CLOACAS Y EVACUACIÓN DE AGUAS

 

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La costumbre de evacuar el agua de las ciudades la tomaron los romanos de los etruscos; sin duda, porque el agua llegaba a ser incómoda e insalubre y había que construir canalizaciones que evacuaran el agua residual y sanearan así el ambiente.  Al mismo tiempo, las canalizaciones de evacuación en su origen fueron una forma de desecar zonas pantanosas para incrementar los suelos fértiles y habitables en los pantanos que rodeaban las colinas de Roma, al tiempo que se reducían enfermedades como el paludismo y las fiebres. 

 

 

 

El primitivo sistema de canalización no era muy eficaz, ya que en seguida se llenaba de residuos –incluso en épocas posteriores tenía problemas para evacuar toda el agua utilizada en la ciudad-; además, pocas alcantarillas comunicaban con el sistema central de evacuación, por lo que desaguaban en pozos negros de los que emanaban gases como el metano o el sulfuro de hidrógeno que producían mal olor y explosiones; por último, cuando el río Tíber sufría una crecida, las alcantarillas no eran capaces de desaguar las aguas residuales, sino todo lo contrario, el agua del río podía llegar a rebosar por el alcantarillado.

 

 

 

En un principio utilizaron canales al aire libre y pozos, pero después utilizaron cuniculi, es decir, galerías como las de los “conejos”, imitando a estos animales que solían excavar galerías a distintos niveles de las que extraían los escombros y que servían como registros de limpieza y ventilación, creando auténticos laberintos; normalmente partían de una colina y con ligera inclinación llegaban hasta un valle o hasta un río; así en Roma estos primitivos cuniculi en Roma conducían al río Tíber las aguas de las pendientes de las colinas del Viminal y el Esquilino.  La técnica de estos cuniculi es muy semejante a la técnica de los specus para los acueductos.  La primera gran cloaca romana, atribuida a Tarquinio el Antiguo (Lucio Tarquinio Prisco), parece que sirvió más para avenar las tierras que para sanear la ciudad, pues, siendo primeramente un canal a cielo abierto que en el siglo II a. C. aún seguía sin ser cubierto, atravesaba barrios palustres que desecó, provocando la extensión de la ciudad hacia lo que luego fue el Foro y el Velabro, barrios donde se llevó a cabo una enorme actividad comercial.  En el 520 a. C. Tarquinio el Soberbio renovó este canal de unos 800 metros, haciéndolo subterráneo y recubriéndolo con bóvedas; la obra debió ser bastante importante, ya que recogía el agua de las crecidas del río y de los torrentes de lluvia, al tiempo que evacuaba las inmundicias de esa parte de la ciudad.  Un hecho importante a tener en cuenta es que para evacuar el agua es necesaria una corriente de agua continua que empuje a estas aguas residuales, de manera que hasta que no se construyeron acueductos en Roma, la evacuación dependía el agua de lluvia y de las fuentes, por lo que en ocasiones el sistema se veía interrumpido. 

 

 

 

De esta obra de Tarquinio el Soberbio surgió la Cloaca Máxima, que fue una reestructuración de un laberinto de desagües y galerías adaptada a una creciente ciudad.  La construcción de la Cloaca Máxima fue tan grandiosa que quedó en la tradición como algo inmenso y legendario.  Cuando los galos arrasaron la ciudad en el 390 a. C. la cloaca subsistió sin problemas, pero al reconstruir la ciudad cambiaron el trazado de casas y calles, de manera que las cloacas que quedaban debajo de las calles pasaron a estar debajo de las casas.  Durante dos siglos posteriores a la construcción de la cloaca parece ser que sólo hubo trabajos de mantenimiento y limpieza; sin embargo, con la construcción de acueductos, que incrementaron el caudal de agua que llegaba a la ciudad, aunque al principio favorecieron la evacuación de las aguas residuales –así sucedió con el aqua Appia en el año 312- fue necesaria una remodelación total del alcantarillado romano, pues no daba abasto para la evacuación de toda el agua –así sucedió con los siguientes acueductos, como el Anio vetus en el 272 a. C.-:  los cuniculi de los barrios con nuevas fuentes resultaron demasiado estrechos y, por tanto, insuficientes para evacuar los residuos, así que se remodelaron y se previó incluso la llegada de nuevos caudales por medio de futuros acueductos, como ocurrió con el aqua Marcia en el año 144 a. C.  Lo que ahora se puede ver de ella data el final de la República y de tiempos de Agripa, a partir del 33 a. C., cuando fue completamente reconstruida; de este período data una galería subterránea de unos 5 metros de diámetro en algunos tramos (las medidas que se conocen nos indican que tuvo unos 900 metros de larga, una altura de 4,20 metros en algunas de sus partes y una anchura media de unos 3,2 metros), arcos de claves superpuestas levantados sobre el Tíber y una bóveda sólida y baja.  Las noticias antiguas indican que en su interior cabía un carro cargado de heno y que Agripa la recorrió en barca.  Entonces, ante la llegada de dos nuevos acueductos, Agripa ordenó desviar el cauce de siete ríos, convergiendo sus aguas en las cloacas, rehizo las paredes y bóvedas de la Cloaca Máxima en el Foro Boario y abrió nuevos canales en el Campo de Marte.  Así, desde el imperio de Augusto, Roma contó con tres redes de alcantarillas:  la Cloaca Máxima para el Foro y sus alrededores, una red al norte de ésta que cubría el Aventino y el Palatino, y una tercera que al sur del puente Rotto saneaba el Campo de Marte.  Las tres tenían un colector central del que salían galerías cada vez más pequeñas –cloaculae-.

 

Bóveda y desgüe de la Cloaca Máxima (Fotografías procedentes de CONNOLLY, P. y DODGE, H., La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998)

 

 

 

No obstante, Roma y las demás ciudades del imperio no eran ciudades pulcras a las que llegaba el alcantarillado en su totalidad: las alcantarillas se hundían por el peso de las edificaciones, vehículos, calzadas, etc., y sufrían el deslizamiento de los suelos por su naturaleza permeable o por terremotos; en ocasiones a algunos barrios no llegaba el alcantarillado –por ejemplo, en el Trastevere romano (del latín trans Tiberim, "al otro lado del río Tiber") las cloacas llegaron en el 109 d. C.-.  Por todo ello, muchos romanos se veían obligados a recoger sus inmundicias y almacenarlas; con frecuencia las tiraban por la ventana a la calle, sobre todo de noche, y otras veces –las menos- empresas privadas ofrecían depósitos donde se recogían estas inmundicias para venderlas y utilizarlas como abono.

 

La Cloaca Máxima de Roma en el Foro Boario

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 27/12/2004)

 

 

 

Cuando se trató de realizar la canalización a gran escala y en las distintas ciudades del imperio, en un principio se instalaron acequias y canalillos junto a las aceras por donde discurría el agua llena de inmundicias; estos canales se juntaban a las afueras de la ciudad y evacuaban los residuos en un río, en el mar o en el campo, como agua de riego (con abono incluido).  No obstante, hacia el siglo I a. C. era inconcebible que una ciudad no tuviera una red de cloacas que la saneara.

 

Reconstrucción del sistema de alcantarillado de Roma (Fotografía de CONNOLLY, P. y DODGE, H., La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998)

 

 

 

Las cloacas fueron exportadas por los romanos a todas las ciudades de su imperio con un tamaño medio o grande.

 

Cloaca de Vasio (hoy Vaison la Romaine, Provenza, Francia)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 6/8/2007)

     

En Aragón, entre los restos arqueológicos del foro romano de Caesar Augusta (hoy Zaragoza) se encuentran dos cloacas muy bien conservadas: la primera de ella, de época del emperador Augusto, tiene unas medidas discretas (1,28 x 0,90 metros); sin embargo, la segunda cloaca, de época del emperador Tiberio, como colector general de residuos de toda la red de cloacas de la ciudad posee una dimensión mayor (2,82 x 2,20 metros) y está conservada en un tramo bastante largo (unos 40 metros).

 

Gran cloaca de época de Tiberio casi bajo el cardo maximus en el foro de Caesar Augusta.

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 28/04/2008)

 

Cloaca de época de Augusto bajo el foro de Caesar Augusta. 

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 28/04/2008)

 

Detalle de las dos cloacas paralelas en el Museo del Foro de Cesaraugusta.

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 28/04/2008)

 

 

 

 

 

FUENTES:

- MALISSARD, Alain: Los romanos y el agua: La cultura del agua en la Roma antigua, Barcelona, 1996

- BELTRÁN LLORIS, Miguel: “El agua profana en la cuenca media del valle del Ebro:  AQUA DUCTA.  La captación del agua, presas, embalses, conducciones”, en AA. VV.: Aquaria: Agua, territorio y paisaje en Aragón, Zaragoza, 2006

- CONNOLLY, P. y DODGE, H., La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998