellos desgraciados. La conducta del Conde seguía siendo el terror y la comidilla de aquellos alrededores. Tanto trascendieron sus maldades, que llegó a oídos del Rey su despotismo, y, sintiéndose obligado a hacer justicia, le mandó llamar a su presencia, y una vez que confirmó la verdad de su conducta, ordenó que se le diera muerte. Su cadáver, para ejemplo y escarmiento de otros como él, fue colgado, como el de un criminal cualquiera, en Peña Corbera, y una noche tras otra los cuervos le fueron devorando, hasta dejarle reducido al esqueleto. Entonces, sus huesos fueron recogidos de allí y arrojados al pozo de Fúneres.

En pocos meses todo el mundo se olvidó de él; sólo el perro del Conde, único ser a quien en vida había profesado algún cariño, abandonó el palacio y se fue a vagar por los alrededores del pozo, aullando incansable todas las noches en la boca negra y tenebrosa que recogía el eco de sus angustiosos ladridos.

Dicen que poco a poco, a raíz de ser arrojados al pozo los huesos del Conde, se empezó a sentir por allí un hedor repugnante, que cada día se hacía más insoportable. Los vecinos de aquellos alrededores empezaron a creer desde entonces que en el fondo de las cenagosas aguas habían nacido bichos asquerosos de todas clases, y esta idea hizo que las gentes se alejaran más cada día de aquel pozo que parecía haberse contaminado de todas las miserias del malvado Conde.

Con los años, se fue olvidando la historia; pero un día un pastorcillo, ignorante de todo, que llevaba por allí sus vacas, distraído, pisó en falso y cayó al pozo. Lo advirtieron unos labradores y corrieron a salvarle. Comprobaron enseguida que no se había ahogado, porque era muy escasa su profundidad, y le echaron una gruesa cuerda para que trepara por ella; pero el pastorcillo se negó a subir y les rogó que le dejaran morir en el fondo de aquel pozo. Los labradores le preguntaron el porqué de su actitud, y el pobre muchacho contestó que eran tantos los bichos asquerosos que se habían adherido a su cuerpo, que no quería contaminar al mundo con el contacto ponzoñoso de tantas gafuras,  larvas y culebrones como tenía sobre sí.

Hubo, pues, necesidad de dejar abandonado allí al pobre pastorcillo. Pero, desde entonces, la creencia de que el perverso espíritu del Conde vaga todavía en el fondo del pozo ha reavivado su recuerdo, alejando de allí a los curiosos.

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LEYENDA INDIA DEL AMOR

 

Estando un viejo Lakota fumando en su tipi, mientras meditaba sobre los problemas que acarreaban su tribu; comida, tierras robadas por los rostros pálidos, etc. entró en la tienda un joven de la tribu, no pasaba de los 17 años y le dijo:

- Abuelo, me siento muy mal.

- ¿Qué te ocurre, hijo mío?- Preguntó el anciano.

- Mi corazón palpita tan deprisa como si quisiera escapar de mi pecho, mi estómago no cesa de hacerme cosquillas a cada momento, mi mente no deja de pensar en una sola cosa de día y de noche. No puedo dejar de pensar en Llanura iluminada, la hija de Búfalo cansado ni un sólo instante. Cuando la veo, no ceso de sudar, me tiemblan las piernas como si fuese a una batalla y mi cuerpo entero suda. Hasta mi voz se vuelve temblorosa.

- Entonces estás enfermo; contestó el abuelo, ofreciendo su pipa al joven. Ven, siéntate aquí a mi lado y fuma conmigo mientras meditamos sobre eso.

El muchacho obedeció y estuvieron hablando, pensando y meditando sobre el tema y fumando de la pipa durante un buen rato.

-¿Qué enfermedad tengo, abuelo-Preguntó el joven Lakota.

Tras una larga fumada de su pipa, el abuelo le contestó:

-Amor, muchacho, padeces amor.

- ¿Es eso malo?.

- No., le dijo el anciano Lakota. No es malo, si lo sabes administrar en su medida justa.

- ¿Cómo lo hago?.

- Muy fácil, escucha tu corazón, él te dirá lo que debes hacer en cada momento, hazle caso en todo lo que te diga, entonces, sólo entonces, podrás volar junto la chica con la que amas, porque saldrá de tu pecho y llegará al suyo para instalarse en él. Sé tú mismo en todo instante y sé paciente. Es cómo cuando plantamos una semilla en la tierra, no recoges el fruto en el mismo día. Tienes que cuidarla mucho, mimarla durante un período de tiempo, hasta que crecerá y podrás recoger aquello que sembraste hace un tiempo. Haz tú lo mismo. Cosecha tu amor en su corazón y serás correspondido. Dale todo tu amor, todo tu cariño, todas tus caricias, todo tu ser y al final, recogerás el fruto del amor.

Leyenda anónima.

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EL JINETE MALDITO

 Leyenda de Cantabria

En el más alto acantilado de la costa cántabra, cerca de Santoña, hay un castillo en ruinas. Cuenta la leyenda que habitaba este castillo, en tiempos remotos, don Rodrigo de los Vélez, esforzado campeón de la Santa Cruz, cuyas mesnadas habían combatido y vencido en diversas ocasiones a los más bravos emires.

Este caballero casó en segundas nupcias con una joven y bella dama, llamada doña Dulce de Saldaña, y en su castillo tenía a un prohijado suyo, don Íñigo Fernán Núñez, hijo de un lejano deudo del caballero. Los parientes, deudos y amigos de don Rodrigo de los Vélez habían advertido varias veces al caballero que no era cristiano ni prudente cobijar bajo el mismo techo a dos personas de distinto sexo y de la misma edad; pero él fiaba en que la gratitud de Íñigo sería la salvaguardia de su propio honor.

Un día, el rey de Castilla envió a un propio en busca de don Rodrigo de los Vélez, ordenándole que reuniera de nuevo su mesnada y se fuera a combatir a los moros. Cumplió el caballero esta orden, dejando a su esposa doña Dulce y a su prohijado don Íñigo en el castillo de Santoña.

Un año después llegó al castillo la noticia de que la mesnada de don Rodrigo había sido vencida por los sarracenos, y el caballero, hecho prisionero.

Doña Dulce, al recibir estas tristes nuevas, cayó en un estado de inconsciencia que la dejó indefensa contra la maldad y el egoísmo de don Íñigo, quien se apoderó del castillo, arrogándose el señorío de la fortaleza y sus tierras.

No contento con haber despojado a su dueña y señora de todas sus riquezas, se enamoró de ella y pretendió hacerla suya.

Una noche, penetró en su camarín y la encontró rezando ante la imagen de San Rafael. Por una rara coincidencia, doña Dulce se hallaba en uno de sus pocos momentos de lucidez.

Al comprender lo que don Íñigo esperaba de ella, la dama huyó del camarín y subió a lo alto de la torre del homenaje. Hasta allí siguióla Fernán Núñez, que forcejeando, quiso llevarla al interior de la fortaleza. La dama, prefiriendo la muerte al deshonor, desenvainó la daga que pendía del cinto de Íñigo y la hundió en su propio pecho. Éste, despavorido, quiso huir del terrible espectáculo, dando unos pasos hacia atrás. El huracán silbó entonces con más fuerza, y el traidor se precipitó al abismo, sumergiéndose en lo profundo del mar. En el momento de caer se oyó la voz de la moribunda que le maldecía y le condenaba a "existencia eterna".

Desde entonces, y en las noches en que el huracán silba a través del acantilado, y en medio de las ruinas del castillo, se ve a don Íñigo que, montado en un gigantesco delfín, surca el mar embravecido en una carrera desenfrenada.

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LA LEYENDA DE LADY SHALOTT

Lady Shalott, de quien dicen que antes fue una poderosa bruja y cuyo nombre era Elaine, vivía encerrada en la torre de un castillo situado en la isla de Shalott, isla que se encontraba muy cerca a las míticas tierras de Camelot.

Condenada por una antigua maldición a ver el mundo sólo a través de un espejo mágico, le estaba totalmente prohibido asomarse por la ventana. Así, ella podía ver lo que ocurría fuera pero nadie podía verla a ella. Las gentes del lugar tan sólo conocían su voz, el dulce y melancólico cantar que la acompañaba en su irremediable soledad. Su cantar y sus tapices…

Ocupaba sus horas tejiendo preciosos tapices en los que plasmaba todo aquello cuanto el espejo le mostraba. Conoció así no sólo Camelot sino también al Rey Arturo y a los Caballeros de la Mesa Redonda.

Pero he aquí que un día uno de ellos llamó especialmente su atención y no podía dejar de mirarlo. Era Sir Lancelot, sin duda el más gallardo y apuesto de todos los hombres al servicio del Rey Arturo. Tanto le impresionó que pronto se dio cuenta de que de él se había enamorado sin remedio y de que necesitaba verlo sin la intermediación de su espejo.

Entonces osó asomarse a la ventana y lo buscó en la lejanía… En ese preciso instante el espejo se rompió en mil pedazos mientras que por toda la estancia un viento huracanado levantó por los aires los tapices y los arrojó por la ventana profanada, cayendo por doquier. Su suerte estaba echada.

Lady Shalott huyó del castillo y subió a una barca rumbo a Camelot, esperando llegar antes que la inevitable muerte que sabía que la buscaba. Un cántico de despedida comenzó a emanar de su garganta, cántico que dejaba una estela de honda tristeza a su paso.

Cuando su pequeña embarcación llega a la orilla ya es tarde. Su cuerpo yace ya inerte. En una mano lleva un lirio y en la otra una carta escrita durante el viaje, único testigo ya de su amor desgraciado.

Cuenta que el propio Sir Lancelot, tras conocer esta triste historia, rogó, embargado de una honda emoción, por el alma de la joven Lady Shalott.

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LAKUTA LE KIPA

 

Me llamo Lakuta Le Kipa. Lakuta es el nombre de un pájaro y kipa quiere decir mujer. Cada yagán lleva el nombre del lugar donde nace, y mi madre me trajo al mundo en la bahía Lakuta. Por eso me pusieron por nombre Mujer Lakuta. Así es nuestra raza, somos nombrados según la tierra que nos recibe. Pero ahora todos me conocen como Rosa, porque así me bautizaron los misioneros ingleses que vinieron a enseñar su religión a nuestra tierra.

Soy la última de la raza de Wollaston. Los wollaston eran una de las cinco tribus yaganas. Cada una de esas tribus vivía en distinta parte en las islas al sur de la Tierra del Fuego, pero todos éramos dueños de la misma palabra, todos hablábamos la misma lengua. Ahora han muerto todos y sólo quedo yo, que ya estoy vieja.

No sé cuando nací. Cuando era pequeña vivía con mi papá y mi mamá. Los acompañaba a pescar y a matar nutrias. Mi papá tenía una canoa grande, hecha de un tronco escarbado con hacha y una tabla encima, para que no entrara el agua. Ni un poco se filtraba, pero ¡cómo se movía! Las guaguas íbamos en la parte de atrás, envueltas con ropas que nos daban en la misión. No nos podíamos mover.

-Que no se levanten los chicos a mirar el fondo del mar. Porque puede venir una cosa mala -decía mi padre.

Por eso nos quedábamos quietos y no podíamos jugar. Siempre había fuego en la canoa para calentarnos. Lo prendían sobre arena y yerbas y el calor se sentía de proa a popa. Pero yo pasaba mucho frío. Mi mamá remaba y mandaba a bordo.

Nadie sabía nadar, porque ya se estaban perdiendo las costumbres de los antiguos. Por eso, cuando se hundía una canoa ¡al fondo se iban todos! Nunca salíamos cuando había marejada, pero a veces nos pillaba el mal tiempo en medio del canal y yo me asustaba mucho.

En tierra siempre encontrábamos un lugar para acampar y ahí armábamos nuestro ákar. Sólo teníamos que levantar las varas de la tienda, que eran largas y se juntaban en la parte de arriba, y luego taparlas con las telas que nos daban en la misión. Adentro prendíamos un fuego y nos quedábamos comiendo mariscos. A la hora de dormir nos tapábamos y sentíamos un lindo calorcito que desparramaba la fogata por todo el ákar.

Así íbamos de una isla a otra, buscando en la naturaleza lo que podíamos comer. Por eso éramos más sanos que los hombres de hoy, que son tanpolíticos para comer. No éramos nada tontos. Ni hablar de lo rico que es el lobo de mar chiquitito, bien asado y con sal y otros condimentos. El aceite de lobo también es muy bueno. Si se toma frío engorda mucho y ayuda a mantener el calor. Los pájaros de la playa son muy sabrosos de comer.

A mí me encantaba el challe y una vez me enfermé. Amanecí con tremendo dolor de cabeza y mi madrina tuvo que sanarme. Agarró una rama de chaura y la puso sobre mi cabeza, haciendo "juuuuuummm" con la boca hasta que la enfermedad pasó.

A veces iba con mi madrina y mi mamá a cazar pájaros cuando estaba oscuro. Nos subíamos a la canoa y nos acercábamos sin hacer ruido a las barrancas donde vivían. Las dos levantaban sus palos con fuego para encandilarlos. Caían varios dentro de la canoa y ahí mismo los matábamos.

En el tiempo del verano siempre había huevos. Comíamos tantos que nos quedábamos dormidos de llenos.

Después de comer, esperábamos que el mar se calmara y partíamos otra vez. Así era nuestra costumbre, como los gitanos. Y hasta hoy me gusta andar en canoa de un lado a otro, porque así es la naturaleza de mi raza.

Cuando apenas caminaba me quisieron llevar a la escuela de los ingleses, en la misión de Tekenica. Ahí llevaban a todos los chicos aunque tuvieran padre y madre, para que aprendieran. Mi mamá me contaba que a las mujeres les enseñaban a hilar y a tejer, y que cuando hacían mal su trabajo, las hacían sacar los puntos para que aprendieran bien. Pero cuando llegó mi tiempo de estudiar, ya no había escuela ni enseñaban a tejer porque no hacía falta. Los niños y los chiquillos que iban a la escuela empezaron a morir de golpe, casi al mismo tiempo, como si los estuvieran envenenando. Era alguna enfermedad que los atacaba, tal como ahora llega alguna tos mala y agarra a muchos; sólo que entonces no había doctor ni vacunas.

Por eso no fui a la escuela.

En esa época ya andábamos todos vestidos con la ropa que nos daban los misioneros, ya teníamos todos zapatos. Los antiguos no eran así, ellos andaban pelados. Sólo se ponían un cuero muy pequeño de nutria o de foca sobre la espalda. Por eso eran más sanos, no sentían frío ni siquiera cuando había nieve. Nosotros, en cambio, usamos tanto trapo y nos morimos más que antes.

Antes, en el invierno, cuando caía mucha nieve, las mujeres se divertían haciendo bolas con las manos y correteándose. También inflaban el estómago de un animal y lo tiraban de un lado a otro como pelota. Era muy entretenido, decía mi madre. Pero yo no alcancé a jugar así, porque ya no había niños que jugaran conmigo. Ya nos estábamos acabando.

Cuando había mal tiempo, los ancianos se juntaban en el ákar y contaban sus historias junto al fuego. Ellos me contaron que el arco iris que está en el cielo se llama Watauineiwa. A él le piden favores los hechiceros yaganes y también todos los que necesitan algo porque Watauineiwa no castiga, sólo ayuda. Si uno mira al cielo cuando sale el arco iris, puede ver uno pequeño junto al más grande. El pequeño se llama Akainij y es hijo del otro. Los dos son lo mismo.

Cuando hay tempestad se le pide que venga la calma. Si hay un niño huérfano, sin padre y sin madre, las personas que lo cuidan lo llevan ante Watauineiwa y Akainij para que hable y les pida:

"Yo estoy solo, no tengo padre, no tengo madre, no tengo hermano", les dice el niño huérfano.

Watauineiwa lo ayuda. Al otro día amanece en calma para mariscar. Se puede salir en la canoa y no falta alimento. Es como si el niño hubiera pedido perdón para que todo esté bien en la tierra y termine el mal clima.

Cuando había mal clima los hechiceros también salían de su ákar para rogar que mejorara el tiempo.

A los yaganes les dijeron que Watauineiwa es como el padre de Jesucristo y Akainij, su hijo. Así me contaron. Rezarle al arco iris es rezarle a Jesucristo.

"Matahuakaiak , ayúdanos" le decían.

Hoy día ya nadie cree en nada. A veces me pregunto cómo los antiguos sabían tanto, porque andaban pelados y no iban a la escuela. Pero aprendían porque hablaban con Watauineiwa.

Tiempo después nos fuimos a vivir a la misión, en el pueblo de Douglas, con los ingleses. Ya no anduvimos más por ahí, mariscando y pescando. Los ingleses nos daban casas para vivir, pero las viejas no se acostumbraban. Querían su ákar, les gustaba vivir según la naturaleza de la raza.

Todas las mañanas tocaban la campana para avisar la hora de ir a la iglesia. Chicos y viejos teníamos que ir durante la semana y también el domingo. Los que sabían leer inglés rezaban con un librito. Una veterana estaba enojada todo el tiempo.

-¡Clavaron a Jesucristo! -decía indignada.

Los sábados nos repartían víveres. No nos faltaba la carne porque ya había muchas vacas en Navarino. También abundaban los guanacos. Su carne es rica y su grasa es buena para hacer sopaipillas.

Los hombres iban al monte a trabajar la leña y las viejitas los mandaban a mariscar. Míster Williams, el misionero, les pedía erizos, cholgas, centollas y a cambio les entregaba alimentos. Mis paisanos partían con sus canoas de tronco o sus chitas para agarrar a los animales del mar. Eran muy inteligentes, podían fabricarse todo lo que necesitaban para vivir.

De vez en cuando llegaba un barco desde Inglaterra, con regalos para los yaganes. En Navidad nos tenían que dar ropas y frazadas. Eran muy lindas las que yo tenía.

Llevábamos poco tiempo en Douglas cuando mi padre murió ahogado. Fue por el licor que habían importado unos rancheros. Una paisana robó unas botellas y partieron hacia Douglas con una canoa. Iban mi abuelo, mi padre, otro hombre, la ladrona y Keity, una bonita mujer yagana. Mi padre estaba tan enamorado de ella que iba a dejar a mi madre para irse con ella, pero el otro hombre también la quería. Les faltaba muy poco para llegar a Douglas, estaban ya cerca de la orilla cuando empezaron a pelear mi padre y ese hombre y la canoa se volteó. Mi abuelo y mi padre murieron ahogados por tomar esa grapa. Pobres.

Todos fuimos a verlos. Estaban tirados en la playa. Lloré cuando vi a mi padre y ahí me quede sentada a su lado, llorando y mirando. De Mejillones y otros lados empezó a llegar la familia. Eran muchos. Tenían que hacer su duelo yagán.

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LUX DE LUNA

Leyenda celta

Las últimas horas Braont había estado divagando por el bosque, lejos de su poblado, todo empezó cuando él había salido a vigilar las cercanías de la fortificación donde el habitaba con todos los suyos, en los últimos meses habían sufrido algunos ataques de una de las tribus vecinas.

En la zona donde se encontraba el poblado de Braont, la espesura del bosque era tal que permitía un grupo no demasiado numeroso el aparecer y desaparecer en cuestión de segundos sin que se pudiera apreciar su presencia con la suficiente antelación, si además era una de esas mañanas en las que la niebla envolvía el bosque la situación era aún más peligrosa.

Pero el poblado de Braont llevaba allí mucho tiempo, desde que el padre de su abuelo llegó procedente de tierras más al norte en busca de buenos pastos y bosques en los que subsistir, y aquel robledal salpicado de grandes hayas era ya un lugar sagrado para su pueblo, los druidas se internaban en la espesura del bosque donde tenían sus altares, a los que nadie excepto ellos osaban acercarse.

Aquella noche de fina lluvia, el joven guerrero estaba preparado para vengar las afrentas recibidas por los suyos en los últimos días, Braont se separó del grupo para buscar un sitio desde el que poder tener mejor visibilidad sobre esa parte del bosque, una vez hubo andado unos metros, observó a los lejos una gran piedra granítica que se elevaba justo debajo de las copas de algunos árboles, sin duda alguna ese era un buen punto desde él que podría observar los movimientos en el bosque.

El joven se dispuso a escalarla para poder comprobar la bondad de aquel punto de vista, dejó todas sus armas en el suelo, excepto el puñal corto que siempre guardaba tras sus pantalones, la piedra apenas presentaba fisuras a las que poder agarrarse, además su base estaba sembrada de pequeñas rocas puntiagudas que hacían más peligrosa la escalada en caso de caída, pero esto no pasaba por la mente de Braont, a la hora de tener que enfrentarse ante cualquier medio de la naturaleza, las dificultades no empañaban su valor, era lo que le habían enseñado a él, y de lo que siempre se jactaban sus antepasados.

Una vez superados los diez u once pasos necesarios para poder llegar a la cima, diose cuenta de que aquella roca extraña y difícil de escalar estaba justo en aquel momento orientada en la dirección en la que se encontraba la luna, Braont calculó por la posición de la luna respecto al bosque que debía ser medianoche, ahora empezaba a soplar una suave brisa que no era demasiado fría pues la estación veraniega ya había llegado, En las cercanías de su poblado todos se reunieron días atrás para celebrar la llegada de los meses calurosos, ya habían prendido fuego a las hogueras como ofrenda a los dioses para que el resultado de las cosechas fuera bueno y sus almas se purificaran de malos espíritus.

De pronto el guerrero quedó cegado por una luz de la que no pudo ver su procedencia, Braont se agacho sobre al apéndice puntiagudo en el que terminaba la roca, y se asió con las dos manos para evitar perder el equilibrio debido a la falta de visión, pasaron algunos segundos y un sudor frío empezó a resbalar por su frente, en este breve tiempo su mente había estado dando vueltas a un ritmo trepidante sobre la situación en la que se encontraba, su primera idea era que estaba frente a la manifestación de alguna divinidad del bosque que moraba en las cercanías de esa piedra, y él había osado entrar en sus dominios, se encontraba frente a lo único a lo que sus mayores le habían enseñado a temer.

Pronto comprendió que en esa situación su fin estaba cercano, aunque sus ansias juveniles de vivir le obligaron a seguir pensando, él había sido buen seguidor de las enseñanzas de los druidas, siempre había sido respetuoso al extremo en los sacrificios a los dioses, y ahora se preguntaba porque había caído en su desagrado.

Mientras tanto la luz había ido disminuyendo en intensidad sin que el céltico guerrero lo hubiera apreciado pues mantenía sus ojos sellados de temor, luego escucho un susurro seguido de una brisa de aire que le dio suavemente en la cara como devolviéndole el aliento a su espíritu, se reanimó de tal forma que abrió los ojos, al hacerlo poco a poco fue teniendo una visión clara de lo que frente a él se encontraba, desde la misma luna una intensa luz iluminaba un cuerpo de mujer joven, Braont se fijó poco a poco más en ella, vestía blanca túnica, su pelo era como el de Braont, del color de los campos que los suyos cosechaban al inicio del mes más caluroso, del color del sol, su gesto era dulce.

En ese instante el guerrero apreció que la mujer que se encontraba frente a él no se apoyaba sobre ningún elemento, y sin embargo estaba a la misma altura que él sobre la cima de la roca, su temor volvió a aflorar, era el miedo a lo sobrenatural, a lo divino, pensó que la única solución era saltar de esa roca y salir corriendo a encontrar al resto de su grupo antes de que ese espíritu decidiese mostrar su poder, tensó sus músculos y se dispuso a saltar al suelo, la altura de la roca era como de unas diez veces la longitud del cuerpo de Braont, pero eso no le importaba, solo quería correr y seguir viviendo.

Cuando estaba dispuesto a saltar, la mujer que estaba frente a él callada, sonrío con dulzura, y Braont que seguía teniendo un miedo atroz, se quedó parado unos segundos perplejo frente a la belleza de la imagen que frente a él se encontraba, era como si fuese teniendo menos miedo por instantes.

Así transcurrieron unos segundos más, durante los cuales el joven no se atrevió a pestañear, ni por un segundo relajó sus músculos que estaban prestos a realizar el arriesgado salto, pero de pronto la luz fue perdiendo intensidad hasta que desapareció del todo, Braont aún permaneció unos instantes mirando el bosque en la dirección en la que la luna proyectaba su luz, pero ya no veía a la joven.

El aire volvió a soplar de nuevo y el guerrero se encontró de pronto de nuevo en la consciencia de su situación anterior, los demás del grupo seguro que debían andar buscándole y él no podía saber que tiempo había transcurrido desde que se separó de ellos, para él había sido como una eternidad.

Destrepó los pasos de roca hasta llegar a la base de la piedra, recuperó el resto de sus armas y empezó a correr en la dirección en la que había abandonado el grupo, tras avanzar unos metros se volvió a mirar hacia la roca y la zona del bosque más iluminada que ahora se encontraban detrás de él, la luna seguía clareando esa parte del denso hayedo como si fuese pleno día.

Braont volvió a iniciar su carrera y mientras se dirigía al encuentro de sus compañeros, recordó como una vez su abuelo anciano le contó que los dioses siempre veían con agrado a los guerreros más nobles y valerosos, y como un guerrero de la tribu, cuando vivían en los bosques del norte,

una noche fue envuelto por una espesa niebla que le llevó lejos de su casa, y que al volver contó a los druidas del poblado que se había encontrado con el espíritu que moraba en el bosque, y que como tras contarlo y a pesar de ser un guerrero valeroso fue rechazado por los druidas y a partir de entonces fue perdiendo estima entre los suyos.

Pero Braont pensaba que a él no le pasaría lo mismo, el no iba a contar nada en el poblado sobre lo que le había acontecido, aunque ¡por Lugh!, estaba seguro de que esa noche se había encontrado frente al espíritu de la mismísima luna en el bosque, y estaba seguro de que él y los suyos esa noche iban a vencer a sus enemigos de la tribu vecina, esa noche iban a contar con una ayuda inestimable, esa noche les iba a ayudar la LUNA.

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MARPIYAWIN Y LOS LOBOS

 

    Los sioux eran una tribu viajera, iban de campamento en campamento, a lo largo del año. Se sentían a gusto en cada nuevo lugar pues no se mudaban a sitios extraños, sino que conocían bien todos los mejores lugares para establecer sus aldeas. Alzar y bajar los tipis era una tarea fácil a la cual estaban acostumbrados y que realizaban con gran rapidez. 

Cuando escaseaba la pastura para los caballos, cuando la caza se alejaba, cuando el agua de un arroyo era más abundante en otro sitio o cuando llegaba el invierno, los sioux movían sus campamentos.

Un día, la aldea entera estaba en marcha. Muchas mujeres y niños formaban la partida. Numerosos caballos de carga acarreaban los tipis y enseres; los hombres cuidaban los caballos de guerra y de caza; todos avanzaban. Entre ellos, iba una joven con un perrito. El cachorro era juguetón y ella lo quería mucho, pues lo había cuidado desde recién nacido, cuando aún no abría los ojos.

El camino se le hacía corto pues el cachorro jugaba con ella y los demás muchachos.

Cuando oscureció, vio que el perro no estaba. Lo buscó en el campamento y vio que nadie lo tenía. Lo llamó. "Tal vez se habrá ido con los lobos, como otros perros de la aldea, y regresar pronto. Tal vez volvió al viejo campamento", pensó la muchacha recordando las costumbres de los demás perros de la aldea.

Sin decir ni una palabra a nadie, regresó a buscarlo. No había riesgo de perderse, conocía bien el camino. Volvió hasta donde quedaban las huellas del campamento de verano, allí durmió. Esa noche cayó la primera nevada de otoño sin despertarla. A la mañana siguiente, reanudó la búsqueda.

Esa tarde nevó más fuerte y Marpiyawin se vio obligada a refugiarse en una cueva. Estaba muy oscura, pero la protegía del frío. En su bolsa llevaba wasna, carne de búfalo prensada con cerezas semejante al queso secoù, y no tendría hambre.

La muchacha durmió y en sueños tuvo una visión: los lobos le hablaban y ella les entendía; cuando ella les dirigía la palabra, también parecían comprenderla. Le prometieron que con ellos no pasaría hambre ni frío. Al despertar, se vio rodeada de lobos pero no se asustó.

Varios días duró la tempestad y los lobos le llevaban conejos tiernos para que comiera; de noche, se acostaban junto a ella para calentarla. Al poco tiempo eran ya muy amigos.

Cuando la nevada escampó los lobos se ofrecieron a llevarla a la aldea de invierno. Atravesaron valles y arroyos, cruzaron ríos y subieron y bajaron montañas hasta llegar al campamento donde estaba su gente. Allí Marpiyawin se despidió de sus amigos. A pesar de la alegría que sentía de volver con los suyos, se entristecía de dejar a los lobos. Cuando se separaron, los animales le pidieron que les llevara carne grasosa a lo alto de la montaña.

Contenta, ella prometió volver y se dirigió al campamento.

Cuando Marpiyawin se acercó a la aldea, percibió un olor muy desagradable. ¿Qué sería? Era el olor de la gente. Por primera vez se daba cuenta de cuán distintos son el olor de los animales y el de las personas. Así supo cómo rastrean los animales a los hombres y por qué su olor les molesta. Había pasado tanto tiempo con los lobos que había perdido su olor humano.

Los habitantes de la aldea se pusieron felices al verla, pensaban que la había secuestrado alguna tribu enemiga. Ella contó su historia y señaló a los lobos; apenas se veían sus siluetas dibujadas contra el cielo, en lo alto de la montaña.

-Son mis salvadores -les dijo, gracias a ellos estoy viva.

La gente no supo qué pensar. Todos le dieron carne para que la ofreciera a los lobos. Estaban tan contentos y sorprendidos que mandaron un mensajero a cada tipi, para avisar que Marpiyawin había regresado y para pedir carne para sus salvadores.

La muchacha llevó la comida a los lobos; durante los meses de crudo invierno alimentó a sus amigos. Nunca olvidó su lengua y, a veces, los gritos de los lobos que la llamaban se oían por toda la aldea. Se hizo vieja, los demás le preguntaban lo que querían decir los lobos. Así, sabían si se acercaba una nevada o si merodeaba algún enemigo. Fue así como se le dio a Marpiyawin el sobrenombre de Wiyanwan si kma ni tu ompiti: la vieja que vivió con los lobos.

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LA MISA POR EL DIABLO

 Leyenda de Huesca

El barón Artal de Mur y Puymorca estaba constantemente nervioso y taciturno. Su primogénito había partido a la guerra con Pedro de Aragón, en su lucha contra el de Montfort.

Para calmar un poco sus nervios, salía muy a menudo de caza. Un día salió al amanecer, completamente solo, sin monteros, escuderos ni sirvientes.

Se alejó mucho de sus posesiones, que estaban cerca de Ainsa, y en toda la mañana no pudo encontrar ni una sola pieza.

Comió, a la sombra de un árbol, las escasas provisiones que consigo había llevado, y tumbóse después a descansar un rato.

De pronto le despertó un leve ruido, y vio junto a un arroyo, muy cerca de él, una hermosa jabalina.

Instintivamente cogió un venablo y se levantó con rapidez. La jabalina echó a correr, y él detrás.

La jabalina, en su carrera, saltó el arroyo, que no era otra cosa que una especie de torrente engrosado por las Tres Sorores. El barón Artal hizo, con troncos de árbol, una especie de puente, y atravesó el arroyo.

La jabalina seguía corriendo, y el Barón detrás, hasta que llegaron al pie de un monte. Paróse entonces la jabalina, mirando fijamente al cazador. Cuando éste iba a lanzarle el venablo, oyó claramente una voz humana que le decía: «No me mates, y obtendrás una bella recompensa».

Sorprendido el Barón al oír hablar a la jabalina, no lanzó el venablo y permitió que ésta se alejara, sin perseguirla.

Preocupado por la extrañeza del caso, dirigióse a sus posesiones, donde llegó ya entrada la noche. Cenó muy poco, sin poder separar de su pensamiento la voz de la jabalina.

Cuando, una vez terminada la cena, retiróse la Baronesa, como de costumbre, el Barón se quedó junto al fuego, con una botella de vino junto a él.

Pensando en la jabalina y en todo cuanto le había acontecido aquel día, quedóse adormecido.

De pronto le despertó un fuerte chisporroteo en la chimenea. Abrió los ojos, y vio que un grueso tronco de los que en ella ardían se abría dando paso a una figura que parecía humana.

Salió el hombre, que de tal tenía el aspecto, y sonriendo se acercó al Barón, a quien saludó cortésmente.

No salía éste de su asombro. El recién llegado le preguntó si no le conocía, y al decirle el Barón que se figuraba que únicamente podía ser Satanás, asintió, asegurando que venía a cumplir la promesa que aquella tarde le habían hecho.

Comprendió el Barón, al oír estas palabras, que la jabalina que por la tarde le había hablado y el hombre que acababa de salir del fuego eran lo mismo.

Satanás le dijo que con lo primero que quería pagarle por haberle respetado la vida por la tarde era con noticias de su hijo. El Barón se levantó del sillón, anhelante. El diablo le aseguró que su hijo se hallaba sano y salvo, que nada le había pasado, ni nada le pasaría, porque él se ocuparía de ellos.

El Barón volvió a sentarse, con el rostro cubierto de lágrimas, de emoción. El diablo, entonces, cogió con sus dedos, a modo de tenazas, un tizón ardiendo, y lo dejó encima de la mesa, diciendo que aquél era el premio al gran favor que le había hecho.

Saludó muy cortés, como hiciera al llegar, y acercándose a la chimenea, se metió en el fuego, que se abrió para dejarle paso.

Inmediatamente se apoderó del Barón una especie de modorra, que lo mantuvo dormido hasta el amanecer.

Despertó al entrar el sol en la estancia por la ventana abierta, y lo primero que hizo fue mirar a la chimenea. Todo estaba allí igual que siempre. Miró después encima de la mesa, y cuál no seria su sorpresa al encontrar, en lugar del tizón que dejó Satanás, un grande y hermoso lingote de oro.

Estaba absorto contemplando el prodigio, cuando apareció la Baronesa, que le llamaba alborozada. Al preguntarle el Barón qué era lo que le sucedía, contestóle ella que había tenido un sueño muy extraño.

Había soñado que paseaba por un monte vecino, cuando se le apareció la Virgen, que la saludó y le dijo que quería que en aquel mismo lugar levantara una capilla en su honor, y que en las fiestas a ella dedicadas se celebrara allí una misa.

La Baronesa quería cumplir el mandato de la Virgen, para preservar así a su hijo de los peligros de la guerra.

El Barón, entonces, le contó lo que a él le había sucedido, y le enseñó el lingote de oro que había encontrado encima de la mesa. Maravillóse la Baronesa, y mucho más todavía cuando el Barón aseguró que con el primer dinero que de aquel lingote sacaran costearían los gastos de la capilla; pero con la condición de que todos los años, en un día determinado, se celebraría una misa para el diablo.

Horrorizóse la Baronesa al oír aquellas palabras; pero el Barón se sostenía en ellas de tal modo, que llamaron al viejo sacerdote de Ainsa y le consultaron el caso. El cura, en principio, dijo que aquello era una herejía que no se podía permitir; pero al insistir el Barón, diciendo que dedicarían la misa para conseguir la conversión del diablo, consintió en ello.

Y es creencia popular que todos los años, en un día señalado por el Barón, se celebra en la capilla una misa por el diablo.

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LA MONTAÑA DONDE SE ABANDONABAN LOS ANCIANOS

 

                    En un pueblo de las montañas abandonan a los ancianos cuando cumplen sesenta años porque creen que ya no pueden ser útiles. Pero un pobre campesino decide no hacerlo ¡Descubre el valor y la sabiduría de nuestros mayores con este cuento!

Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, una pequeña región montañosa dónde tenían la costumbre de abandonar a los ancianos al pie de un monte lejano. Creían que cuando se cumplían los sesenta años dejaban de ser útiles, por lo que no podían preocuparse más de ellos.

En una pequeña casa de un pueblecito perdido, había un campesino que acababa de cumplir los sesenta años. Durante todos estos años había cuidado la tierra, se había casado y había tenido un hijo. Después había enviudado y su hijo también se casó, dándole dos preciosos nietos. A su hijo le dio mucha pena, pero no podía desobedecer las estrictas órdenes que le había dado su señor. Así que se acercó a su padre y le dijo:

- Padre, los siento mucho, pero el señor de estas tierras nos ha ordenado que debemos llevar a la montaña todos los mayores de sesenta años.

- Tranquilo hijo, lo entiendo. Debes hacer lo que el señor diga -, contestó el anciano lleno de tristeza.

Así que el joven se cargó al viejo a la espalda, ya que a su padre ya le era difícil caminar por el bosque, e inició el viaje hacia las montañas. Mientras iban caminando, el joven se fijo que su padre dejaba caer pequeñas ramas que iba rompiendo. El joven creyó que quería marcar el camino para poder volver a casa pero cuando le preguntó, el anciano le dijo:

- No lo estoy haciendo para mi, hijo. Pero vamos a un lugar lejano y escondido, y sería un desastre que te desorientases y no pudieses volver. Así que he pensado que si iba dejando ramitas por el camino seguro que no te perderías.

Al oír estas palabras el joven se emocionó con la generosidad de su padre. Pero continuó caminando porque no podía desobedecer al señor de esas tierras.

Cuando finalmente llegaron al pie de la montaña, el hijo, con el corazón hecho pedazos, dejó allí a su padre. Para volver decidió utilizar otra ruta, pero se hacía de noche y no conseguía encontrar el camino de vuelta. Así que retrocedió sobre sus pasos y cuando llegó junto a su padre le rogó que le indicara por dónde tenía que ir. Se volvió a cargar a su padre a la espalda y, siguiendo las indicaciones del anciano, empezó a cruzar el valle por el que habían venido.

Gracias a las ramitas rotas que el viejo había dejado por el camino, pudieron llegar a su casa. Toda la familia se puso muy contenta cuando vieron de nuevo al anciano. Entonces, el joven decidió esconderlo debajo los tablones del suelo de su cabaña para que nadie lo viese y no le obligasen a llevárselo otra vez.

El señor del país, que era bastante caprichoso, a veces pedía a sus súbditos que hiciesen cosas muy difíciles. Un día, reunió a todos los campesinos del pueblo y les dijo:

- Quiero que cada uno de vosotros me traiga una cuerda tejida con ceniza.

Todos los campesinos se quedaron muy preocupados. ¿Cómo podían tejer una cuerda con ceniza? ¡Era imposible! El joven campesino volvió a su casa y le pidió consejo a su padre, que continuaba escondido bajo los tablones.

- Mira -, le explicó el anciano-, lo que tienes que hacer es trenzar una cuerda apretando mucho los hilos. Luego debes quemarla hasta que solo queden cenizas.

El joven hizo lo que su padre le había aconsejado y llevó la cuerda de ceniza a su señor. Nadie más había conseguido cumplir con la difícil tarea. Así que el joven campesino recibió muchas felicitaciones y alabanzas de su señor.

Otro día, el señor volvió a convocar a los hombres de la aldea. Esta vez les ordenó a todos llevarle una concha atravesada por un hilo. El joven campesino se volvió a desesperar. ¡No sabía cómo se podía atravesar una concha! Así que, cuando llegó a casa, volvió a preguntar a su padre lo que debía hacer y éste le contestó:

- Coge una concha y orienta su punta hacia la luz- explicó el anciano-. Después coge un hilo y engánchale un grano de arroz. Entonces dale el grano de arroz a una hormiga y haz que camine sobre la superficie de la concha. Así conseguirás que el hilo pase de un lado al otro de la concha.

El hijo siguió las instrucciones de su padre y así pudo llevar la concha ante el señor de esas tierras. El señor se quedó muy impresionado:

- Estoy orgulloso de tener gente tan inteligente como tú en mis tierras. ¿Cómo es que eres tan sabio? – le preguntó el señor.

El joven decidió contestarle toda la verdad:

- Veréis señor, debo ser sincero. Yo debería haber abandonado a mi padre porque ya era mayor, pero me dio pena y no lo hice. Las tareas que nos encomendó eran tan difíciles que solo se me ocurrió preguntar a mi padre. Él me explicó cómo debía hacerlo y yo os he traído los resultados.

Cuando el señor escuchó toda la historia, se quedó impresionado y se dio cuenta de la sabiduría de las personas mayores. Por eso se levantó y dijo:

- Este campesino y su padre me han demostrado el valor de las personas mayores. Debemos tenerles respeto y por eso, a partir de ahora, ningún anciano deberá ser abandonado.

 

Y a partir de entonces les ancianos del pueblo continuaron viviendo con sus familias aunque cumplieran sesenta años, ayudándolos con la sabiduría que habían acumulado a lo largo de toda su vida.

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LA MUERTE DE ROLDÁN

 Leyenda de Huesca

Cuenta la leyenda que el famoso Roland, o Roldán, era hijo de la princesa Berta, que a su vez era hermana de Carlomagno, y del duque de Angers. Se cree que yendo la princesa, en cierta ocasión, de viaje por tierras de Italia, dio a luz a Roldán, el cual, en el momento de venir al mundo, cayó rodando al suelo - rouland -; de ahí su nombre de Roland.

En estos parajes campestres vivió el niño toda su infancia, en contacto abierto con la Naturaleza. Pasados los años, se convirtió en uno de los más famosos caballeros de la época, por su destreza, su porte arrogante y su extraordinaria bravura.

Con su tío Carlomagno marchó un día al histórico combate que había de dar lugar a la derrota de Roncesvalles, en la que el Emperador, viendo perdida la batalla y deshecho su ejército, logró huir por los montes.

Roldán, como un cadáver más, quedó allí abandonado y herido, sepultado por el cuerpo inerte de su caballo Vigilante, que había caído sobre él. Cuando volvió en sí y se dio cuenta de su situación, intentó librarse del enorme peso del animal, y apoyando una de sus manos sobre la roca, logra ponerse en pie con un extraordinario esfuerzo. Dicen que las huellas de sus dedos se conservan aún marcadas sobre la piedra, como testimonio de su descomunal fortaleza. Roldán contempló unos momentos el terrible panorama y trató de orientarse para buscar el camino que conducía a Francia; pero tuvo que hacerlo con cautela, porque el enemigo estaba aún al acecho. Después de grandes penalidades, y escondiéndose entre los riscos, Roldán logró llegar hasta el Valle de Ordesa. Una vez allí, sólo tenía que trepar por los empinados riscos que cerraban el valle.

Extenuado ya por la fatiga, inició la ascensión, mientras escuchaba a su espalda un rumor de tropa, acompañado de fuertes ladridos. Toda una jauría le perseguía, olfateando su camino. Roldán aceleró su marcha y llegó hasta más allá de Cotaduero. Se creía salvado de momento, cuando de detrás de unos riscos vio surgir las figuras de cuatro hombres. Creyendo el héroe que aquéllos eran sus perseguidores, desenvainó su espada Durandarte, en un supremo esfuerzo, y les cortó a todos la cabeza. Ninguno hizo ademán de defenderse, porque en realidad no se trataba de la vanguardia de sus perseguidores, sino de unos cuantos caminantes extraviados e indefensos.

Roldán, tras este último esfuerzo, se sintió desfallecer; la debilidad y el agotamiento se iban apoderando poco a poco de sus nervios y de sus músculos. No obstante, al comprobar que la tarde declinaba y que la noche iba a impedirle orientarse, hizo un esfuerzo y llegó con paso lento hasta la base de la montaña que le separaba de Francia. Comenzó a subir, arrastrando ya pesadamente sus pies y sintiendo los latidos de sus sienes, como si las venas quisieran saltarle de la cabeza. Entonces creyó oír, saliendo del fondo del valle, una voz misteriosa que le anunciaba su próximo fin si persistía en continuar el camino. Pero Roldán, firme en su propósito, continuó la marcha, que ahora resultaba más pesada, porque una fuerte ráfaga de viento soplaba en dirección contraria. A poco, el cielo, ya oscuro de la noche, se encapotó con negros nubarrones, y una horrible tormenta empezó a caer sobre la montaña, entorpeciendo la marcha de Roldán. A lo lejos seguían escuchándose los ladridos de los perros, que parecían acercarse más y más. Poco después Roldán se vio acometido por la jauría, que llevaba gran ventaja a los soldados. Sin mucho esfuerzo, les asestó una serie de certeros golpes y los dejó muertos a todos Miró hacia abajo y divisó a sus perseguidores, que con paso rápido se dirigían hacia él. Comprendió entonces que no podría hacer frente a un número tan elevado de hombres, y realizando el último alarde, lanzo su espada Durandarte al otro lado de la montaña, para hacer llegar un último saludo de despedida a su patria, pero no logró elevarla a suficiente altura, y, tras de tropezar en la montaña, el arma cayó a sus pies.

Mientras, el rumor de los perseguidores se iba haciendo más claro a cada momento. Roldán, con gesto rápido, volvió a lanzar su espada a gran altura, a fin de hacerle traspasar la montaña; pero de nuevo tropezó, y volvió a caer cerca de él. Desalentado, Roldán intentó una vez mas alcanzar su propósito; pero el fracaso se repitió. El héroe, viéndose perdido, volvió a recoger su espada del suelo, y esta vez, con un sobrehumano esfuerzo, la lanzó horizontalmente, con tal violencia, que Durandarte atravesó la montaña y cayó en tierras de Francia, dejando una brecha abierta, por la que Roldán, casi sin sentido, pudo contemplar por última vez su patria. Inmediatamente cayó al suelo: el esfuerzo realizado había sido tan enorme, que las venas del cuello le estallaron, dejándole sin vida.

Sus perseguidores le encontraron muerto en este histórico lugar del Valle de Ordesa, de Huesca, conocido desde entonces con el nombre de la Brecha de Roldán.

Extraída de Leyendas de Europa 2, Barcelona, Ed. Labor bolsillo juvenil.1988

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NACIMIENTO DE BATRÁS EL GIGANTE

Rusia

 

En una de sus salidas, encontró Chämyst a un joven, que le pidió permiso para acompañarle durante tres días. Puestos de acuerdo, siguieron su camino, y a la noche, como todavía no contasen con nada para comer, dijo el joven:

—Con hambre no vamos a acostarnos. Quédate aquí con los caballos, que yo me encargaré de traer algo.

Y trepando monte arriba, cobró las mejores piezas que pudo desencovar, se las echó a cuestas y acosó a las demás hacia el lugar en donde Chämyst esperaba. Pero éste se había dormido, y así, el joven, aunque por aquella noche siguió sirviéndole, le reprochó:

—Te había tomado por un hombre animoso, y veo que eres un poltrón.

Y, amanecido, volvió a decirle:

—Me voy, porque contigo estoy perdiendo el tiempo.

Y se marchó.

Luego pensó Chämyst que no le había preguntado por su familia y que una mujer de su sangre le hubiera convenido; y como el muchacho aún no había desaparecido de su vista, lo llamó y le preguntó por su familia, explicándole lo que deseaba.

—Yo soy de los Chädmast-Psal y tengo una hermana que te daríamos por mujer; pero mi hermana tiene la condición de que cuando alguien la agravia, si no la devuelven a la casa paterna, se mata.

A Chämyst no le pareció grave el defecto. Acompañó al joven a su casa, pidió a la muchacha y, sacando del bolso el precio del rescate, lo pagó en el acto y se llevó a su esposa a una torre de cobre, en donde vivió luego.

Pero Syrdon, que nunca perdía ocasión de insultar a los nartas (gigantes), pasando un día por allí, miró arriba y vio a la mujer de Chämyst en la torre y empezó a insultarla:

— ¡Eh, tú! ¡Qué buena pareja haces con los nartos! ¿Cuánto tiempo llevas ahí? ¿Por qué no bajas?

Entonces la mujer se fue a Chämyst y se quejó de que su liberto Syrdon la había ofendido por lo que ya no podía continuar en su casa.

—Llévame a la de mis padres, y que yo no vuelva a ver a ese villano —añadió—. Te hubiera dado un hijo como hasta ahora no ha nacido otro en el mundo; pero antes de marcharme te lo voy a insuflar en la espalda. Te saldrá un absceso ente los hombros. Tú cuenta los meses y, cuando llegue el tiempo, te lo haces abrir, y de él te sacarán un hijo, que has de echar al mar inmediatamente.

Chämyst llevó a su mujer a la casa paterna, y luego, como las espaldas se le hinchaban, todos los nartas le compadecían, creyéndole enfermo. Pero él contaba los meses y, cuando llegó el alumbramiento, subió a su torre de cobre y llamó a Soslan para que le abriese el absceso. Hecha la incisión, sacaron al infante y lo echaron al mar, en donde creció, creció..., hasta que llegó a ser tan grande como una montaña. Los mysyrbos y los brados de la familia de los Bora se acercaron entonces al mar y pidieron al gigante que les echase a tierra dos bueyes marinos.

—Traedme a Urysmäg, cortadle el pelo y cuando hayáis terminado os echo los dos bueyes y salgo yo mismo a tierra.

Ellos volvieron y le contaron todo a Urysmág, y a la mañana siguiente se levantó y fue con ellos a la orilla del mar. Allí le cortaron el pelo. Pero Batrás —que así se llamaba el juvenil gigante— salió del mar y les increpó:

— ¿No os da vergüenza cortarle la cabellera?

Y tomando con ambas manos dos bueyes marinos, salió a tierra y terminó de afeitar a Urysmág con su cuchillo.

—Traedme el caballo de mi padre, que quiero montarlo para ir a casa —les ordenó.

Y le llevaron el caballo; mas apenas había montado, crujieron entre sus rodillas los costillares del animal, y se desplomó con él. —Traedme el de Uraysmag —dijo entonces Batrás. A duras penas pudo éste sostenerlo; pero al fin, en él llegó a casa. Lo primero que pensó entonces fue que, siendo como era un gigante de carne y hueso, no resultaría invulnerable en las batallas, por lo que le convenía hacerse forjar, y sacando sesenta turnan —moneda persa que vale diez rublos en el Cáucaso—, se fue a Kurdálägon —el mítico Vulcano de los ossetas— y le dijo:

— ¡El Señor nos haga merced de tu gracia! Vengo a que me temples y me conviertas en acero.

—De buen grado lo haría; pero temo que te fundirías —objetó Kurdálägon.

 —Sea lo que sea de mí, no tengo más remedio que hacer la prueba.

Kurdálägon juntó entonces piedras, hizo con ellas un horno, puso en él a Batrás, lo encendió y estuvo soplando una semana.

—Ahora voy a ver qué ha sido de Batrás —dijo.

Y mirando, vio que el gigante seguía sentado en medio del horno y le apremiaba impaciente:

— ¡Mira, si vas a forjarme, fórjame de una vez, y déjate de juegos, o dame una guitarra para entretener la espera!

Volvió Kurdálá'gon a atizar el fuego y a soplar durante otra semana. Al cabo de ella, abrió de nuevo el horno, para observar, y entonces Batrás suplicó:

— ¡Por favor, basta ya! Ahora échame al mar.

Así lo hizo Kurdálägon, y con el calor se secó el mar como un arroyo en estiaje, y se quedó sin agua durante una semana. Cuando Batrás salto a tierra, las aguas volvieron a llenar el mar.

 

Extraída de Leyendas de Europa 2, Barcelona, Ed. Labor bolsillo juvenil.1988

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NICCOLO PESCE

Italia

 

En un amable rincón del puerto de Nápoles hubo, en tiempos, un palacio, y sobre sus muros un bajorrelieve —que aún hoy se conserva— con la figura de un hombre fuerte, rudo, cubierto de vello, y que en su mano derecha empuña un cuchillo. Para muchos, muy doctos, se trata de Orión; mas para el pueblo es, simplemente, Niccolo Pesce (Nicolás Pez), su amigo Niccolo.

Era un chicuelo napolitano, moreno, gracioso y menudo. Se pasaba el día jugando entre las rocas y las olas del mar, que habían dejado impreso en su cuerpo ágil y en su alegre semblante la huella de su maridaje con la naturaleza. También sus ropas denunciaban a las claras lo arriesgado de sus correrías, con la consiguiente desesperación de su madre, que no dejaba de lamentarse y de decirle:

— ¿Por qué no te convertirás en pez?

Y tanto, tanto lo deseó la buena mujer, y tanto, tanto se esforzó Niccolo en complacerla, que llegó día en que nuestro héroe más parecía pez que otra cosa.

Recorría largas distancias bajo las olas, o se introducía cómodamente en el vientre de algún enorme pez y —más afortunado que Jonás— interrumpía su viaje cuando le parecía, abriendo con su cuchillo las paredes vivas que lo custodiaban. Solía traer gratos recuerdos de sus excursiones. En cierta ocasión se sumergió en la gruta de Castell dell'Ovo y regresó a, su casa con un espléndido botín de magníficas gemas.

Sus hazañas y sus expediciones no cayeron en el silencio. Tuvo noticia de ellas el Rey y le llamó a su presencia; elogió su atrevimiento y le encomendó una empresa de altos vuelos científicos: quería saber cómo era el suelo del mar. Poco tiempo bastó a Niccolo para concluir su misión. Fue a Palacio y dijo al Monarca:

—Señor: magníficos vergeles de coral entorpecieron mi vista maravillada, mientras mis pies caminaban sobre arenas de preciosas piedras. Allí se encuentran también ingentes tesoros y magníficos naufragios; allí la venganza del mar altivo contra el hombre que quiso dominarlo sin amarlo.

Nuevamente, preguntó el Rey:

—Y dime, Niccolo, ¿por qué la hermosa Sicilia se alza orgullosa sobre el mar?

Salió el muchacho, se sumergió en las ondas y caminó, confundido con los peces, bajo el macizo siciliano. Y regresó a Nápoles y satisfizo la curiosidad real:

—Vuestra isla descansa sobre tres enormes columnas que se hunden, poderosas, en el lecho del mar. Y aun puedo deciros que una de ellas está ya cuarteada y rota.

—Una última pregunta, Niccolo —dijo el Rey, insaciable—: quisiera saber hasta dónde podrías sumergirte en el mar profundo. Desde el faro de Mesina lanzaremos hacia el lecho insondable del océano una bala de cañón: persíguela hasta alcanzarla; la huella rápida de tu paso sellará mi triunfo sobre las ondas.

—Sin duda, será vuestra última pregunta, señor —respondió Niccolo—, pues moriré en la empresa; pero si lo mandáis, obedeceré.

Y el napolitano se fue al mar y descendió entre las aguas amigas y le saludaron los paisajes queridos. Y corrió sin descanso, en sobrehumana pugna, tras la bala de cañón, y, al fin, la alcanzó. Se detuvo, rendido, a descansar sobre las ricas arenas. Miró hacia arriba: sobre él, las aguas serenas, tranquilas y calladas, con el silencio amplio y despiadado de la muerte.

Niccolo no regresó ya jamás a su alegre Nápoles; quedó sepultado en el mar hostil y endurecido. Y cerca de él reposaba también, vencida, la bala: el trofeo de victoria que en vano esperó el Rey, soberano de las tierras.

Otros, sin embargo, creen que Niccolo no sufrió tan triste suerte, sino que halló en el mar morada inmortal y dichosa. Y aun dicen que le han visto aparecer a veces y conversar con los marineros, a los que instruye y advierte de todos los peligros.

 

Extraída de Leyendas de Europa 2, Barcelona, Ed. Labor bolsillo juvenil.1988

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UNA NOCHE TOLEDANA

Toledo

 

   En lo que fuera antiguamente el barrio conocido como "Montichel", por ser una de las siete colinas sobre las que se asienta Toledo, en el actual Paseo de San Cristóbal, aconteció uno de los episodios más oscuros y sangrientos de la historia Toledana, lo que se conoce como "Una noche toledana".

Nos situamos hacia el año 190 de la Hégira, hacia nuestro 812; gobernaba Tolaitola un joven llamado Jusuf-ben-Amru, déspota y cruel con todos los toledanos, múltiples fechorías cometía amparándose en su poder: raptaba doncellas, y daba muerte a todo aquél que se oponía a sus terribles métodos.

Tanto era el descontento popular que un levantamiento no se hizo esperar y los toledanos tomaron la ciudad. Una comisión de nobles advirtió al joven gobernador de lo peligroso de la situación, pero éste, ignorando los sabios consejos, continuó intentando defender la ciudad, enviando a su guardia personal e intentando aplastar el levantamiento de su ciudad. Viendo los nobles que Jusuf quedaba poco protegido, decidieron darle captura. El pueblo pidió la cabeza del joven y éste fue ejecutado.

Los nobles enviaron noticias al Califa de la situación que Toledo había vivido bajo el gobierno de Jusuf y de los sucesos recientes. El Califa hizo llamar a su fiel servidor, padre de Jusuf a la sazón, y le contó el triste final del que fuera su hijo. Amru, padre del gobernador ejecutado, pidió al Califa que como pago a sus favores fuera enviado como nuevo gobernador a Toledo para que, gobernando rectamente, pudiera enmendar los errores de su hijo y recobrar el honor perdido por su familia.

El Califa confió en la palabra de Amru, y éste partió hacia Toledo. Los toledanos lo recibieron con miedo y recelo, bien sabían que era el padre del gobernador al que habían pedido ejecución.

Sus temores fueron infundados, ya que Amru gobernó de forma paternal y con nobleza ante la aristocracia. Escuchaba a sus súbditos y respetaba sus opiniones.

Pero Amru era orgulloso y ocultaba sus verdaderas intenciones. Necesitaba ganarse la confianza de aquellos que asesinaron a su hijo. La ocasión para su venganza se presentó un buen día que el hijo del Califa hizo una parada en Toledo camino de Zaragoza. Amru agasajó a su invitado con un gran banquete al que previamente invitó a todos los principales de la ciudad. El ágape se preparó en una residencia que el gobernador se había hecho construir en la actual zona de San Cristóbal, ya que jamás quiso residir en el Alcázar Toledano, por los nefastos recuerdos que le traía.

Los nobles toledanos se prepararon con sus mejores galas para ir al banquete en honor del futuro califa preparado por el gobernador. Las estrechas calles de Toledo, apenas iluminadas por las antorchas, veían pasar el cortejo de todos ellos acompañados de sirvientes y mujeres.

Al mismo tiempo que accedían a la residencia, la guardia personal del gobernador, muchos de los cuáles habían servido fielmente a su hijo, acompañaban a los invitados a un lugar apartado donde con afilados alfanjes iban segando sus cabezas y sus cuerpos eran arrastrados a un subterráneo.

Cuenta la leyenda que, cuando Amru, padre de Jusuf y fiel servidor del califa vio caer la última cabeza exclamó: "¡Hijo mío, ya puedes descansar en paz, pues ya estás vengado!"

Con la llegada del alba, los toledanos pudieron contemplar con todo su horror el espectáculo que había acontecido en la residencia del gobernador. Cientos de cuerpos y cabezas se amontonaban con un rictus de espanto en el patio, mientras que las de algunos, los más principales, colgaban cual pendones de las almenas de palacio.

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EL NIÑO DUENDE

 

Cuentan algunos que se trata de un niño que murió sin ser bautizado, otros dicen que es un niño malo que golpeó a su madre. La cuestión es que luce muy pequeño, con un gran sombrero, y llora com0 un bebé; aunque no sea exactamente eso. Una de sus manos es de hierro y la otra de lana. Suele estar agazapado, a la espera que aparezca alguna persona, entonces le pregunta con qué mano quiere ser golpeado. Aunque el asaltado, prudente, elija la de lana, algunos dicen que él no dudará en usar la de hierro.

Otros, en cambio, aseguran que los que inocentes optan por la de lana reciben un castigo mayor porque es esta la que en realidad más duele.

Sus ojos son malignos y sus dientes afilados en las puntas como agujas. Se les aparece a los desprevenidos a la hora de la siesta o, a veces, en mitad de la noche en los cañadones o quebradas. Generalmente elige niños de corta edad, porque los asusta más fácilmente, pero también golpea sin piedad a los mayores.

En los Valles Calchaquíes se recuerdan dos extrañas historias que tienen al duende como protagonista: la primera habla de un arqueólogo que, de puro valiente, se internó en el cerro durante las horas de la siesta. Paseaba tranquilo cuando lo sobresaltó oír el canto de un pequeño. Al pararse, vio a un niño arrodillado y con la cabeza entre sus manos. Cuando le preguntó qué le pasaba, el niño levantó su maligno rostro y le mostró sus afiladísimos dientes.

Mientras sonreía, le dijo:

- Tatita, mírame los dientes...

El pobre hombre salió corriendo tan rápido como las piernas se lo permitieron y nunca más se lo vio por aquellos pagos.

La otra historia cuenta que en Tafí del Valle, parece ser que la oportuna aparición de un lugareño salvó a un niño de quién sabe qué encantamiento. El duende estaba dándole charla en un zanjón alejado, también durante la siesta. Por ese paraje nunca pasaba nadie y el niño seguramente llegó hasta allí desobedeciendo a su  madre. Pero quiso la suene que un perro cachorro se escapara y su dueño que hacía rato le venía siguiendo el rastro, se acercara a ese zanjón desolado, cuando el duende -llamado por los lugareños -enano del zanjón" - huyó.

Por eso los más viejos aconsejan no exponerse a la hora de la siesta fuera de la casa, sobre todo si se es aún un niño o un extranjero.

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LA LEYENDA DE LOS OCHO SOLES

 

               En Laos, un país asiático, existe un cuento que dice que hace muchos años había ocho soles que iluminaban la tierra. ¿Quieres saber qué ocurrió para que sólo tengamos uno ahora?

 Hace mucho tiempo, la tierra estaba iluminada por ocho soles. La radiante luz deslumbraba a los hombres y el inmenso calor secaba la tierra.

Un día los hombres decidieron que ocho soles eran demasiados para iluminar la tierra y que con uno sólo bastaría.

- ¡Vamos a cazar siete, les vamos a dar miedo y se apagarán! – pactaron los hombres

Fueron a buscar a un buen arquero, el que mejor puntería tenía. Al disparar sus flechas los soles se asustarían y se apagarían. Al disparar la primera flecha, un sol se apagó. Disparó una segunda y otro desapareció. Y así fue hasta llegar a la séptima flecha, que hizo que se apagara el séptimo sol pero también el octavo y último.

Entonces la oscuridad reinó en la tierra, la tierra era sombría y fría y los hombres desgraciados. Necesitaban la luz del sol para vivir.

- Tenemos que hacer volver al último sol – se lamentaban las mujeres

- Tiene miedo de nosotros - respondían los hombres

- En ese caso- contestaron las mujeres- Pediremos a los animales que nos ayuden a hacer volver al sol.

Hicieron venir a una vaca, que mugió y mugió pero el sol no vino. Llamaron entonces a un tigre, que estuvo rugiendo mucho rato. Los hombres y las mujeres temblaban de miedo y seguramente el sol también tuvo miedo porque no apareció.

Hicieron venir a un búho, que ululó toda la noche, pero el sol tampoco apareció. Sí que lo hizo en cambio una luna blanca que iluminó la tierra.

Entonces los hombres y las mujeres llamaron al gallo. Se puso a cantar tan fuerte que su cresta se enrojeció. Pero siguió cantando y cantando con toda su garganta.

Entonces, tímidamente, una luz amarilla y cálida apareció sobre la tierra. Era un sol que despuntaba sobre la línea del horizonte. Poco a poco, mientras el gallo seguía cantando, el sol se iba alzando en el cielo e iluminaba las caras de todos aquellos que lo esperaban. Y desde ese momento cada mañana el gallo llama al sol para que ilumine la tierra.

 

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OCHOA DE MARMEX

Leyenda del País Vasco

Hubo en Vizcaya dos importantes castillos habitados por dos íntimos amigos. Dueño de uno de ellos era don Rodrigo de Lamindaro, y el otro pertenecía a don Iñigo de Marmex. Ambos concertaron el matrimonio de sus hijos, al nacer la hija del señor de Lamindaro. Se llamó Alida y quedó prometida al único hijo de don Iñigo, Ochoa, que contaba nueve años. Poco después, los Marmex se ausentaron del país y tomaron parte en la lucha contra los moros, al servicio del Rey de Castilla. El padre, hombre de un valor temerario, enseñó a su hijo el arte de la guerra; de tal modo, que llegó a superar sus hazañas. Murió el padre, y una vez que cesó la lucha, Ochoa de Marmex debía volver a Vizcaya en busca de su prometida. En el castillo de Lamindaro esperaban con ansiedad la llegada del caballero de Marmex. Alida era la joven más bella del contorno; las gentes cantaban su hermosura, y una gran corte de admiradores la rodeaba. Pero ella esperaba con gran afán la venida de su prometido, al que sólo conocía de oídas. Vivía en el castillo, con su padre y su madre, y los acompañaba una joven, huérfana del hermano de don Rodrigo. No se distinguían éste ni su esposa por su buen corazón, y se decía que no tenía escrúpulos y que había llevado a la muerte a su propio hermano, por apoderarse de su patrimonio. Lo cierto es que a la muerte de su padre, la sobrina de don Rodrigo, Graciosa de Lamindaro fue recogida por caridad en el castillo y se vio obligada a soportar una vida de continuas humillaciones bajo el dominio de sus crueles parientes. La pobre muchacha, de naturaleza dulce y resignada, se plegaba a todos sus caprichos, esperando conseguir algún día un poco de cariño. Pero esto no cambiaba la conducta de sus tíos, que llegaron hasta prometerla a un idiota contrahecho, llamado Juan el Jorobado.

Ochoa de Marmex se presentó en casa de su pariente Gonzalo de Idokiliz, donde pensaba hospedarse hasta el día de la boda. Había elegido este castillo por encontrarse cerca de Lamindaro. Don Gonzalo le ofreció unos servidores para acompañarle; pero el joven de Marmex prefirió hacer el viaje solo. El resultado fue que se extravió, y cuando ya no sabía por dónde decidirse, se encontró junto a una fuente en la que Graciosa llenaba un cántaro. Ochoa preguntóle si conocía el castillo y sus habitantes, y ella, ignorando quién era, le dio toda clase de detalles. Éste, por su parte, ignoraba quién era la joven. Graciosa se ofreció a acompañarle al castillo, y por el camino le contó lo desgraciada que era, los malos tratos que recibía y su parentesco con don Rodrigo; además, le confió su boda proyectada con el jorobado. Ochoa se sintió atraído por la linda muchacha, a la vez que despreció a los autores de su infortunio. Al llegar al castillo, que se levantaba sobre una montaña, dijo a Graciosa que le anunciara a sus tíos como Ochoa Iñiguez de Marmex. Arrepintióse ella, temerosa, de haberle confiado sus pesares, y, aterrada, hizo lo que le pedía. Los señores de Lamindaro y su hija Alida recibieron al de Marmex con todos los honores. Alida se impresionó favorablemente y sintió gran alegría al pensar que en fecha próxima sus amigas contemplarían al apuesto joven que había de conducirla al altar. Ochoa de Marmex reconoció que Alida era extraordinariamente bella; pero le encontró cierta dureza y orgullo, que le hicieron recordar con agrado a Graciosa, toda bondad y dulzura.

Después de las presentaciones y saludos de rigor, se pasó a la mesa. Apareció allí de nuevo Graciosa, que estaba encargada de servir; lo hizo con gran cuidado y tristeza. Reparando en ello Ochoa de Marmex, preguntó si la muchacha estaba triste por no encontrar un novio noble para casarse, y propuso que se lo buscasen. Sus palabras provocaron risas y bromas. Los tres parientes, a coro, dijeron que Graciosa había elegido ya su marido y que se llamaba Juan el Jorobado. Ochoa se unió a las chanzas y rió del atractivo que podían ofrecer las jorobas.

Graciosa no pudo resistir su pena. Hasta este momento, los cuatro personajes se habían entendido admirablemente; pero entonces comenzaron a surgir distintos puntos de vista. De Marmex había dejado las bromas, y muy seriamente planteó a sus futuros suegros las bases de su proyectado enlace. Un amigo común de ambos se había casado hacía algún tiempo; su esposa había ejercido sobre él una tiranía tan odiosa y le había dominado de tal modo, que le había convertido, de un joven fuerte y alegre, en un ser taciturno y esclavizado por su mujer. Dijo que no quería encontrarse en tales circunstancias y que, por lo tanto, durante los primeros años de su matrimonio, con el fin de que su mujer se acostumbrase a tratarle como a su señor, deseaba que se encargase de todos los quehaceres domésticos y debería hacer su voluntad sin oponer ninguna queja.

Ante tal pretensión, el Señor de Lamindaro lo echó a broma y dijo que a pesar de saber que todo era una broma, no toleraba que nadie creyese que su hija había de rebajarse a tal extremo. Contestó Ochoa diciendo que no bromeaba, y que no pensaba dejarse mandar por mujer alguna. Se exaltaron los ánimos, don Rodrigo se levantó y buscó en vano su espada. Ochoa desenvainó la suya, y, dueño de la situación, se acercó a Graciosa y le preguntó si ella haría por su amor lo que él pedía de su mujer. Graciosa contestó afirmativamente. Los señores de Lamindaro comenzaron a insultarla y se acercaron amenazadores; pero ella, protegida por Ochoa les hizo frente. Y los dos marcharon del castillo, diciéndole Ochoa que nunca exigiría de ella ningún sacrificio, pues había visto su alma sencilla y humilde.

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EL ORIGEN DE LA NOCHE

Leyenda de Brasil

Al principio, muy al principio, no había noche, sino solamente día. La noche estaba dormida en el fondo de las aguas. No había animales; todas las cosas hablaban.

Se cuenta que la Hija de la Gran Serpiente había tomado como esposo a un hombre. Un día, el hombre, que tenía tres fieles servidores, les dijo a éstos:

- Id a pasear, y con vuestra presencia intimidáis a mi mujer.

Los servidores se fueron a pasear y el hombre llamó a su mujer.

Ésta le dijo:

- ¡Oh, esposo! Llevo mucho tiempo esperando que llegue la noche. ¿Por qué no acaba de llegar nunca?

El hombre contestó:

- No hay noche. En todo el tiempo no hay más que día.

- La noche la tiene mi padre - dijo la joven -. Envía a buscarla a orillas del Gran Río.

El joven llamó a sus servidores. La joven le había ordenado que enviase a buscar a casa de su padre una nuez de coco, en la que estaba encerrada la noche.

Los servidores se pusieron enseguida en camino. Llegaron a casa de la Gran Serpiente y le dijeron:

- Tu hija nos manda a buscar una nuez de coco en la que está encerrada la noche. Te rogamos que nos la des.

La Gran Serpiente les entregó una nuez de coco bien cerrada y le dijo:

- La noche está ahí; llevadla con vosotros. Pero tened cuidado de no dejar que se abra la nuez, pues si sucede eso, todas las cosas se perderán.

Los servidores hicieron una reverencia a la Gran Serpiente, cogieron la nuez y se pusieron en camino. Llevaban la nuez bien sujeta y dentro de ella oían un ruido; algo como «tin, tin, tin... chi, chi...»; era el ruido de los grillos y de los pajarillos que cantan por la noche.

Llevaban ya mucho camino andado y seguían oyendo el ruido. Y uno de los servidores dijo a los otros:

- ¿Qué puede ser ese ruido que oímos dentro de la nuez? Veamos de lo que se trata.

Pero otro contestó:

- No; no hagamos esa locura. Estaríamos perdidos. Vamos, seguid.

Y siguieron remando, pues iban en canoa por el Gran Río.

Siguieron más lejos aún, y continuaban oyendo el ruido. Entonces no pudieron contener su curiosidad y encendieron fuego; derritieron la resina que cerraba la nuez y la abrieron. Entonces la noche se escapó y las tinieblas cubrieron el mundo.

- ¡Estamos perdidos! Y la joven Hija de la Gran Serpiente sabrá ya que hemos abierto la nuez y que hemos dejado escapar la noche.

En aquel momento las cosas de la selva se cambiaron en animales. Las cosas que contenía el río formaron patos y peces. Así, el pescador y su canoa dieron origen al pato: la cabeza del pescador forma la cabeza, y el pico; la canoa, el cuerpo, y los, remos, las patas.

La Hija de la Gran Serpiente había dicho a su esposo:

- ¡Ah!, tus servidores han dejado escapar la noche. - Después, cuando vio aparecer la estrella matutina, añadió -: pero el día va a reaparecer. Voy a separar los días de las noches.

Cogió un hilo, lo arrolló y le dijo:

- Tú serás el cujubin  ; cantarás todas las mañanas, cuando salgan los primeros rayos del sol.

Después arrolló otro hilo, lo espolvoreó con unas cenizas y le dijo:

- Tú serás el nhambu  , y cantarás a diversas, horas de la noche, hasta la mañana.

Desde entonces, cada pájaro canta a su hora, por la noche, y todos juntos, por la mañana, al comienzo del día.

Cuando los tres servidores llegaron, el joven les dijo:

- No habéis sido fieles; habéis abierto la nuez de coco y habéis dejado escapar la noche. Todas las cosas se han perdido, y vosotros también.

Y desde aquel momento fueron cambiados en monos. Se asegura que el color negro de la boca y las rayas que llevan en el brazo son debidos a la resina que se derramó sobre ellos, cuando abrieron la nuez de coco.

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EL PAPAMOSCAS DE LA CATEDRAL

 Leyenda de Burgos

En el interior de la Catedral, y sobre una de las puertas, puede verse el Papamoscas, que está encerrado en la caja de un reloj del tipo famoso de los viejos relojes de Venecia. Hoy día, condenado a silencioso mutismo, se limita a abrir desconsideradamente la boca al sonar las campanadas de cada hora. Mas hubo tiempos en que a un gesto extravagante y desmesurado acompañaba un sonoro grito, lo cual provocaba en los circunstantes y fieles gran risa, con la consiguiente irreverencia. Y al fin, un prelado, muy poco humorista, pero si muy respetuoso de la santidad del lugar, ordenó que le fueran seccionados algunos nervios al simpático personaje, que después de aquella intervención quirúrgica quedó mudo y casi inmóvil.

Nuestro Papamoscas es creación del muy genial rey y señor nuestro, don Enrique III. El Monarca Doliente tenía por costumbre acudir todos los días a la Catedral de riguroso incógnito; permanecía unos minutos en el gótico templo, sumergido en devota abstracción. Mas un día vio a una muchacha de gentil aspecto que oraba fervorosamente ante el sepulcro del conde Fernán González. Paróse unos momentos a contemplarla; volvió la joven la cabeza y encontráronse los ojos de ambos. Salió turbada la muchacha, y tras ella caminó en silencio don Enrique, hasta que la Vio entrar en su casa. Y desde entonces idéntica aventura se repitió todos los días; Monarca y doncella cambiaban sonrisas y miradas, mas ni uno ni otra hizo jamás intención de iniciar la más ligera conversación.

Un día, al salir, la joven dejó caer un pañuelo; adelantóse el Rey y lo cogió. Lo guardó con apasionado gesto en su pecho y entregó el suyo a su silenciosa amiga. La joven tomó entre sus dedos el pañuelo que el Rey le tendía, y se alejó con sonrojado y entristecido semblante. Desde entonces, no se la volvió a ver en la Catedral, ni aun por las calles de la ciudad.

Pasó un año. Un atardecer, paseaba don Enrique por un bosque, cuando de pronto se dio cuenta de que se había extraviado. En vano intentó regresar. Seis hambrientos lobos rodearon al Rey castellano. No se asustó el Monarca: echó mano a su espada y luchó con denuedo contra las fieras, logrando dar muerte a tres de ellas. El tiempo avanzaba, y el implacable asalto de los lobos concluyó por fatigar a don Enrique, cuyas fuerzas, no por escasas menos fecundas, desfallecían rápidamente. Ya estaba a punto de sucumbir a los ataques furiosos de los lobos, cuando se oyó un grito extraño («y un tiro de fusil», suele añadir el sacristán de la Catedral). Espantados, los animales abandonaron la ya segura presa y huyeron entre los árboles. Y ante el sorprendido don Enrique surgió una mujer, cuyo rostro, de magnífica belleza, aparecía dolorosamente contraído. Ni una sola palabra salía de sus labios; tan sólo, de vez en cuando, un lamento escapaba de su pecho. Por unos momentos, el Rey clavó su mirada en la extraña aparición, y enseguida reconoció en ella a la joven de la Catedral. Avanzó unos pasos y le tendió sus brazos amorosos; pero la muchacha le detuvo, y con dolorosa sonrisa y espiritual melancolía dijo:

«Te amo porque eres noble y generoso; en ti amé el recuerdo gallardo y heroico de Fernán González y del Cid. Mas no me es posible ofrecerte mi amor. Sacrifícate, pues, como yo lo hago...». Y con estas palabras, cayó muerta. En su mano derecha estrechaba aún el pañuelo de don Enrique; y lo apretaba con amor sobre su corazón.

Alejóse el Rey con el espíritu apesadumbrado y el ánimo ocupado por un recuerdo que sería ya imborrable. Llamó a un artista moro y le ordenó que hiciera una figura para un reloj veneciano que había de colocarse en la Catedral burgalesa; y exigió que esta figura emitiera a cada campanada un grito que le recordara el que lanzó la joven al verle rodeado por los lobos. Y pidió también que repitiera las apasionadas frases que le dedicara la muchacha. Mas esta última exigencia no fue capaz de satisfacerla el artífice.

Nosotros, por nuestra parte, aunque no lo hemos oído, nos resistimos a creer que el grito del feísimo Papamoscas pudiera parecerse al que lanzara la gentilísima enamorada del Rey caballero don Enrique III el Doliente.

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EL POZO AMARGO  

 

  Tiempo ha que en la noble mansión de doña Leonor el silencio es absoluto. Terminado el rosario, que pasa la propia dueña después de yantar de la noche, los criados, una vez apagadas las luces y escudriñados rincones, retíranse a su aposento a descansar.

Todo es silencio en la noche estrellada y lunar. De improviso, una sombra surge del portal, que con mucho sigilo y cuidando que los goznes no chirríen, cierra las claveteadas puertas, y calado el chambergo, embozado en su amplia capa carmesí y con la mano en la empuñadura de la espada, se aleja procurando que el ruido de las espuelas no le delate. Es el joven don Fernando, que, presuroso, se dirige por la actual calle del Nuncio Viejo, sorteando encrucijadas peligrosas, a ver a Raquel, la bella hebrea, señora de sus pensamientos.

  Sonoras e imponentes caen sobre Toledo las diez campanadas de la noche. Don Fernando encamina sus pasos calle abajo, hasta detenerse junto a las tapias de un frondoso jardín que circunda el palacio del potentado israelita Leví. La noche, con su silencio perfumado de mirtos y claveles, envuelve acogedora las fragancias líricas de la juventud. Con cuchillos de plata, la luna hiere en un ventanal sus góticos ajimeces, mientras riela temblorosa, al murmullo del surtidor, en el estanque del jardín.

Como a una cita prevista, en la ventana aparece Raquel, la hija única del potentado judío. Don Fernando, al verla, hace una cortés reverencia, y con agilidad increíble, asiéndose a las yedras y a los salientes, escala la tapia y va a reunirse con la amada en el fondo del jardín. La luna, con su cara enyesada, sonríe funambulescamente al ocultarse entre los jirones de tul de las nubes, pero no sin antes arrancar destellos de una daga que describe una curva de muerte y va por la espalda al corazón de don Fernando. Un gemido ahogado y un cuerpo que se desploma sin vida sobre la arena del jardín, mientras que la sombra homicida se pierde en las frondas. Acude Raquel, y un grito siniestro se escapa de su pecho al ver sangrando en tierra al caballero. La luna se ha ocultado ahora entre nubes cárdenas y estalla el trueno, al tiempo que resuena una carcajada del viejo vengativo.

Todas las noches Raquel acude como a cita imaginaria al brocal del pozo del jardín. Su blanca silueta destaca sobre el fondo verdinegro de los vergeles, mientras sus pálidas manos enlazadas descansan sobre el regazo. Vierte sus lágrimas doloridas en el fondo del pozo, cuyas aguas un día se hacen amargas. Y cierta noche, en el sortilegio del plenilunio, la infeliz Raquel, en su extravío, creyendo ver en las aguas de la cisterna la imagen del amado, es atraída por ella a lo hondo.

 Viajero: Esta es la leyenda que dio nombre a la calle del Pozo Amargo, en cuya plaza solitaria verás una losa que cubre aquella poterna de aguas no salobres, sino amargas de las lágrimas que en ella derramó la bella israelita.

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EL PUENTE DE MISARELLA

Leyenda de Portugal

Una vez, un ladrón, en un pueblo situado al norte del Duero, había cometido una fechoría. Apenas la hubo ejecutado, tuvo que poner los pies en polvorosa, pues la justicia, advertida, se lanzó tras él. El ladrón tenía piernas ligeras; a pesar de lo cual, sus perseguidores no dejaban de asediarlo. Logró, por fin, meterse por los riscos de Tras-os-Montes y ocultarse por trochas y senderos nunca antes pisados. Después de mucho andar, llegó a un torrente, a cuyo borde se detuvo, sin poder pasar al otro lado. Su apuro era grande, y, lleno de temor, gritó:

- ¡Válgame el diablo!

- ¡Hola, amigo! - oyó que le contestaban por detrás. Se volvió, y su asombro fue mayúsculo cuando vio que un desconocido de porte extraño, de cara aguda y mirada profunda se inclinaba, diciéndole:

- ¡Pronto! Dime lo que deseas.

- Quiero un puente, para pasar este barranco. Te daré lo que me pidas, sea quien seas.

El diablo hizo una señal, y al momento apareció un puente, por el que pasó el ladrón, después de haber prometido al diablo que su alma sería suya. El puente desapareció en cuanto el ladrón hubo pasado.

Transcurrió el tiempo, y al ladrón le llegó su última hora. Lleno de temor, pues recordaba el compromiso contraído con el diablo, llamó a un sacerdote y confesó su culpa. El sacerdote se disfrazó y marchó al torrente, haciendo como si desease pasar por encima de él. El diablo, que estaba alerta, se le apareció y le hizo la misma proposición que al pobre ladrón. El cura aceptó, y el mal enemigo hizo la señal, a cuyo conjuro se tendió un hermoso puente. Pasó por él el sacerdote, acompañado del demonio, que ya se frotaba las manos, pensando que había hecho una buena presa. Mas cuando estuvieron en medio del puente, el sacerdote hizo la señal de la cruz y lanzó sobre el diablo agua bendita de una botella que llevaba. El diablo dio un bote y desapareció, echando sapos y culebras por la boca. El pecador se salvó, y el puente se puede ver aún. Es muy hermoso y de un bello arco.

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LA PRINCESA FITHIR

Irlanda

 

El rey de Tara tenía dos hijas: la princesa Fithir, de cabellos dorados como el cáliz de los narcisos, prometida del príncipe de Connaught, y la pequeña Darinee, de largos y negros rizos.

El Rey era ambicioso y ansiaba un poder sin límites. Un día que paseaba por las orillas de los panta- -nos pensando cómo lograr sus ambiciones, se le aparecieron las hadas que reinan en ellos y le ofrecieron hacerle el monarca más poderoso de la Tierra y Rey de todos los reyes, si les entregaba a la rubia Fithir.

A cambio de su hija, le darían cuatro cosas: un almohadón relleno de estambres de las blancas florcillas de los pantanos; cualquiera que reclinara en él la cabeza se dormiría instantáneamente y su sueño duraría todo el tiempo que el dueño del almohadón deseara, aun después de quitárselo.

La segunda era una botella de cuerpo llena de agua cogida del fondo del pozo más profundo de los dominios de las hadas. Si su dueño rociaba con ella a cualquier criatura, hombre o animal, la transformaría a su voluntad en cualquier cosa y por el tiempo que desease. Y el agua de la botella nunca se agotaba, porque tan pronto como se vaciaba se llenaba de nuevo.

 La tercera era una antorcha. Bastaba elevarla sobre la cabeza para que se encendiera y mostrase cualquier rincón del mundo o cualquier persona que se desease ver.

La cuarta era un silbato hecho de los juncos que crecen en las orillas de los pantanos y ahuecado por las hadas con una de sus agujas. Producía un silbido tan penetrante, que las hadas acudían a él desde cualquier parte del mundo para satisfacer los deseos del que las llamase. Y poniéndolo del revés en un oído se podrían oír todas las conversaciones que interesasen.

El rey tendría estas cosas en su poder mientras quisiera y, cuando las devolviese, recobraría a su hija.

El ambicioso rey aceptó el trato. Entregó a la bella Fithir a las hadas de los pantanos y éstas se la llevaron a sus resplandecientes grutas.

Su hermana Darinee sollozaba, llamándola por las orillas de los pantanos, sin temor a las hadas, a pesar de que a éstas no les gustan las gentes de cabellos negros, a quienes no llevan a sus brillantes mansiones, sino que las hunden en las aguas más cenagosas y profundas de sus dominios.

Pasaban los años, y Fithir, aunque vivía en el palacio de las hadas mimada y festejada, anhelaba recobrar su naturaleza humana, y vivir y morir con los suyos.

El rey de Tara murió sin devolver las cuatro cosas mágicas.

Pasaron los años, desaparecieron su corte y su palacio, y los valiosos dones de las hadas se esparcieron por el mundo, y yacen perdidos y olvidados nadie sabe dónde, hace cientos y cientos de años.

 Fithir aún espera su rescate, y cuentan que algunas noches, cuando se apagan los fuegos fatuos que encienden las hadas en los pantanos y brilla la luna, se la ve vagar por ellos y se oyen sus gemidos llamando a su padre y a su hermana Darinee, para que la vuelvan a su hogar.

Extraída de Leyendas de Europa 2, Barcelona, Ed. Labor bolsillo juvenil.1988

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SAN PATRICIO, PATRÓN DE IRLANDA

 Leyenda de Irlanda

En la costa del Canal de la Mancha se alzaba, en tiempos de los romanos, un lugar fortificado y guarnecido por centurias imperiales, que tenía el nombre de Tabernia, o «Campo de los Pabellones». Se llamaba así por las tiendas de campaña de los soldados romanos, alzadas no muy lejos de la playa. Era un paraje de notables recuerdos, pues no estaba muy distante del sitio donde César se embarcó para combatir a los habitantes de las Islas Británicas. Estos soldados protegían a una ciudad que existía desde tiempos remotos, pero que con la llegada de colonos romanos había tomado gran importancia, extensión y riqueza. Los galos llamaron a esta ciudad Gesoriac; más tarde, Bonauem Arimorik; los galorromanos transformaron este nombre en Bononia Oceanensis, y después llegó a ser Boulogne-sur-Mer.

La costa veíase amenazada de continuo por las incursiones de piratas, que, llegando súbitamente, asaltaban las casas de los colonos, robaban lo que podían y vejaban o raptaban a las mujeres. Y para prevenir estos peligros, se alzó un faro o nemter como se le llamaba en lengua céltica. Estaba encargado de mantener el fuego un oficial romano llamado Calpurnius, al que se creía procedente de las legiones reclutadas por Máximo en la isla de Bretaña. Este Calpurnius vivía en una casa lujosa, en compañía de su mujer, una dulce y bella muchacha gala. De su matrimonio tuvieron dos hijos y cinco hijas. Uno de los hijos - nacido hacia el año 387 de nuestra era - recibió con el bautizo cristiano el nombre de Patricio. Se cuenta que algunos prodigios marcaron el destino del niño recién nacido. Una gran piedra sobre la cual había sido depositado cuando vio la luz, se levantó por sí sola, formando una columna o monumento en honor de Patricio, y también la tierra, queriéndose sumar a este homenaje, dejó manar una fuente para lavar al tierno niño. Y las aguas de esta fuente recibieron desde entonces el poder de curar todas las enfermedades.

Creció este niño, así, acogido en el culto del Señor. Pero cuando llegó a la edad juvenil, el mal ejemplo de la colonia, entregada a todos los vicios, mancilló su alma y cayó en el pecado. Dios, para castigar la maldad de aquellos hombres, lanzó contra ellos la maldición de la discordia. Y entre los soldados estallaron disensiones y disturbios, y de ello se aprovecharon los piratas, que entrando a saco en la ciudad, casi la destruyeron, matando a muchos de los habitantes y llevando prisioneros a los supervivientes. Entre los cautivos iba Patricio, cuyos padres habían perecido. Tenía el muchacho diecisiete años, y cuando llegaron los piratas a Irlanda, fue vendido como esclavo a un jefe del Ulster que se llamaba Milhu.

Éste lo sometió a una esclavitud terrible. Le dio una piara de cerdos y fue llamado por todos por un mote céltico que quería decir «el porquero». Mucho hubo de sufrir Patricio, y de tal manera, que su espíritu se embruteció hasta olvidar la lengua aprendida en su infancia. Mas en medio de tanto dolor Dios no lo abandonó. Una noche soñó que estaba a la orilla del mar y que un barco se aproximaba a buscarlo. Se despertó de pronto y se puso en camino hacia el mar. Aunque no sabía la dirección de la costa ni los senderos que habría de seguir, Dios se lo indicó. Al fin llegó a una playa y divisó un barco que con las velas hinchadas se dirigía hacia la costa. Cuando estuvo ya cerca, Patricio pidió a grandes voces que lo acogieran. Pero el capitán negóse con frases duras a admitirlo. Y Patricio, volviendo las espaldas, tomó la dirección de su cabaña. Mientras caminaba con el ánimo destrozado, entonó una ferviente plegaria. Y cuando hubo acabado su rezo, oyó que uno de los marineros le decía:

- ¡Ven con nosotros! ¡El capitán quiere verte!

Y le añadieron:

- Sube a bordo, puesto que te hemos encontrado y tú has tenido fe en nosotros.

Y Patricio subió al barco y halló hospitalidad en aquellos hombres. Mas estos rudos marineros eran paganos, y solían burlarse de la fe cristiana de Patricio. A los tres días de navegación, desembarcaron en Bretaña y caminaron durante cuatro semanas, y en todo ese tiempo no encontraban por parte alguna ni una gota de agua para beber ni nada para calmar el hambre. Y el jefe de los marineros, dirigiéndose a Patricio, le dijo:

- Tú, cristiano, presumes de que tu Dios nunca deja sin ayuda a los que creen en él. ¿Por qué no le pides ahora que nos dé algo de comer, pues de lo contrario hemos de perecer miserablemente?

Y Patricio le contestó:

- Volved los ojos a mi Señor y a mi Dios. Nada hay que se resista a su poder. Su poder es infinito, como su bondad y su justicia. Si Él quiere hacernos morir de hambre, nada podremos contra su voluntad. Mas si Él quiere que vivamos y nos manda alimentos, viviremos, pues Él tiene de todo y todo está en su mano.

Y así sucedió.

De pronto vieron venir por un camino una piara de cerdos, y los compañeros de Patricio mataron los que quisieron y, asándolos, calmaron su hambre. Luego prepararon la carne que sobró, ahumándola. Y después de esto miraban a Patricio con gran respeto. Aquella noche - contaba muchos años más tarde San Patricio - tuvo una gran tentación y sólo el Sol al levantarse, la ahuyentó.

* * *

Después de esto pasaron algunos años en que Patricio vivió muchas aventuras. En primer lugar, fue cautivo nuevamente de los piratas que infestaban aquellos mares; rescatado por los habitantes de la isla de Bretaña, obtuvo la libertad y dedicó su vida al estudio y a la predicación. Él se sentía feliz en su tierra; mas una voz interior parecía decirle, en nombre de los irlandeses: «Ven y sálvanos.» Y siempre deseaba volver a Irlanda.

Germano, jefe de la iglesia de Auxerre, lo llevó consigo a Bretaña, y allí se dedicó a convertir a los cristianos herejes que habían sido bautizados por Pelagio. Pero, sobre todo, hubo de combatir la tiranía de un rey opresor que martirizaba a los cristianos. Éste era Koretik, rey de los koretes, que habitaban la región llamada hoy Cardigan. Sus secuaces y él mismo pasaban a cuchillo a los fieles a Cristo de manera feroz.

Patricio, un día, se dirigió al palacio, y una vez que se encontró delante del tirano, le increpó, echándole en cara sus crímenes.

- Libre, según la naturaleza - dijo Patricio -, pues mi padre era decurión, yo he vendido mi nobleza y no me avergüenzo por ello; la he vendido por el bien de los demás, y me he entregado, en el nombre de Jesús, a las naciones extranjeras, con la esperanza de una gloria eterna.

Después le hizo ver cómo era él, el Rey, más culpable que los paganos.

- Y así - continuó -, como una nube arrastrada por el viento, los malos y los traidores pasarán delante de la faz del Señor, y los buenos se sentarán en el banquete eterno con Cristo. Él juzgará las naciones, y los justos reinarán sobre los reyes perversos por los siglos de los siglos.

El Rey se burló de las palabras de Patricio; pero pocos días después, en medio de una orgía escandalosa, cuando se preparaban a escuchar al bardo de la corte, la voz de éste, tomando un tono terrible, muy distinto del adulatorio que solía tener, anunció que la maldad del Rey iba a tener un castigo merecido y que no viviría el tirano mucho tiempo. Y, en efecto, apenas hubo terminado el cantor su terrible apóstrofe, una mano invisible hirió al Rey, que cayó muerto.

* * *

Patricio continuó en la isla de Bretaña; pero no por mucho tiempo. De nuevo las voces internas le llamaban a la conquista espiritual de Irlanda. Y el buen ángel de Patricio, el ángel Víctor, le dijo una noche:

«Es llegado el tiempo de partir. Levántate y dirígete a Roma, y póstrate al pie del Padre de la Iglesia.»

Y Patricio, con los pies desnudos, sin cayado ni provisiones, tomó el camino de Roma. Iba pidiendo limosna a todas las personas de buena voluntad, y conversando con los ermitaños y hombres de vida ejemplar, para aprender de ellos el camino de la suma perfección.

En Roma fue recibido por el papa Celestino con gran benevolencia, pues ya desde hacía tiempo los gemidos de los infelices irlandeses habían llegado al Padre Santo y éste deseaba vivamente poner en la corona de Cristo la «esmeralda irlandesa»; pero todos los que habían intentado tan gloriosa misión habían fracasado o perecido. En lo alto de la Ciudad Santa estaba el monte Hemon. Y cuando el Papa dio su bendición a Patricio para que fuera a enseñar las verdades del Evangelio a los irlandeses, el ángel Víctor dijo al nuevo apóstol: «Sube a lo alto del monte Hemon, y allí verás al Señor.» Y Patricio ascendió al monte Hemon. Allí se vio cara a cara con el Señor. Y el Señor le dijo:

«Siéntate a mi derecha.» Patricio se sentó, y el Señor le ordenó que fuera a Irlanda a anunciar el Verbo de eterna salvación. Y Patricio partió. Y llevó el báculo del Buen Pastor. Este báculo lo recibió de la manera siguiente:

Habiendo partido de Roma para dirigirse a Irlanda, encontró en una isla a una familia de solitarios. De éstos, unos estaban en la flor de la juventud y otros mostraban las duras señales de una vejez avanzada. Patricio se quedó muy sorprendido cuando uno de los jóvenes le dijo que eran los padres de los más ancianos. Y le contaron la causa de tal prodigio. Le dijeron que ellos habían dedicado su vida a ejercer la caridad y a realizar obras de misericordia. Un día llegó a la puerta de su casa un pobre mendigo, que fue recibido por ellos con toda bondad y atendido en todas sus necesidades con generosidad suma. Durmió por la noche en el lecho mejor que le habían cedido, y por la mañana, ya en la puerta, sus hábitos desgarrados se cambiaron en vestiduras resplandecientes; su rostro envejecido, en una faz de belleza suprema, y con voz dulcísima dijo «Soy Jesucristo y quiero premiaros. Tomad mi báculo y conservadlo siempre, hasta que uno que ha de nacer dentro de mucho tiempo llegue a vuestra puerta a pedíroslo.»

- Y así - terminó el solitario -, hemos conservado nuestra juventud, de suerte que estos viejos, que eran nuestros hijos, niños entonces, han envejecido y nosotros conservamos la juventud.

Y Patricio tomó el báculo y partió a Irlanda.

* * *

Patricio, después de haber recogido cálices, ornamentos y otras cosas en Auxerre, se disponía a embarcar a orillas del mar que separa la Galia de la isla de Bretaña. En la ribera peleaban dos hombres. Patricio se aproximó a ellos y quiso separarlos. Mas uno de los contendientes dijo:

«Es tan difícil poner paz entre nosotros como formar una pirámide de granito con los granos de arena de esta playa.»

Entonces Patricio rogó a Dios, y tomando el báculo de Jesucristo trazó un círculo en la arena. De pronto, los granos menudos se fueron uniendo firmemente y subiendo, subiendo hasta formar una pirámide de duro granito. Y la pirámide, levantándose en el aire, siguió al Santo hasta Irlanda.

 

* * *

 

Por fin, la nave de Patricio tocó la tierra verde de Irlanda. Fue el Santo el primero en desembarcar. Los habitantes de la costa se alarmaron y fueron a avisar a Milhu, su jefe, de que hombres extraños acababan de desembarcar. Los compañeros de Patricio, en tanto, habían puesto en seco el barco y lo ocultaron en la roca; después se pusieron a buscar moluscos para calmar su hambre, pues se habían dirigido a los ribereños y éstos se habían negado a darles de comer. De pronto, la tierra se estremeció, las hojas se movieron y apareció un gigante de talla inmensa, de cuerpo colosal, fuerte, de cabellos ásperos y mirada feroz. Detrás de él venía otro hombre sujetando a duras penas a un enorme mastín que quería lanzarse contra Patricio. Éste, sin mostrar miedo, se incorporó, y, levantándose, miró fijamente al gigante y le dijo en el idioma de Ulster:

- Apuesto a que acechas algún buen pescado en este bosque.

Y el gigante, ante el saludo familiar, se sonrió, pues era de buen natural, y el perro se amansó. El fiero irlandés ofreció a Patricio y a sus compañeros su morada, que desde entonces fue el sitio de residencia habitual del Santo hasta que éste partió a su primera misión.

Pasados unos días, Patricio quiso ir adonde vivía su antiguo dueño. Embarcó en su nave y se dirigió a la comarca de Milhu. Llegó a la costa de esa región, y subiendo a una montaña, trató de encontrar el camino de la casa donde tanto había padecido como esclavo. Lo encontró, y cuando bajaba hacia ella, se vio sorprendido al ver que la casa de Milhu ardía. El jefe, temiendo ser criado de su antiguo criado, se había encerrado en su casa con sus riquezas y había puesto fuego a todo. Y Patricio se entristeció mucho de ver que aquel a quien había venido a salvar se precipitaba en la eterna condenación. Y volvió a embarcar, lleno de dolor.

Cuando de nuevo se encontró entre sus compañeros, éstos le dijeron que había muchos irlandeses que no creían en la verdad de la religión de Cristo. Había un viejo jefe que yacía enfermo en su lecho, y que mientras su clan se había convertido, él persistía en su paganismo. Patricio le visitó, y viendo cuán enfermo estaba, le habló así:

- Ya veis que estáis enfermo de gravedad. Vuestros sentidos están débiles, como los de un recién nacido. Vuestros oídos ya no oyen apenas y vuestra vista es tan débil casi como la de un ciego. Vuestras piernas no pueden sosteneros y vuestras manos apenas si pueden coger el vaso en que bebéis. Bien: si alguien os devolviera la fuerza y la juventud, ¿creeríais en su poder?

El viejo respondió afirmativamente.

- Creed, pues, en mi Dios - dijo Patricio con voz solemne -, pues ha escrito: «Vuestra juventud se renovará, como la del águila.»

Y aprovechando los últimos suspiros del viejo, lo bautizó, dejando a Aquel que es fiel en sus promesas el cuidado de su servidor.

La fama de San Patricio se extendió por todo el país. Y un joven noble que tenía por nombre Eugen fue adonde predicaba el Santo y le dijo:

- Ya ves que soy feo y de ridícula talla. Si me vuelves bello y de buena estatura, yo me haré cristiano

Y Patricio lo volvió como deseaba. Y se dice que tal es el origen de la belleza y altura de los irlandeses.

Otro de los milagros del Santo fue el siguiente: Él sentía el dolor de no haber vivido en tiempo de los grandes héroes, para haberlos convertido al cristianismo. Un día, volviendo de una de sus predicaciones, encontró en su camino un gran monumento de piedra que ostentaba el nombre de la Tumba de los Héroes. Tenía más de treinta pies de largo, y los discípulos de Patricio mostraron su asombro, unos, y su incredulidad los más, de que hubiesen existido alguna vez hombres de tal estatura.

- Yo creo que existieron - contestó Patricio -, y voy a verlo, con el permiso de Dios.

Y trazó una cruz sobre el monumento. La lápida que lo cubría se levantó despacio y descubrió la tumba. Un hombre de treinta pies salió de ella, diciendo: «Bendito seas, hombre santo, que me has librado de los suplicios que me atormentaban.» Y, arrodillándose, empezó a sollozar. Después preguntó a Patricio si podía seguir con él; pero el Santo le dijo que la vista de un resucitado aterrorizaría a la gente. «Pero confía en Dios, que te sacará del lugar en donde sufrías.» Y sumergiendo tres veces al guerrero en agua, lo bautizó. El guerrero murió en el acto y Patricio volvió a colocar su cuerpo en la tumba, mientras el alma del héroe resucitado volaba al cielo. Y así Patricio rendía su amor a los irlandeses, hasta el extremo de resucitar a sus héroes para salvarlos por el bautismo

* * *

La región del Ulster estaba atemorizada por los atropellos cometidos por un bandido de osadía inaudita.

Se honraba en llevar el nombre de Makfil, o hijo de los bardos. Habitaba con su partida un lugar fortificado en una montaña altísima, verdadero nido de águilas, al que nadie podía llegar. Y desde allí, como feroces halcones, caían sobre los caminos, robando y matando a los infelices caminantes. Makfil, no sólo poseía valor y señorío sobre sus secuaces, sino que también era ducho en artes mágicas. Un día, uno de los caminantes le refirió el poder de San Patricio, y Makfil habló en tono burlón del santo: «Todo eso que cuentan de ese cristiano son simples farsas. Vamos a ver si es verdad tal historia.» Y ordenó a uno de los bandidos que se echase en medio del camino, cubierto con su manto, esperando a que pasase Patricio. Debía fingir que estaba enfermo e impetrar la protección del Santo.

En efecto, bajó la partida al camino; el bandido al que se le había ordenado fingirse enfermo se echó en el polvo y los demás lo rodearon. San Patricio llegaba y se detuvo cuando vio el grupo. Makfil le dijo que uno de sus hombres estaba atacado de una extraña dolencia y que le pedía que lo curase, si era verdad que podía hacerlo. San Patricio contestó: «En verdad que está gravemente enfermo.» Y levantando el manto del caído, vieron todos con asombro que el rostro del bandido estaba rojo y que éste sufría una terrible apoplejía. Y el Santo, volviéndose a Makfil, le dijo: «¡Ah maldito pagano, me has querido probar! ¡Ahí tienes la prueba de la verdad de lo que predico!»

Makfil, tocado de arrepentimiento, se echó a los pies del Santo, pidiéndole perdón por su descreimiento y osadía y le rogó que le impusiera una penitencia para purgar sus crímenes y pecados.

San Patricio lo acogió bondadosamente, lo bautizó y después le dijo:

«Ahora has de cumplir la penitencia que te imponga. Has de dejar todo lo que tienes y abandonar tu vida salvaje y criminal y los lugares en los que has vivido. Deja a tus compañeros tu alta fortaleza; desprecia tus riquezas; despójate de tus vestidos y viste tan sólo un sayal. Toma un báculo y ponte en camino hacia el mar. Tus labios no probarán el vino de la tierra ni tu boca los frutos. Cuando llegues a la costa, desata una barquilla de mimbre guarnecida de cuero, sin remos ni timón, que encontrarás allí; monta en ella, ata tus pies con unas cadenas que habrá en el fondo, cierra el candado de las cadenas, hazte a la mar y entrégate a la voluntad de la Providencia.»

Y el bandido, despojándose de sus vestiduras y tirando sus armas, se puso en camino. Llegó a la orilla del mar y encontró la barquilla, tal como le había advertido San Patricio. Y se lanzó al mar en esa ligera embarcación. La Providencia no lo abandonó y lo guió hasta las costas de la isla de Mona. Allí, dos ermitaños que hacían una vida de oración, le recogieron, le cuidaron y le educaron. Y de tal manera penetró en la religión el antiguo bandido, que con el tiempo llegó a sacerdote y después a obispo, y en la Iglesia de Irlanda se le venera con el nombre de San Makfil.

* * *

Mas la gloria de San Patricio en sus milagrosas conversiones no estaba solamente en reducir los fieros hombres al cristianismo. También ligeras muchachas cuya belleza era alabada por bardos, reverenciadas por los druidas, fueron atraídas a la santa religión.

Una mañana de primavera marchaba San Patricio en su carro, arrastrado por dos bueyes blancos; iba bordeando las orillas del Shanon. Las ondas del lago brillaban bajo los rayos del Sol naciente. Una bandada de pájaros salió del bosque y voló piando, por encima del Santo, como para darle un saludo. Llegó al territorio del Connaught y vio que en una fuente había dos muchachas bellísimas lavando y tendiendo ropa El sol las cubría de esplendor. A una de ellas la llamaban la Blanca, por su albura resplandeciente; a la otra, la Rosa, por el frescor inmarcesible de su rostro. Ya se aproximaba Patricio a ellas, cuando divisó también mas lejos, en lo alto de un cerro, rodeado de piedras sagradas, a dos viejos druidas con sus vestiduras solemnes que alzaban sus brazos al Sol, pidiéndole protección contra el enemigo que se acercaba.

Sus mágicos rezos hicieron su efecto. De pronto el cielo perdió el azul y se veló con tristeza. Llegaban cabalgando, unas sobre otras, masas enormes de nubes, oscuras, grises, negras. Como el humo de grandes hogueras, iban cubriendo todo el cielo. Un trueno conmovió la tierra. Los bueyes que arrastraban el carro de Patricio, resoplando por las narices, empezaron a mugir, y de pronto, como si se hubieran vuelto locos, se desbocaron y, arrastrando el carro, lo volcaron y rompieron las ruedas. El Santo quiso sujetarlos; pero no pudo. Cortó por tres veces madera del bosque para reparar las roturas; pero las ruedas volvieron a partirse. El bosque sagrado se oponía a ayudar al que los druidas habían maldecido. El bosque tomó un denso color verde, el cielo se oscureció y a lo lejos las aguas del mar parecían de cobalto. El Sol se ocultó y unas profundas tinieblas lo confundieron todo. Esas tinieblas, cuando han sido creadas por las maldiciones de los druidas, cubren el cielo y la tierra durante tres días y tres noches. Pero nada podían los magos contra Patricio. Éste hizo la señal de la cruz en el aire y el vendaval cesó, los bueyes se tranquilizaron, callaron los truenos y el Sol volvió a lucir. De nuevo los pájaros alzaron el vuelo, cantando alegremente, y el Santo se dirigió adonde lavaban las hijas del rey de Irlanda, hacia la fuente llamada de Klebah. Llegó a ellas y las muchachas se quedaron asombradas al ver el aspecto del santo varón. Y la más joven le hizo una serie de preguntas sobre el Dios que adoraba. Cuando el Santo les hubo hablado, los corazones de las dos princesas se conmovieron y pidieron ser bautizadas. Y así Patricio triunfó sobre los druidas.

* * *

Ya hemos contado cómo San Patricio convirtió al cristianismo a las dos jóvenes princesas hijas del rey Laégair. Éste empleaba todos los medios, desde las súplicas hasta las amenazas, para hacer volver a sus hijas al culto de sus antepasados. Y aun llegó a hacer poner en prisión a los jóvenes cristianos del clan de Dhilu. Mas había de llegar un momento en que el cristianismo triunfara en forma soberana sobre el culto pagano que mantenían los druidas con sus artes mágicas.

Llegó el tiempo del equinoccio de primavera. Esta fecha marcaba la celebración de la fiesta religiosa importante entre los irlandeses. Era la fiesta de Tara, celebrada cada tres años, al lado del palacio del rey

Erín, en la inmensa planicie de Breg. Allí habían venido los cinco reyes de Irlanda y los veinticinco reyes tributarios de todas las regiones del Ulster del Connaught, del Munster y del Leinster. Llegaban con gran pompa, acompañados de sus súbditos y de sus druidas. Cuando vino el rey del Ulster formó un círculo a la derecha del palacio con sus guerreros vestidos de pieles y coronados de plumas, sus tiendas, sus caballos, sus bueyes y sus carros. Otro círculo brillante y hermoso lo formó el rey del Cornaught, situado enfrente del palacio. A su izquierda pusieron el suyo los dos reyes de Munster. Y así fueron formando círculos todos los monarcas y tributarios de la verde Irlanda.

En la terraza del palacio se había alzado una enorme pira de leña seca y olorosa. Era de noche y se esperaba el momento en que se encendiese el fuego sagrado sobre esa pira, en el que cada clan debía tomar la llama para sus altares. Era una noche solemne, última del año céltico. Todo estaba en tinieblas; sólo las estrellas alumbraban. Pero de pronto toda la multitud fue presa del mayor asombro. A lo lejos, sobre una parte del terreno del castillo del rey de Erín, donde se solía enterrar a los esclavos, se vio una luz que brillaba en las sombras como una blanca estrella. El rey de Erín montó en cólera. En esa noche nadie debía encender luz alguna antes de que el fuego sagrado hubiese prendido en la gran pira alzada ante el palacio. Y el jefe de los druidas, que sabía qué significaba ese fuego, exclamó: «¡Oh Rey! Si ese fuego que brilla a lo lejos no lo extingues ahora mismo, no se apagara jamás, y el hombre que lo ha encendido destruirá tu reino, os dominara y reinará sobre Irlanda.»

Quiso el Rey ir en persona a apagar el fuego sacrílego; pero los druidas le aconsejaron que hiciese traer al hombre que había alumbrado esa hoguera, para, una vez en su presencia, vencerlo con las artes mágicas. El Rey accedió a ello y los druidas, en sus carros, se pusieron en camino, escoltados por los mejores guerreros. Al fin llegaron adonde estaba encendida la hoguera y vieron que era un altar ante el cual estaba Patricio revestido y celebrando las vísperas de la Pascua de Resurrección. Los enviados no se atrevieron a entrar, y a grandes voces dijeron a Patricio que el rey de Erín le ordenaba presentarse a él. Y Patricio obedeció; descendió del altar y montando en su carro arrastrado por los bueyes blancos, se puso en camino.

Llego adonde estaba el Rey, y éste le interpeló duramente, recordándole el castigo que merecía por haber encendido una luz antes de que se prendiera la pira sagrada. Pero Patricio le contestó con himnos sagrados: «Es la noche de la Resurrección de Cristo, el Salvador. Hay que encender el cirio de la Pascua. Un cirio de hermosa cera blanca, de suave olor, de luz maravillosa que no exhala mal olor, que no echa humo negro. La cera es una criatura llena de encanto y de misterio, que se transforma y queda blanca como la nieve.» El Rey preguntó a Patricio por qué había venido a Irlanda, y el Santo le recordó que no había sido para gozar de paz y tranquilidad, sino a pasar grandes fatigas y peligros por amor a los irlandeses. Y le contó su historia.

Los Reyes que le oían meditaban. Había algunos inclinados al cristianismo; otros, rebeldes. Y empezaron a disputar y aun llegaron a las manos, trabándose dura batalla. El amanecer del nuevo día mostró el campo, antes tan ordenado y glorioso, en una espantosa confusión; lo cual dio gran dolor al rey de Erín. Puso la paz y ordenó que todos los reyes se reunieran en torno a una mesa. Y allí, rodeado de sus druidas y sus bardos, que elogiaban en sus cantos la gloria de Irlanda y la verdad de su religión, mandó que trajesen a Patricio, para que los druidas, con sus prodigios, lo confundiesen.

Llegó Patricio y los druidas se empezaron a burlar de él. «Veamos - le decían - si puedes con nosotros y si el Poder de tu Dios es mayor que el nuestro.»

Patricio sonrió, así como su discípulo, el joven Bénen, que no había querido dejar marchar solo ante el Rey a su padre espiritual.

Uno de los druidas se adelantó y dijo a Patricio: «Ves cómo estamos en la más hermosa de las estaciones del año. ¿Quieres ver cómo hago un prodigio? Haz, si no, tú, uno antes.»

Pero Patricio contestó que Dios había creado el mundo y que él no podía modificar el orden establecido. Y el druida, riendo, exclamó: «Sobre estos campos alegres por el verde de las plantas que han brotado voy a hacer que caiga espesa la nieve.» Trazó un signo en el aire y en el acto el cielo se cubrió y empezó a caer una nieve densa y helada que cubrió los prados y los bosques. Y los pájaros caían muertos y los hombres tiritaban de frío.

Patricio dijo al druida: «He visto tu poder. Quiero ver aún si es absoluto. Prueba de hacer que se deshaga la nieve.»

El druida prosiguió: «He podido hacer que caiga la nieve y que sople un viento helado; mas hasta mañana no puedo hacer que se disipe la blanca sábana que cubre los campos y que el calor reanime a hombres y animales.

Y Patricio continuó: «Tú has podido usar tus artes mágicas para hacer mal; pero no puedes hacer el bien. Yo obro al contrario.»

Y trazando una cruz en el aire hizo que la nieve se fundiera, que el frío se viera reemplazado por un agradable calor y que los pájaros alzaran de nuevo su vuelo. El druida quedó vencido y avergonzado. El Rey llamó a otro.

El llamado se plantó frente a Patricio y le dijo: «¿Ves cómo el cielo está azul, cómo brilla el Sol y la luz alegra todas las cosas del mundo? Pues ¡mira!» Y trazando un signo mágico, hizo que surgieran unas espesas tinieblas que cubrieron el mundo, llenándolo de tristeza. Patricio pidió al druida que disipara esas tinieblas, y aquél le contestó que no le era permitido ni tenía poder para ello antes de los tres días. Y el Santo contestó riendo: «Tu poder es para el mal; el mío, para el bien.» Y trazando una cruz en el aire, disipó las tinieblas, el Sol volvió a lucir y el azul del cielo tomó a formar un espléndido dosel sobre los campos.

Los irlandeses lanzaron exclamaciones en honor de Patricio, y el Rey, temiendo que sus sacerdotes perdieran toda autoridad ante los súbditos, ordenó al jefe de los druidas y a Patricio que echasen los libros sagrados de cada uno a un lago. «Aquel libro cuyas letras desaparezcan contendrá una doctrina falsa», repuso.

Patricio aceptó. Pero el druida, que había oído hablar del bautismo, rehusó, diciendo que su enemigo tenía un poder mágico sobre las aguas. Entonces el Rey ordenó que los libros fueran echados al fuego. Y el druida rehusó también. Y Patricio, lleno de dignidad, exclamó:

«Has rehusado la prueba del agua y la del fuego para nuestros libros. Pero es necesario que una prueba definitiva nos juzgue. Entra en el fuego y contigo entrará mi discípulo Bénen. Aquel de vosotros dos que sobreviva se llevará el triunfo para su doctrina.» Y el druida ya no pudo rehusar esta prueba. Pero empezó a gritar: «Tu discípulo llevará tu capa mágica que preserva del fuego. Y la virtud no está en él, sino en la capa.» Entonces Patricio le respondió:

«Bien: da tu capa a mi discípulo, y viste tú la mía.» Y el druida aceptó.

Se formaron dos grandes piras: una de hojas secas y otra de ramas verdes y húmedas. Así lo ordenó Patricio. En la de ramas secas entró el discípulo del Santo; en la otra el druida, con la capa de Patricio. Entonces pegó fuego a ambas. Y ante la estupefacción de la gente, el montón de ramas húmedas y verdes ardió rápidamente. Cuando se extinguió su humo, se vio que la capa de Patricio estaba intacta y que del druida no habían quedado ni las cenizas. Por el contrario, la hoguera de ramas secas no ardió y el joven discípulo salió intacto; pero la capa del druida había ardido sola.

Todo el pueblo cayó de rodillas, y al fin el Rey y todos los príncipes tributarios se convirtieron. Y así, el cristianismo reinó definitivamente sobre Irlanda.

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EL SECRETO DEL LAGO

 Leyenda de Guadalajara

Una tarde de septiembre de 1528, bajo una imponente tormenta, llamó a un albergue perdido en un monte un noble caballero; sus vestidos eran lujosos, y el ventero, después de inspeccionar por la mirilla de la puerta, abrió muy complacido. El recién llegado pidió lumbre para secar sus ropas y permiso para meter en la cuadra a su caballo, que estaba a unos pasos de él. Como la tormenta no cesaba y la noche se echaba encima, decidió alojarse allí; mandó que le prepararan buena cena y una habitación para dormir. El ventero, imaginando que el caballero sería un gran personaje extraviado en la selva y con los bolsillos repletos de escudos, determinó apoderarse del oro, ya que en aquel rincón tan intrincado del bosque nadie le habría visto entrar. Sirvióle la cena lo más pronto posible y, sin cambiar palabra con él, para que sin ninguna distracción se retirara inmediatamente, le indicó su aposento. El dueño de la venta se despidió para acostarse, pues tenía que trabajar de madrugada; se metió en su cuarto, buscó un afilado cuchillo y con gran agitación esperó a que su huésped estuviese acostado. Escuchó un rato sin percibir el menor ruido, y sabiendo ya con certeza que el caballero dormía, abrió con cuidado la puerta, se lanzó sobre el lecho y clavó repetidas veces el arma sobre el infeliz durmiente. El asesino, cuando comprobó a la luz de una bujía que el hombre estaba muerto, registró sus ropas, hallando en ellas varias bolsas de oro.

El hostelero se sintió feliz; varias veces contó las monedas, que ascendían a cifras fabulosas; una vez las puso en lugar seguro, metió a su víctima en un saco con piedras y muy cosido, y lo llevó a arrojar a la laguna de Taravilla, la cual creen sin fondo y comunicada con la Muela de Utiel por abismos subterráneos.

Vuelto a casa, el criminal borró toda huella del crimen, se acostó satisfecho y durmió toda la noche. Al día siguiente, como no encontrase el cuchillo, se inquietó con el pensamiento de que lo había dejado clavado en el muerto y de que el arma tenía grabada en la hoja su nombre y apellido. Pero ¿quién iba a sacarlo de allí? Podía vivir tranquilo: ningún humano había llegado jamás al fondo del lago.

Pasados algunos meses, un fuerte temblor de tierra abrió las entrañas de la Muela de Utiel, y lentamente el nivel del lago Taravilla fue bajando, bajando, hasta que las aguas desaparecieron en las entrañas de las simas y el lago quedó seco. Acudieron a contemplarlo los vecinos de los pueblos cercanos y descubrieron el saco cosido; lo abrieron y encontraron la víctima del hostelero y el cuchillo con su nombre grabado. La noticia se divulgó rápidamente, y el asesino, viéndose descubierto, antes de ser detenido, se ahorcó de una viga. Semanas más tarde vieron que las aguas volvían a salir del seno de la tierra y llenaban el lago. Desde entonces se ha repetido varias veces el fenómeno; pero los vecinos creen que las aguas se retiran cuando el lago guarda un secreto, y vuelven a aparecer cuando se le ha dado al cadáver cristiana sepultura.

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LA LEYENDA DE TEÓFILO

  Leyenda de Turquía

Era Teófilo clérigo de buena y granada hacienda, de carácter pacífico, de costumbres morigeradas. Vivía en paz de Dios, entregado al estudio y a las limosnas. Ocupaba la vicaría de su obispo, teniendo con esto notable consideración por parte de los demás clérigos y siendo por todos estimado y servido. Hacía grandes obras de caridad, vestía a los desnudos, acogía a los pobres romeros que llegaban ateridos en las tardes de crudo invierno, y a los penitentes que a él se acercaban siempre los conducía suave y amorosamente al buen camino. El obispo tenía por Teófilo gran cariño, pues se sabía de seguro auxiliado por vicario tan prudente, y todas las gentes de los contornos lo estimaban por sabio, por justo, por varón ejemplar.

Aconteció que la vida del obispo llegaba a su límite. Enfermó gravemente. Al fin murió y fue llorado por todos, y de manera especial por Teófilo. Éste fue quien organizó todo lo concerniente a los funerales y al sepelio, demostrando en ello tanta diligencia y buena voluntad como en todas las ocasiones. Pasados algunos días, todos empezaron a decir que el sucesor del obispo muerto debía ser Teófilo, ya que ningún clérigo tenía tantos méritos de piedad, discreción y buen gobierno. Enviaron cartas al Metropolitano para que nombrase obispo a Teófilo, y, en efecto, los del Arzobispado mandaron llamar a nuestro clérigo para que aceptase la mitra. Llegado a donde estaba el arzobispo, éste dijo a Teófilo: «Es mi voluntad que aceptes el obispado; nadie como tú puede ocupar un puesto que tantas virtudes y cualidades exige». Mas Teófilo rehusó modestamente, añadiendo que la aceptación sería en contra de su voluntad, pues él deseaba seguir en su sitio, sin aspirar a nada más.

Entonces los clérigos hicieron nueva elección y nombraron a otro para el obispado. Y éste tomó nuevo vicario, con lo que Teófilo se entristeció mucho. Y si bien nada aparentaba, su espíritu, abatido por la amargura ante lo que él creía una injusticia, empezó a llenarse de envidia. Y día tras día el mal sentimiento fue creciendo, al verse tratado muy distintamente de como lo fuera antes. Acabó su privanza en casa del obispo, y aquellos que lo habían respetado y venerado cuando podía hacerles favores, ahora le desdeñaban y hacían públicos desprecios. Entonces, henchido de rencor, perdida toda prudencia, el despecho le hizo cometer un enorme pecado.

En la ciudad en que vivía Teófilo se conocía a cierto judío por su habilidad en las malas artes de la magia. Era un falso truhán, tocado de malos vicios, ducho en encantamientos, brujerías y en todas las cosas de los hechiceros, y caminaba seguro, guiado por el espíritu malo.

Era gran sabedor en dar malos consejos, y así, había hecho que muchas almas se perdiesen. Y los que a él acudían, viendo que siempre el viejo marrullero conseguía lo que ellos deseaban, le rendían ferviente adoración, sin comprender que era la mano de Satanás la que lo guiaba todo. Y a este hombre acudió el desdichado Teófilo.

Fue a visitarle y le contó todos los sucesos ocurridos desde la muerte del obispo, y de cómo su antiguo poderío y la consideración de que gozara se habían esfumado. El judío le contestó: «Si tú quieres creerme, yo te haré volver a tu antiguo estado; no tengas duda sobre esto, y todo se arreglará, si tú quieres firmemente que así sea.» «Por eso vine, ¡Oh maestro!», dijo Teófilo, ya convencido al ver la seguridad con que le hablaba su interlocutor. Éste le repitió que todo estaba seguro y que volviese a su casa. «Cuando lleguen las sombras de la noche, sal de tu morada sin que tu gente lo advierta; ven, llama a la puerta, y no hagas más.»

Teófilo, loco de alegría, volvió a su casa, y ya consideraba que todo estaba arreglado y que los malos tiempos pasarían para dar principio a una época de venturas, como aquella que él añoraba tanto. Cuando llegó la noche, salió sin que nadie lo viera; dirigióse a casa del judío, golpeó en la puerta y el truhán abrió presto. Saludólo, y, después, tomándole de la mano, lo condujo fuera de la ciudad, hasta una encrucijada.

Llegados allí, le dijo: «No te santigües, veas lo que veas y no temas nada. Tu deseo se verá pronto cumplido.» Cuando el judío terminó, Teófilo vio cómo por el camino venía una procesión de gentes con cirios que despedían una vacilante luz. Los portadores de los cirios eran de feo y repulsivo aspecto: en medio de ellos venía su rey: el rey de la hueste antigua, el Maligno. El judío tomó al clérigo por la mano y lo llevó a una tienda, donde estaba asentado el rey, rodeado de otros que semejaban ser príncipes suyos. «¿Qué buscas y quién es ése que traes contigo?», preguntó el rey. «Señor, este hombre era vicario del obispo y de él recibió grandes honores; mas cuando murió y vino otro a ocupar la silla, fue quitado de su cargo y perdió todo lo que tenía. Por eso ha venido a caer a tus pies, para pedirte que tú, con tu poder, le restituyas lo que tenía y él sabrá corresponder adorándote y siendo buen vasallo.»

El diablo respondió: «No es vasallo mío, sino de Cristo. Que reniegue de su Señor, que siempre nos combate y vence; que reniegue también de Santa María, y que, haciendo la carta como es de rigor, ponga en ella su sello. Y entonces volverá a su antiguo lugar éste que ya será vasallo mío.» Teófilo consintió en todo esto.

Renegó de Jesucristo y de la Virgen, escribió la carta en que afirmaba su perjurio y se declaraba siervo de Satanás y puso en ella su sello. Partió de allí y volvió a su casa ya avanzada la noche, al cantar los gallos. Nadie había advertido su Salida, sino Dios, a quien nada se oculta.

Mas perdió la sombra de su cuerpo, tomó mal color y empalideció. Pocos días después el obispo lo mandó llamar y le dijo: «En estos días, sin saber cómo, he venido a pensar que he cometido contigo gran injusticia al quitarte de vicario mío. Por eso he determinado restituirte en tu puesto y tus honores y proclamarlo así ante todos. Y también quiero pedirte perdón por el daño y perjuicios que te ocasioné con mi error.» «Señor - contestó Teófilo -, os agradezco de corazón lo que hacéis por mí y os perdono lo ocurrido.» Y desde aquel día el respeto y la consideración de las gentes volvieron a Teófilo: el obispo le dispensaba grandes muestras de confianza y de todos los pueblos de la comarca venían mensajeros cargados de obsequios y portando cartas en las que todos los buenos cristianos daban fe de su amor y veneración al vicario. Y éste se tornó muy vanidoso y ufano.

Mas Cristo, que no descansa y que mira siempre por la salvación de todo pecador, por empedernido que esté, quiso traer a Teófilo por el camino del bien. Y, en efecto, envióle una enfermedad, que causó al clérigo perjuro grandes dolores de cuerpo y un adormecimiento del que no podría despertar. Mas, al fin, despejándose un poco su cabeza, comenzó a meditar en lo que le había ocurrido y sobre todo en lo que prometiera al diablo. Y cayendo en tierra, exclamó con dolor: «¡Ay mezquino de mí, malhadado! He perdido el alma, y el cuerpo lo tengo lleno de lacerías. ¿Quién me derribó del otero al que subí? Jamás podré recobrar el bien para mi alma. Nadie querrá rogar a Dios por tan gran pecador como soy; moriré como quien yace en medio de la mar; no veo camino ni senda por donde pueda dirigir mis pasos con mediana ventura. Yo mismo me herí con mis manos; yo mismo maté mi alma y mi cuerpo. Ni me querrá oír la Virgen Gloriosa, pues renegué de Ella. Estoy perdido, y no tengo valedor. Mi traición es mayor aún que la de Judas; mi perdición, cual la de hombre alguno; y en el día del Juicio no vendrá nadie peor que yo. No hay nadie que me dé auxilio: sólo Santa María. A sus pies me echaré y, besando el suelo, pediré perdón.»

Y salió de su casa, fue a la iglesia y, tirándose en tierra, delante de la Santa Reina de los cielos, comenzó a rogar y a declarar, entre lágrimas, su enorme pecado: «Señora, vale a esta alma mezquina. Estoy perdido y en medio del más sombrío desamparo; hice un mal encartamiento: puse mi sello en un mal papel, entregando así mi alma al pecado, humillándome ante el Espíritu Malo. Tú, Señora, Puerta del paraíso, Reina coronada, Señora verdadera, vuelve tus ojos a mí y ruega como has rogado por tanta gente dolorida.» estas fueron las preces de Teófilo, y durante cuarenta días las repitió, tendido, noche y día con contrición afligida.

Sólo al día cuarenteno se compadeció el Señor y se le apareció la Virgen María, la cual le hizo grandes reproches por el pecado enorme de que ahora estaba arrepentido. «Hombre de mala ventura, ¿qué pides ni qué ruegas? Sobre hielo escribes, siembras en pedregal. Gran amargura me has dado; me has causado un gran enojo. Ni puedo acogerte, ni rogar a mi Hijo por ti. No eres siervo nuestro; renegaste de nosotros. Busca a tu señor; no a nosotros.»

Mas Teófilo, confesando su fe y su arrepentimiento, sollozó: «¡Válgame la penitencia que he de hacer y que hago! El arrepentimiento salvó a la santa Magdalena y a David, que cometió de un golpe tres pecados, y a los habitantes del pueblo de Nínive. Por esto te ruego, Señora, que me escuches.» La Santísima Virgen le contestó: «Don sucio, la carta que hiciste y que sellaste con tu propio sello está en un recóndito sitio del infierno guardada. Y mi Hijo no querrá descender al infierno a buscarla sólo porque tú ahora gimas y te arrepientas.»

Mas Teófilo, rogando de nuevo, dijo que la carta tornaría a él tan pronto lo mandase Cristo. Durante tres días aún hizo el pobre clérigo penitencia rigurosísima. Al fin, Santa María volvió a aparecérsele, diciéndole que había intercedido ante Cristo por él y que siguiera en la vía del arrepentimiento y de la penitencia.

Pero Teófilo volvió a rogar que le rescatase la carta, pues tenía en ella empeñada el alma. La Señora fue entonces ella misma a buscar la carta, y una noche después, estando Teófilo medio desvanecido y preso de gran dolor, despertó al sentir que había recibido un golpe. Era la carta, arrojada por la Virgen, que con su poder la había rescatado. Cayó entonces el clérigo de rodillas, entonando fervientes laudes y derramando lágrimas copiosas de gratitud.

Al otro día, por la mañana, Teófilo se dirigió a la iglesia. Era día de fiesta y de toda la comarca acudían los fieles. Había de oficiar el mismo obispo. Llegó Teófilo, y echándose a los pies de su piadoso superior, confesó su pecado. Contó cómo se había apartado de su vida anterior, llevado del pecado de envidia y de soberbia, y cómo había hecho pacto con el Espíritu Malo, rey de la hueste antigua, y ante el asombro del obispo, dijo que por intercesión de la Virgen Santísima había rescatado la carta en que pusiera su sello, y así la mostró. El obispo santiguóse ante tan gran milagro, y, una vez que acabó la misa, hizo señal al pueblo para que no se marchase aún, y dijo:

«Oíd una grave historia, tal como no oísteis otra ninguna en vuestra vida; ved el poder del diablo y cómo se engañan los que no se guardan de él. A este canónigo nuestro moviólo un mal hombre, que lo llevó a buscar al diablo para que le restituyese en un puesto que perdió. El viejo enemigo súpolo engañar; hizo que renegase de Cristo y de la Santísima Virgen y que se prosternase ante él. Después hízole firmar y sellar una carta. Y Dios misericordioso y Santa María se compadecieron de él, y la Gloriosa Virgen bajó al infierno a buscar el papel del pacto, que aquí en esta mano tengo, para que no dudéis de cuanto os digo.»

Todos se arrodillaron, dando gracias a la Madre Gloriosa; entonaron el Te Deum laudamus, y, después, habiéndose ordenado que se encendiera un gran fuego, el obispo echó a la hoguera la carta con el sello de Teófilo. Éste recibió entonces el Cuerpo del Señor, y, cuando lo hizo, una gran claridad salió de su cuerpo, ante el asombro de todos, que comprendieron que Dios había triunfado sobre Satanás. Mas Teófilo no se envaneció por ello, sino que, al contrario, entendiendo que el fin de sus días se aproximaba, hizo penitencia y repartió sus bienes entre los pobres. Pidió perdón a sus vecinos y éstos le perdonaron de buena voluntad. Y al tercer día de haberse quemado la carta, rindió su alma al Señor y en aquella misma iglesia fue enterrado.

Así acabó Teófilo en bienaventurado, habiendo enmendado su yerro por valimiento de la Santa Virgen.

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LEYENDA DE TORO BRAVO Y NUBE ALTA

 

          Cuenta una vieja leyenda de los indios Sioux que, una vez, hasta la tienda del viejo Chamán de la tribu llegaron, tomados de la mano, , el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.

Nos amamos- empezó el joven Y nos vamos a casar- dijo ella. Y nos queremos tanto que tenemos miedo. Queremos un hechizo, un conjuro un talismán. Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos. Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte.

 Por favor- repitieron, ¿Hay algo que podamos hacer?.

El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra. Hay algo..._ dijo el viejo después de una larga pausa-. Pero no sé ... es una tarea difícil y sacrificada. No importa- dijeron los dos.

Lo que sea- ratificó Toro Bravo.

Bien- dijo el Chamán-, Nube Alta, ¿Ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de luna llena. ¿Comprendiste?

 La joven asintió en silencio.

Y tú, Toro Bravo- siguió el Chamán-, deberás escalar la montaña del trueno y cuando llegues a la cima, encontrar la más bravía de todas la águilas y solamente con tus manos y una red deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta... Salgan ahora.

Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte y él hacia el sur...

El día establecido, frente a la tienda del Chamán, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.

El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas.

Los jóvenes hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo los pájaros cazados. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.

¿Volaban alto? preguntó el Chamán.

 Sí sin dudas. Cómo lo pediste...

¿Y ahora?- preguntó el joven-. ¿Los mataremos y beberemos el honor de su sangre?

No- dijo el viejo.

Los cocinaremos y comeremos el valor de su carne- preguntó la joven.

No repitió el viejo-. Hagan lo que les digo. Tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero... Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.

El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros.

 

El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.

Este es el conjuro: Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre Uds. perdure, "Vuelen juntos pero jamás atados." Las ataduras externas a la relación son creadas por el miedo a perder y no se pierde lo que siempre ha sido nuestro, el AMOR jamás podría perderse porque eres creado por el Amor y en él te mueves. Las promesas no son necesarias cuando el Amor se haya entre dos seres, Cuando el Amor es verdadero se torna eterno e infinito sin promesas porque ya el Amor es una promesa de vida .

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